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La lectura (adolescente)

Magisterio
15/08/2019 - 15:45
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By Freepik

Como profesor de lengua que soy, uno de mis objetivos es siempre, año tras año, conseguir que mis alumnos desarrollen, aunque sea un poco, el gusto por la lectura. Soy consciente de que no conseguiré, en un año, que pasen de no leer nada a ser grandes lectores, pero sí que puedo sembrar la semilla de la lectura, o al menos intentarlo. 

Sabemos que leer es un hábito excelente, que fortalece una gran cantidad de procesos mentales y que solidifica algunas bases del conocimiento, que ayuda a desarrollar ámbitos emocionales y que es un gran medio para adquirir conocimiento y cultura. No obstante, como educadores, libramos una batalla en nuestro día a día con el fin de que nuestros alumnos lean y, además, desarrollen el gusto por leer. 

¿Por qué no les gusta leer? 

Ya son varios los años que les pregunto a mis alumnos por qué no les gusta leer e invariablemente surgen el mismo tipo de respuestas, algunas de las cuales expongo aquí de forma casi literal: 

“Pierdo el hilo y no me entero de lo que dice” 

“No entiendo muchas palabras y eso lo hace aburrido” 

“Está bien… pero hay otras cosas mejores” 

“Es que lo tengo que hacer solo” 

“Es muy lento” 

Analizaré los primeros dos puntos por ser realmente los más comunes de los problemas del alumnado cuando se enfrenta a un libro. 

les decimos que “deben leerse un libro cada trimestre del curso” no estamos hablando en ningún momento de disfrutar de la lectura, de aprender algo, de descubrir la historia o de compartir las sorpresas que nos ofrecerá;

Pierdo el hilo y no me entero de lo que dice 

Esta es una de las respuestas que más consenso tiene entre los alumnos y el desencadenante principal, en mi opinión, de esta situación es un mal endémico en las generaciones de estudiantes que tenemos hoy en día y que suelo resumir a los padres de la siguiente manera:

“su hijo o hija debe interiorizar —entender es un paso previo que no sirve por sí mismo— que no se trata solo de hacer las cosas, se trata de hacerlas lo mejor posible“. 

No es un mal que afecte solo a la lectura, es una concepción desvirtuada del “aprendizaje” en la que los alumnos consideran que la figura de autoridad les reclama la realización de una tarea, pero no la implicación máxima de su persona en ella. Esto favorece que no haya una lectura atenta, que es el detonante final del problema. 

¿Puede ser que el planteamiento mismo de la lectura desde el colegio no nos esté ayudando? No solo creo que puede ser, considero que así es, desde la indicación inicial hasta el sistema de evaluación. 

+Lea: Bibliotecas escolares, las grandes olvidadas

Cuando nosotros, profesores, les decimos que “deben leerse un libro cada trimestre del curso” no estamos hablando en ningún momento de disfrutar de la lectura, de aprender algo, de descubrir la historia o de compartir las sorpresas que nos ofrecerá; estamos hablando del objetivo final despojado de todo cuanto nos interesa realmente, estamos reforzando el “hacer las cosas” y no el “hacerlas lo mejor posible”. Es cierto que no lo hacemos con mala intención y que en nuestra cabeza no entendemos la lectura si no es lectura atenta, que no entendemos el proceso de leer sin entender lo que estás leyendo… pero eso es en nuestra cabeza, no en la de nuestros alumnos. Ellos entienden por leer “encadenar una palabra tras otra, una frase tras otra, una página tras otra… hasta el final del libro” y es hasta el final y no hasta la mitad porque “tengo que leer un libro entero este trimestre”. 

“Pero bueno, deben entender si quieren hacer bien el examen al final del trimestre”. ¿Sí? ¿Realmente estamos seguros de eso? Yo, personalmente, sé que muchos de mis alumnos no se han leído un libro a pesar de haber aprobado el examen sobre el mismo al final del trimestre. No hemos de olvidar que son niños pero no son tontos y que tienen a su disposición y a su favor: a) intenet y b) algún compañero, hermano o amigo que sí se ha leído el susodicho libro. Y podrán contestar a las preguntas con la información (que no emoción) que han consultado porque en el examen no se ahondará en lo que le ha gustado y lo que no, en lo que le ha sorprendido, en lo que ha disfrutado, en cómo lo ha vivido, en definitiva, no se enfocará a su proceso de lectura; se enfocará a la historia narrada en el libro. Hemos de comprender que la historia es común y pública, el proceso de lectura es personal e intransferible. Y lo que va a hacer de ellos unos buenos lectores no es una historia concreta, es desarrollar y potenciar ese proceso de lectura, esas vivencias con el libro. 

