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La importancia de la inteligencia musical- artística

Magisterio
30/10/2018 - 11:30
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Foto de Pixabay

A lo largo del desarrollo humano, la música que escucha el bebé, dentro del ambiente intrauterino, actúa como capacidades bio-síquicas-culturales, que vinculan el ritmo, el balance, el tono, el equilibrio, los espacios y los signos para el desarrollo apropiado de la integralidad humana, desde la filogenia (origen y desarrollo desde el vientre materno), con el propósito de fundamentar la conciencia corporal para producir en el ser humano procesos de autonomía, de libertad, de autorregulación, frente a una determinada normatividad cultural.

La música desarrolla coordinaciones sensorio-motoras-cognitivas, desde la infancia, que se convierten en el prerrequisito fundamental para el desarrollo de la conciencia humana. A nivel funcional, los movimientos corporales que provoca la música no sólo desarrollan el plano sensoriomotor del niño, sino que le permite la construcción de conceptos tan complejos de adquirir como son el tiempo y el espacio. Éstos se construyen cuando el sujeto a través del ritmo (tiempo), construye imaginariamente recorridos en forma geométrica sobre el suelo, al compás del ritmo de la música (espacio).

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La música y su relación con la corporalidad y la conciencia permite desarrollar, también capacidades, como: La lateralidad, la direccionalidad, el equilibrio, y la sincronización de los cuerpos ya que éstos se afectan entre sí mutuamente.

Para adquirir conciencia social es necesario que primero se desarrolle la conciencia corporal, que se encuentra muy ligada a nuestra cultura, en lo que tiene que ver con la dependencia afectiva madre-bebé. Lo anterior para poder adquirir la autonomía moral e intelectual que tanto necesita el ser humano, para poder comprender y actuar frente a la vida con unos principios éticos y universales y no a través de reglas sociales y culturales impuestas (estado post- convencional de Kolhberg).

 A nivel funcional, los movimientos corporales que provoca la música no sólo desarrollan el plano sensoriomotor del niño, sino que le permite la construcción de conceptos tan complejos de adquirir como son el tiempo y el espacio

Los gestos del rostro, la respiración de la madre, el latido del corazón, las caricias, los masajes, los olores, la mirada cara a cara (en la cual el bebé se ve a sí mismo en la cara de su madre), los abrazos, el juego con su cuerpo, las canciones de cuna y otra cantidad de formas silenciosas de comunicación emocional y musical, repercutirán en la corporalidad, en la salud, en el lenguaje, en la imaginación, en la fantasía y lógicamente en el amor. Para Humberto Maturana: “Todo sistema social humano se funda en el amor, en cualesquiera de sus formas, que une sus miembros, y el amor es la apertura de un espacio de existencia para el otro como ser humano, junto a uno”. De esta forma ocurre en el fluir de conductas relacionales a través de las cuales la otra, el otro, o lo otro, surge como legítimo otro, en convivencia con uno.

La inteligencia musical también permite desarrollar competencias en “el hacer”, relacionadas con la capacidad de interpretar, componer y apreciar la música en toda su dimensionalidad estética y espiritual.

En síntesis la inteligencia musical-artística fortalece las actitudes y las actitudes frente a las diferentes formas de la música para desarrollar habilidades innatas que tienen todos los seres humanos frente a la estética musical. En esta inteligencia se deben diferenciar tonos y ritmos para poder reproducir y construir sobre ellas nuevas formas musicales. Para Gardner: “ciertas partes del cerebro desempeñan papeles importantes en la percepción y producción musical. Estas áreas se sitúan generalmente en el hemisferio derecho, aunque la capacidad musical no está “localizada” con claridad, o situada en un área específica, como el lenguaje (Gardner 1995). Esta inteligencia la tuvo Yehud Menuhin el cual a la edad de 10 años actuó como intérprete de violín a nivel internacional, lo mismo que el gran Mozart.

