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La historia dinámica de la lectura y su potencial frente a los medios digitales

Magisterio
25/07/2016 - 17:15
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Foto de Lars Plougmann. Tomada de Flickr

En este escrito se discuten las importantes modificaciones que vivirán los procesos de lectura como resultado de las nuevas formas de producción y circulación de textos por medios digitales. Se explica cómo, en el trasegar de la historia, las modificaciones de los medios de producción escrita produjeron cambios importantes en los lectores en cuanto a sus habilidades para lectura y las formas de pensar de los sujetos. El artículo invita a la generación de otras prácticas de lectura y al fomento de nuevas habilidades de comprensión que permitan a los jóvenes interactuar de forma multidimensional con los retos que les proponen los medios digitales.

 
Palabras clave: procesos de lectura, medios digitales, procesos de escritura, bitextualidad, multimodalidad.

(Lea también: De la lectura impresa a la lectura digital)

 
En los círculos educativos, así como en la academia literaria, una de las grandes preocupaciones actuales es el efecto de los medios digitales en la lectura. Convencionalmente tratado como un problema, dicho efecto es visto, en el mejor de los casos, con sospecha, o, quizás, con una rotunda luz negativa. Abundan los miedos sobre la pérdida de la comprensión, la reducción de los periodos de atención y con ello el declive de la llamada lectura profunda y reflexiva. Aunque este artículo no busca ser una apología de los medios digitales ni de los efectos que estos surten sobre los procesos de lectura, el objetivo central será, al menos, proponer que no hemos llegado todavía a obtener suficiente conocimiento para etiquetar de forma definitiva su influencia como positiva o negativa. Más aún, incluso, si de hecho se trata de un efecto negativo, no hay todavía nada que nos indique que es irreversible o inalterable y que no tengamos, desde ahora, la capacidad de dirigir, aunque sea parcialmente, su desarrollo y adaptación.

 
El asunto tiene tantas implicaciones en distintas áreas que harían realmente falta volúmenes enteros para comenzar a comprenderlo. Estudios sobre aspectos pragmáticos como la comprensión y los hábitos cotidianos de lectura han sido encargados por gobiernos para evaluar sus sistemas educativos, con el propósito de subsanar áreas como la comprensión de lectura que han mostrado algún déficit. Particularidades anatómicas como los movimientos del ojo en los materiales de lectura digitales fue un proyecto realizado por Jakob Nielsen que llegó a la conclusión de que el patrón seguido por los lectores en pantalla es muy distinto al seguimiento linear de la página impresa (Designing Web Usability). Sven Birkerts en su libro Las elegías de Gutenberg y Alberto Manguel en su conferencia magistral en el Simposio Internacional del Libro Electrónico organizado en México en el 2011, han hecho visibles sus preocupaciones a gran escala como la pérdida de la memoria cultural y literaria contenida en siglos de registros impresos, y el final de la labor reflexiva de la lectura profunda que nos permite volver siempre sobre nuestros pasos como especie.
 

Estos son solamente algunos de los ángulos desde los que se puede observar la influencia de los medios digitales en la lectura. Actualmente, el tema se ha diversificado tanto que muchos esfuerzos interdisciplinarios se llevan a cabo para comprender, desde una multiplicidad de perspectivas, un fenómeno de esta envergadura. Este artículo es precisamente un esfuerzo por tender puentes entre las distintas disciplinas y, en última instancia, proponer que la lectura y, en general, el lenguaje escrito, han sido vulnerables al medio a través del cual se realizan. No obstante, más que pensar en esta vulnerabilidad como una característica indicativa de fragilidad, proponemos que, de hecho, es una cualidad dinámica que a lo largo de la historia del lenguaje escrito, ha permitido que la lectura se adapte a nuevos medios y persista, si bien con distintas particularidades, y continúe siendo un instrumento para aprehender el mundo en distintas etapas de la historia. Sin embargo, antes de comenzar el debate es necesario establecer cuáles son, realmente, los elementos que estamos enfrentando: lectura, por un lado, y los medios digitales por el otro.
 