¿Cómo encaramos, pues, el examen? Pues hablando del libro, conversando sobre él, debatiendo, discutiendo, intentando llegar a lo que les ha generado, buscando lo subjetivo y no lo objetivo. Uno de mis grandes temores era que esto no fuera viable y por ello hice un experimento antes de probarlo en mi clase: sustituí el libro por una película. Cuando empezó la actividad y les preguntaba acerca de cómo la vivieron, qué les sorprendió, qué opinaban sobre una cosa o la otra era extremadamente sencillo distinguir a los que la habían visto de los que no; los primeros no solo aportaban información del argumento, hablaban de ellos mismos, opinaban, mostraban su enfado o su sorpresa, o incluso su indiferencia pero mostraban algo; los segundos, en cambio, solo hablaban de la historia y callaban cuando el debate se ponía interesante. 

Finalmente se genera una duda sobre esta forma de plantear el control de la lectura. ¿Podré hacer que lean muchos libros al año? ¿Tendré tiempo de todo? A lo que yo siempre contesto que prefiero que lean menos y que lean bien a que lean muchos y realmente haya sido una pérdida de tiempo para ellos y para mi. Concibo que mi responsabilidad es para con los niños que tengo, pero dentro de unos años, es por eso que si leer menos libros, pero disfrutarlos o empezar a entender qué es leer puede hacer que sean mejores lectores en unos años a pesar de que este curso hayan leído un libro menos, creo que me quedo satisfecho como educador. 

Resumen 

Enfatizar como profesores en que no se les pide solo leer, se les pide leer y entender. 

  • Replantearse cómo diseñamos los exámenes de lectura con el fin de centrarnos más en el proceso de lectura que en la historia, más en lo subjetivo que en lo objetivo. 
  • No obsesionarnos con el número y sí centrarnos más en la calidad.  
  • No entiendo muchas palabras y eso lo hace aburrido 

Es importante diferenciar este problema del primero. Aquí hay un sustrato léxico pobre que dificulta la inmersión en la lectura. No nos engañemos, como adultos, si tenemos un libro entre manos que nos obliga a detenernos cada dos por tres para consultar una u otra palabra, o es un tema que nos apasiona o es una obligación o hay muchas posibilidades de que al final lo dejemos de leer. 

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Es por ese motivo que como profesores debemos aprovechar cualquier situación que se nos brinde para enriquecer el léxico de nuestros alumnos. Un gran compañero de profesión, amigo y mentor, Germán Cánovas, me dijo una vez que había desperdiciado muchas oportunidades para aumentar el caudal léxico de sus alumnos cuando ponía frases para analizar en la pizarra que no contenían nuevas palabras. Aprovechemos la oportunidad y en vez de poner “María tiró el bolígrafo al suelo” pongamos “María arrojó el bolígrafo al suelo” o “María tiró la estilográfica al suelo”. Ampliemos el vocabulario de nuestro alumnado en cada sesión, en cada ocasión y no solo con interminables listas de palabras que no surgen de ningún sitio, en ningún contexto y en ningún momento en concreto. 

¿Y qué deben leer? 

En mis clases hay una diferencia clara entre las lecturas que realizan conmigo de las lecturas que realizarán ellos por su cuenta. 

Lectura en clase 

Cada cierto tiempo (cada semana o cada dos, según el calendario) dedicamos una sesión a que yo, como profesor, narre un libro —no “leo”, lo que hago es “narrar” porque ¿cómo van a saber narrar si nadie les enseña a hacerlo? Y hay que tener en cuenta que parte del disfrute de la lectura nace si uno es capaz de narrar con cierta calidad aunque sea en su cabeza—. Es en ese espacio en el que me esfuerzo no solo por narrar bien sino también por detenerme y verbalizar los procesos mentales que sigue mi cabeza cuando está inmersa en la lectura: qué espero que pase, cómo está jugando conmigo el escritor, qué sensación me genera este u otro personaje, qué miedos tengo ante lo que se me está planteando, etc. De esta manera, poco a poco, el alumnado va enriqueciendo su manera de estar frente al libro y frente a la historia. Paulatinamente va dejando de ser “una palabra tras otra” para ser “una historia que me dice algo, que me afecta, que me produce sensaciones e ideas”. 