La música desarrolla coordinaciones sensorio-motoras-cognitivas, desde la infancia, que se convierten en el prerrequisito fundamental para el desarrollo de la conciencia humana.

+Lea: Pensar las músicas en el contexto escolar

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En lo relacionado con las primeras experiencias del desarrollo humano que involucran al cuerpo, a la conciencia y a la música es necesario precisar que lo primero que hace una madre con su bebé es jugar con los instrumentos que la naturaleza biológica y social le proporcionan, es decir con su voz, con su cara, con los movimientos del cuerpo y el de las manos, con sus gestos, con sus silencios, etc. Lo interesante de lo anterior es que la madre los orquesta dentro de un ambiente lleno de sonido, ritmo y danza en que tanto la madre como el niño se divierten. En estos estadios prelúdicos la relación “cara a cara” es determinante en gran medida en los períodos de juego musical, corporal y social. De esta forma la finalidad del juego musical es diversión y placer y se hace naturalmente por motivos interpersonales en los que se producen acontecimientos-estímulos-experiencias que repercutirán en la vida cognitiva emocional y creativa del niño.

La relación de la música con la inteligencia, se puede ilustrar, recurriendo al fenómeno conocido como “Efecto Mozart” o cualquier otro efecto, que pueda causar la música en un determinado contexto cultural, en el cual la música de este autor con respecto a la de otros músicos posee unas propiedades muy particulares que la distinguen, ya que los ritmos, las melodías, la métrica, el tono, el timbre y las frecuencias de su música logran estimular el cerebro humano, especialmente en aquellas zonas relacionadas con el hemisferio derecho (función espacio-temporal). Además el secreto del “Efecto Mozart” radica en que los sonidos de sus melodías son simples y puros. A decir de Campbell “Mozart no teje un deslumbrante tapiz como el gran genio matemático Bach, tampoco levanta una marejada de emociones como el torturado Beethoven” (Campbell:1998: pág. 38). Es de aclarar que no toda la música de Mozart produce dichos efectos, sólo aquella de frecuencia alta como la sonata para dos pianos en re mayor y los conciertos para violín 3 y 4 son recomendables, para producir efectos a nivel cognitivo, pues la música simple y repetitiva no ensancha el cerebro humano (Plasticidad cerebral), produciendo efectos inclusive contrarios.

Desde estas perspectivas, es posible plantear que puede existir una música para el cuerpo, otra música para el espíritu, la primera permite activar la totalidad corporal, siendo los géneros relacionados con la salsa o el rock en nuestra cultura, los que logran redisciplinar el cuerpo de tal forma que puede permitir la recuperación del equilibrio y del estado emocional de los sujetos en forma transitoria, originando de esta forma estados liberadores del estrés. Por el contrario la música para el espíritu de Mozart ha hecho aportes muy significativos, en lo relacionado con la estimulación de la interioridad humana, más que con el cuerpo físico; es decir, produce estados de distensión neuronal propicios para la creatividad.

El Efecto Mozart se produce debido a los ritmos, melodías y frecuencias altas de su música, siendo sonidos altamente armónicos que metafóricamente actúan como un relato o un cuento de hadas, estimulando tanto el neo-córtex, como el sistema límbico. De esta forma la persona que escucha la música vibra de una forma cognitiva y emotiva. La música en este sentido desemboca en el campo de “la acción”; porque las emociones no son sentimientos, sino que son “impulsos” o programas instantáneos para enfrentarnos a la vida. En consecuencia se puede plantear que la música no sólo activa las redes neuronales, sino que incide también en la concentración, la atención y la memoria, fundamentales para el proceso del aprendizaje, produciendo inclusive neurotransmisores como la Acetilcolina (memoria- atención), y otros como la dopamina que ayudan a estimular el movimiento del cuerpo.

Referencias

Gardner, Howard. Inteligencias múltiples. Barcelona. Paidós. 1995
Campbell:1998: pág. 38

Título tomado del libro: Neuropedagogía lúdica y competencias. Autor: Carlos Alberto Jiménez. pp. 107-110.

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