La historia de la lectura, por lo general, se inicia a partir de los primeros rastros de escritura en las tabletas de barro de Tell Brak, actualmente Siria, y traza los puntos icónicos, en realidad esquemáticos, de la historia de la escritura/lectura: el codex, los rollos, los libros manuscritos, Gutenberg, la imprenta mecánica y finalmente la era digital. Sin duda, todas estas etapas del lenguaje escrito han implicado momentos de ruptura y adaptación, por lo tanto, si realmente buscamos establecer una línea de desarrollo de la lectura es necesario proponer una noción no restrictiva de lo que la constituye. La lectura es, en primera instancia, un proceso cognitivo a través del cual decodificamos signos escritos como palabras en un nivel semántico y fonológico. Vista desde esta perspectiva, la adquisición de la lectura es un proceso que, de acuerdo con Maryanne Wolf, dura unos dos mil días durante los cuales sucede una reorganización de circuitos y estructuras neuronales, hasta entonces utilizadas para otros fines como el reconocimiento de objetos. Esta teoría, conocida como reciclaje neuronal y explicada en gran detalle por Stanislas Dehaene en Reading in the Brain, tiene como fundamento el precepto de que la lectura es una invención humana para la que no estamos genéticamente predispuestos. Dehaene sostiene que solamente nuestra especie “ha creado un ambiente cultural artificial y se enseña nuevas habilidades tales como la lectura” a través de procesos epigenéticos, es decir, que responden al medio ambiente y no son producto de nuestra evolución a lo largo de miles de años (p. 3).

 
Desde una perspectiva didáctica, el lenguaje escrito del cual la lectura es parte, es un vehículo para el aprendizaje, la reflexión y la producción de nuevo conocimiento. La lectura, desde este ángulo, es la base para pensar distinta y críticamente, una forma de innovación de acuerdo con la misma Wolf (p. 217). Literariamente, la lectura es la apertura a nuevos mundos y experiencias capaces de cambiar la vida de los lectores. Alberto Manguel, discípulo de Jorge Luis Borges, ha sido uno de los pensadores que más ha extendido esta noción estética de la lectura a lo largo de la historia y a través de distintos medios y técnicas. Uno de los hitos de su libro Una historia de la lectura es, precisamente, el carácter necesariamente inacabado de la actividad individual, pero de forma similar a una escala humana. Desde una teoría comunicativa, la lectura es la acción de compartir información y de establecer una interacción a través de signos escritos. Para Louise M. Rosenblatt la lectura es una transacción entre escritor y lector, siempre distinta dependiendo de qué leamos (The Reader, The Text, The Poem). A grandes rasgos se puede hablar de lectura como la actividad por medio de la cual se obtiene información, prácticamente de cualquier índole, a través de signos escritos impresos en papel o transmitidos en una pantalla. Lo que deseamos rescatar transversalmente de todas estas perspectivas de lectura es, precisamente, la idea de proceso y dinamismo, y establecer la lectura como un fenómeno en constante construcción y modificación en el nivel individual de cada lector y a lo largo de su historia.

 
También muy amplia es la noción de medios digitales que, dependiendo de la aproximación que tomemos, puede referirse a los aspectos de generación, almacenamiento, procesamiento y distribución de la información por medio de una computadora u otro aparato conectado a internet e incluye los hardwares y softwares necesarios para estas labores.  En términos generales, los medios digitales son tanto los dispositivos –lectores de libros electrónicos, tabletas, smartphones, computadoras– así como el internet y los archivos que circulan en él. El paralelismo de estos no es exacto, pues de hecho nos estamos refiriendo en un caso a un objeto físico y en otros a sistemas intangibles y archivos digitales. Medio digital es entonces el sistema, el dispositivo y el contenido al que se accede desde ambos.

(Lea también: Nuevas tecnologías en educación infantil).

 
De manera muy esquemática es posible caracterizar los medios digitales así: el internet como un sistema al que accedemos con un dispositivo, y los contenidos del internet o de otra fuente digital con los que interactuamos a través de dicho dispositivo. Los momentos y componentes de este proceso han colapsado hasta tal punto que, incluso, desmenuzar sus particularidades requiere de cierto detenimiento, pero es en ello donde es más fructífero observar el potencial de cada una. Algunos de los contenidos, como muchos de los libros electrónicos, aunque se distribuyan a través del internet, no son propiamente parte de la red; al mismo tiempo, no todos los aparatos ofrecen el mismo tipo de conectividad y, por lo tanto, no ofrecen acceso a los mismos contenidos. Igualmente, mientras que los libros electrónicos pasan por procesos de edición análogos a los impresos, los filtros editoriales de los contenidos de la red son radicalmente distintos dependiendo de los sitios particulares.