Lo que suele pasar al principio es que el alumnado se zambulle en la historia gracias a mi narración, que disfruta y que se interesa. De golpe empiezas a oír comentarios acerca de lo bueno que es el libro, lo interesante que está o las ganas que tienen de saber más. Entonces llega la segunda fase que es cuando te piden el libro para seguir leyéndolo ellos. Parecería que aquí se acaba el proceso y que todo ha ido bien, pero nada más lejos de la realidad. Les dejas el libro y al cabo de unas semanas te lo devuelven sin haberlo acabado. “Se ha hecho aburrido”, “ya no es lo mismo” o “ya no me interesa” son algunos de los comentarios que acompañan a la devolución del libro. Pero ¿por qué? El libro no es peor, lo que ha empeorado es el proceso de lectura porque aún no han integrado todos los mecanismos que lo enriquecen y que yo, como profesor, verbalizo en clase y comparto con ellos. ¿Frustra? En parte; pero hay que seguir pues poco a poco va calando. ¡Así que siguiente libro y adelante! 

+Video: Cómo compartir un libro ayuda a entender otros mundos

Lectura personal 

Yo soy de los que creo que fomentar el hábito de la lectura requiere que sea placentera y el placer es subjetivo. Es tarea imposible encontrar un único libro que guste a todos los alumnos y que les interese por igual. Así que podemos imponer un libro (cosa que nos ahorrará tiempo a nosotros como docentes) o podemos dejar que ellos escojan el libro que quieren leer. No es necesario que tengan a su alcance todos los libros del mundo, podemos acotar esa elección, pero sí que considero fundamental el hecho de que puedan escoger. Entran aquí varios factores psicológicos relacionados con la percepción de control, con la identificación ante la elección y con la personalización; conceptos en los que no profundizaremos. Baste decir que el alumno se implica mucho más cuando tiene un margen de elección, cuando el libro que está leyendo es ese y no otro porque así lo ha decidido él. Eso sin contar con que están descubriendo sus gustos, investigando si les atrapa más una historia policíaca, una de miedo o, por el contrario, son más de comedia. Eso es parte del desarrollo personal como lectores. Después, cuando el hábito lector haya sido desarrollado, podremos enfrentarlos a libros concretos (esos títulos que si no se los ponemos nosotros delante pueden recorrer toda su etapa educativa y no enfrentarse a ellos; esos textos que son un verdadero desafío que requiere de la presencia del profesor para poder ser abordados). 

El Dr Stephen D. Krashen, en su libro “El poder de la lectura”, explica que sólo si un niño lee con placer adquirirá muchas de las habilidades necesarias y positivas relacionadas con la lectura; si lee obligado no las tendrá. 

Finalmente, especialmente hacia final de curso, el alumnado dispone de alguna sesión para realizar lectura individual en clase. Creo que es fundamental que en ese momento, nosotros, profesores, nos pongamos también a leer. El ejemplo es, sin duda, una de las herramientas más potentes que tenemos como docentes. Les decimos siempre lo importante que es leer, pero ¿cuándo nos ven leer por gusto? ¿y a sus padres? ¿y al mundo en general? 

Enriquecer la lectura a través de la escritura 

Para acabar creo importante destacar que leer no es el único medio para desarrollar el gusto por la lectura. Escribir fortalece no solo el proceso lector, sino que también enriquece el contexto lector y el gusto por la palabra escrita. Como profesor de lengua llevo, además, un proyecto gamificado basado en la creación conjunta de una novela (www.ellibrodeltiempo.com) a través del cual el alumnado vive el proceso de escritura, intenta generar textos con finalidades específicas y experimenta la creación conjunta de una historia a lo largo de todo un año. Disfrutan de la escritura y eso hace un poco más fácil que un día disfruten de estar al otro lado, de la lectura. 

Cultivar su hábito lector no es tarea sencilla y como bien decía al principio del artículo, casi parece una guerra continua con el agravante de que cuando llega final de curso nuestros alumnos se van pero a nosotros llega una nueva hornada de chicos y chicas con los que volver a combatir. Los alumnos pasan, pero nosotros seguimos en las trincheras. Por eso no quiero acabar este artículo sin exponer una frase que me dijeron unas alumnas el año pasado (alumnas de ESO 4 y a las cuales hace tres años que no tengo en clase de castellano) y que es parte de la recompensa a tan arduo trabajo como es intentar sembrar el gusto por la lectura: “no entiendo como no me gustaba leer “. Ojalá consiguiera siempre llegar a este punto. 

El anterior  artículo es tomado de la web  Experiencias de Aula – Profesor de pasión, profesor de profesión  para visitar el contenido original haga click en el siguiente enlace: https://experienciasdeaula.blog/2017/04/22/la-lectura-adolescente/ 

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