 
Ahora bien, todos ellos comparten un impulso de inmediatez, ubicuidad y la capacidad de abarcar grandes volúmenes de información. La proliferación de contenidos en la red en la llamada “era de la información” lleva a cuestionarnos sobre la calidad de estos y a preguntarnos si el acceso sencillo y expedito ha contribuido a formar una ilusión de conocimiento. La aparente falta de pensamiento crítico carente en buena parte de los contenidos del internet es, quizá con justicia, fuente de la mayor preocupación de sus críticos, pero esta también depende de cada caso en particular –no será lo mismo un libro de texto para iPad que un sitio anónimo en la red–. De mayor relevancia es la estructura y la sintaxis de la red que permite –e incluso invita a– explorar a través de hipervínculos un sinnúmero de recursos ejerciendo una fuerza centrípeta sobre la atención. Este tipo de lectura ha comenzado a ser llamada radial pues lejos de ser lineal, como lo demostró Neilsen, y de estar enfocada en un único documento, tiende a la expansión y dispersión de contenidos.
 
Además, como sabemos, los contenidos del internet y otros medios digitales están compuestos no únicamente por documentos de texto, sino también por materiales visuales, sonoros, audiovisuales, etc. La aproximación a ellos implica la activación de distintos procesos cognitivos que ya no son solamente aquellos utilizados para la lectura. Sin embargo, aunque sin muchas de las cualidades interactivas con las que los conocemos ahora, prácticamente todos estos medios audiovisuales ya existían de forma conjunta con la lectura (pensemos en los libros de texto); los medios digitales los han hecho converger de forma que son ya prácticamente indivisibles e insuficientes por sí solos. El crítico español Vicente Luis Mora, en su libro, acertadamente titulado El lectoespectador, ha propuesto una serie de términos para referirse a estos textos: internextos o bien, medios textovisuales (p. 17). Lo que esto manifiesta es, ya sin lugar a duda, un cambio de paradigma en lo que entendemos por lectura y texto que no es ya solamente lenguaje escrito.

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De la misma forma, ya no podemos dudar que la ruta que seguirán los medios digitales es continuar cambiando y evolucionando al mismo paso vertiginoso que lo han hecho en el último par de décadas. No obstante, insistimos, aún no se sabe suficiente para aseverar que las características de estos nuevos tipos de textos y su lectura estén predeterminadas y sean inalterables. Lo que sí sabemos, gracias a Dehaene entre otros es, al menos parcialmente, el largo proceso de reciclaje neuronal que permite la adquisición de la lectura; y aunque esto no ha sido estudiado aún en profundidad, con la base de ese principio no es descabellado suponer que a lo largo de los grandes hitos del lenguaje escrito –el inicio de la lectura silenciosa apenas hace unos mil años, por ejemplo– fueron necesarias adaptaciones contundentes incorporadas al menú de elementos que actualmente consideramos propios de la actividad lectora. Desde luego, debemos esperar nuevas manifestaciones del reciclaje neuronal frente a la sintaxis de la red y la convergencia de medios, pero estas pueden ser tanto positivas como negativas. El resultado, muy probablemente, dependa del uso que estemos dispuestos a darles.

 
Frente al profundo desconocimiento que tenemos todavía de las interacciones entre medios digitales y lectura, el impulso de normar su uso y condenar sus cualidades ha sido una respuesta común, aunque insostenible a largo plazo. Así, la pregunta continúa siendo cómo hacer las paces con los medios digitales de forma que su aparente carácter invasivo no sea una barrera que nos impida establecer intercambios entre ellos y nuestros textos y técnicas de lectura previas. Para abordar esto, deseamos detenernos brevemente en el trabajo de Katherine Hayles. Buena parte de la obra de la crítica estadounidense ha estado dedicada a explorar los aspectos de los medios análogos revelados por sus contrapartes digitales, sobre todo en lo que concierne a libros impresos y a literatura. Esto dará una idea de que para Hayles es posible trazar una línea histórica entre medios análogos y digitales en tanto ambos han respondido y rendido cuentas a las exigencias y posibilidades de cada época. En su último trabajo How We Think: Digital Media and Contemporary Technogenesis, de reciente publicación, Hayles hace énfasis en la forma en la que la tecnología, tanto digital como análoga, ha tenido influencia en –y al mismo tiempo ha sido influenciada por– los procesos mentales humanos. Hayles propone que a lo largo de nuestra historia ha existido una coevolución entre las personas y la tecnología de su época. Usualmente considerados como estáticos, los objetos tecnológicos están en constante desarrollo en un proceso de retroalimentación con los efectos que ejercen sobre nuestros procesos mentales –en el caso de la lectura, los procesos cognitivos que la hacen posible–. En pocas palabras, no hay duda de que la existencia de nuevos medios digitales tendrá un efecto en la forma en la que opera nuestra mente.

 
Además, arguye Hayles, el constante desarrollo de objetos tecnológicos depende, en buena medida, de un proceso epigenético, el cual, a su vez, puede reforzar dichas adaptaciones (p. 11). Esta idea, se recordará, es la base de la invención de la lectura a partir no de un fundamento genético, sino de uno cultural. Como cualquier aproximación evolutiva, la de Hayles, haciendo eco de Dehaene, mantiene el precepto de que ninguna adaptación puede ser vista a priori como positiva o negativa, sino como apropiada para alguna exigencia del medio ambiente de un momento dado. Esto, en el ámbito de la lectura y ligado a la teoría de reciclaje neuronal planteado por Dehane y a la insistencia en la plasticidad cerebral de Wolf, refuerza el sentido de transición de este momento de la historia humana. Si bien, no tenemos la capacidad de detener el proceso de transición y aún es prácticamente imposible prever qué vendrá, en los próximos años seremos testigos de cambios nunca antes imaginados en la forma de diseminar y aprehender información, de los cuales debemos ser partícipes conforme se presenten si tenemos la intención de influir en primer lugar en la manera en que nos afecta a nosotros directamente y, en segundo lugar, en cómo serán utilizados por las nuevas generaciones de forma que sean provechosos.

 
Como bien lo señala Wolf, “debemos enseñar a nuestros niños a ser ‘bitextuales’ o ‘multitextuales’, es decir, capaces de leer y analizar textos flexiblemente y de diferentes formas, con una instrucción dirigida en cada paso del desarrollo de los aspectos inferenciales y demandantes de cada texto” (p. 227). Dicho de otra forma, es tiempo de comenzar a tratar los textos presentados en medios digitales de la misma forma que todos aquellos que circulan en medios impresos. Así como se enseña a leer en materiales impresos, es tiempo de aprender y enseñar a leer en medios digitales y a hacerlo críticamente. Los educadores y humanistas contamos con la oportunidad, probablemente irrepetible, de aprovechar todo lo que hemos aprendido hasta ahora sobre la lectura para proyectarlo hacia lo que venga más adelante: el cerebro lector, las capacidades analíticas, inferenciales y adaptables a distintas perspectivas y al mismo tiempo la mente ágil, multifuncional, multimodal y con capacidades para integrar información. (Anímate a ser promotor de lectura)

 
Este cambio de perspectiva –y sobre todo su implementación en programas educativos y prácticas cotidianas– nos permitirá abrir el debate sobre la supuesta negatividad del efecto de los medios digitales en la lectura y llegar a conclusiones más sólidas sobre cómo abordar la instrucción lectora en la era de la información (Wolf, p. 225). Si, como muchos temen, las conclusiones apuntan a que los medios digitales, de hecho, parecen implicar el final de la lectura profunda como la conocemos ahora, la oportunidad está abierta para desarrollar técnicas de lectura que, adaptadas a los nuevos medios, conserven las cualidades reflexivas y críticas y aprovechen, además, la interacción de distintos alfabetismos impresos y digitales tal y como en su momento se explotó la invención de la imprenta para la expansión de ideas y que tanto favoreció la democratización del alfabetismo.

Ilustración acerca de bibliotecas digitales: http://bibliotecadigital.magisterio.com.co/

Artículo tomado de la Revista Internacional Magisterio # 60: La pedagogía en la comunicación transmediática.

Elika Ortega Guzmán

 
Referencias
Dehaene, S. (2009). Reading in the Brain: The Science and Evolution of a Human Invention. Nueva York: Viking, Print.
Hayles N. K. (2012). How We Think: Digital Media and Contemporary Technogenesis. Chicago: The University of Chicago Press.
Manguel, A. (1996). A History of Reading. Londres: Harper Collins.
Mora, V. L. (2012). El Lectoespectador. Barcelona: Seix Barral.
Rosenblatt, L. M. (1994). The Reader, the Text, the Poem: The Transactional Theoryof the Literary Work. Carbondale: Southern Illinois University Press.
Small, G. W. et al. (2009). “Your Brain on Google: Patterns of Cerebral Activation during Internet Searching.” The American Journal of Geriatric Psychiatry 17.2 (2009): pp. 116-26. Electrónico.
Wolf, M. (2007). Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain. Nueva York: Harper.

Foto de Lars Plougmann, tomada de Flickr.