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La paideia contemporánea: dimensiones ética y política de la educación como factores de desarrollo

Por Sandra Patricia Ordóñez Castro
Magisterio
12/08/2019 - 15:30
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Foto de Pixabay

Profesor visitante de la Maestría en Dirección y Gestión de Instituciones Educativas de la Universidad de La Sabana. Doctor en Filosofía y Profesor Titular de Antropología Pedagógica en la Universidad Complutense de Madrid, José María Barrio Maestre comparte hoy con MAGISTERIO sus reflexiones acerca de la Educación contemporánea en occidente.

Entrevista con José María Barrio Maestre

Sandra Patricia Ordóñez Castro: ¿Cuál es el propósito fundamental de la educación?

José María Barrio Maestre: Creo que el propósito fundamental de la educación, por lo menos en una etapa inicial, es sacar al niño de su ensimismamiento natural y tratar de introducirle a una realidad significativa en contacto con la cual, efectivamente, pueda crecer, pueda ser más. Eso es lo propio del ser humano: siempre puede ser más de lo que es, y apoyarlo en ese sentido es el propósito fundamental de la mediación educativa.

S.P.O.C.: Una concepción bastante Vygotskiana…

J.M.B.M.: No, en realidad.

S.P.O.C.: ¿Por qué no?

J.M.B.M.: Pues porque, en el fondo, el planteamiento constructivista –a cuya formulación ha contribuido entre otros Vygostki– presenta el desarrollo humano como una construcción de verdades cuyo valor epistemológico radica en su nivel de significación para el sujeto. A mí me parece que la educación tiene que ser, más bien, la introducción a una realidad que, en cierto modo, es independiente del sujeto. Precisamente, en la medida en que la realidad es algo distinto al yo, el metabolizarla, el aplicarme a su conocimiento, puede suponer un incremento de mi propio ser. Si la realidad no es más que un constructo humano particular, el contacto con ella no me puede hacer más de lo que soy. Esta es la dificultad, un poco más de orden filosófico, que yo veo en el planteamiento constructivista. 

Desde luego, hay un sector importante de la realidad que es constructo humano: la cultura, la civilización, el arte, el pensamiento filosófico, la literatura, incluso las instituciones sociales y políticas… pero a mí me parece que hay un a priori de realidad que es relativamente anterior e independiente de nuestros constructos y representaciones y desconocer su validez supone un desenfoque sustancial del propósito educativo. 

S.P.O.C.: La representación, con todo lo que tiene de subjetivo, atraviesa nuestras dinámicas socio-históricas contemporáneas tendiendo a desdibujar los límites de “lo real”. Desde su perspectiva, ¿cuál es el papel de la educación ante este fenómeno?

J.M.B.M.: La educación, entendida como inculturación, como una introducción a los modos de pensar y de vivir que están vigentes en el contexto socio-histórico, evidentemente tiene mucho qué ver con esa esfera de la representación. Pero, en medio de esa rapsodia de la imagen icónica y virtual propia de nuestro tiempo, es fácil que mucha gente piense que la realidad no es nada más que las imágenes, las representaciones… Y hay un sector de esa dimensión simbólica que lo que hace es enmascarar o disfrazar la realidad. Por eso, hay todo un sector del pensamiento filosófico que se llama la Teoría Crítica, que lo que intenta es desenmascararla. Lo educativo debería ir también en esta línea: los griegos nos enseñaron que la teoría, como aplicación al conocimiento objetivo de la realidad, es un fin en sí misma. A partir de allí, podemos conseguir otros rendimientos estratégicos. Pero el primer rendimiento epistemológico es reconocer la objetividad del ser. 

S.P.O.C.: ¿Cuáles serían esas salvedades fundamentales que no caben dentro de la esfera de la subjetividad?

J.M.B.M.: Las cosas están dispuestas para que el hombre las use, las manipule, las transforme, las someta con un sometimiento respetuoso, no despótico (esa es un poco la reivindicación ecologista). Todo está mediado socioculturalmente, pero no todo se reduce a esa mediación. El hombre mismo no es una mente-factura, ni una mano-factura, pero hasta allí hemos llegado a un territorio fronterizo bastante peligroso con la posibilidad de la manipulación genética…

S.P.O.C.: ¿Cuáles serían las implicaciones de propender desde la educación por la concepción de la sociedad como un ecosistema, y cómo se articularía, en esta perspectiva, el concepto de “entorno educativo”?

J.M.B.M.: A mí me parece que el enfoque sistémico que considera el universo social como un ecosistema sirve para explicar algunos aspectos sustantivos de lo humano, pero tiene algunas insuficiencias. Concretamente, en el aspecto pedagógico, yo creo que una de ellas es que no ayuda a ver que una persona crece en la medida en que es capaz de hacer un esfuerzo por superarse: cuando toma consciencia de que algo le falta, de que no es todo lo que puede ser. 

El enfoque sistémico lo que busca, fundamentalmente, es el equilibrio, una homeostasis, que todo esté en su sitio, el estructural-funcionalismo… que estén todas las partes ajustadas. Pero el hecho educativo es incomprensible sin la tensión, sin la intranquilidad que supone no conformarse con lo que se es, pretender más y esforzarse en función de ello. 
 
No digo que ese paradigma no sea relevante… es un modelo teórico que sirve para explicar cosas muy importantes: es evidente –como usted advierte cuando se refiere al concepto de “entorno”– que en un contexto educativo es imprescindible un cierto equilibrio: que haya una cierta normatividad, que haya un ethos institucional, que la gente sepa a qué atenerse, que sepa qué pasa si se cumplen las normas y qué pasa si no… Eso también educa, sin duda. Y además, proporciona una cierta seguridad, una cierta estabilidad que hace posible el crecimiento. Pero creo que, también, existe otro elemento, si se quiere más antropológico que sociológico, que le compete a lo educativo y es la propulsión de ese crecimiento, desde la sana introducción de un desequilibrio.

S.P.O.C.: La ecología humana habla de esas dinámicas horizontales y verticales que deben armonizarse en el desarrollo del sujeto en contexto. ¿Cómo establecer, desde lo educativo, esa relación fluente entre lo normativo (relativo a la lógica horizontal de las relaciones sociales) y el desarrollo del potencial individual (esa línea vertical y ascendente en cuya importancia usted hace especial énfasis)?

J.M.B.M.: Creo que son paradigmas que pueden ser convergentes en la medida en que no se absoluticen. Pero, considero que hoy en día el discurso ecológico o sistémico es omnipresente en la ciencia de la educación, ya que ésta se encuentra claramente integrada dentro de las ciencias sociales, lo cual le adjudica el deber de integrar a las nuevas generaciones a los hábitos y modos de vida vigentes (una integración crítica y constructiva, pero, en el fondo, integración). Por eso yo tiendo a destacar algo que me parece que hoy en día, dentro de ese paradigma, no resulta tan evidente, y es que la educación debe propender por el desarrollo de la persona individual. Desde luego, cada individuo es hijo de su tiempo y de su contexto social y cultural, pero, ante todo, es hijo de sí mismo, de lo que va haciendo… y los educadores deben estar ahí para ayudarle a trazar ese vector de su propio ser. La identidad intelectual y moral de toda persona es fruto de algunas decisiones que son átomos históricos de una novedad absoluta en cada caso. El desarrollo humano no es, solamente, la integración del individuo al medio, es el crecimiento de cada uno con respecto a sí mismo.

S.P.O.C.: Generar una permanente disonancia cognitiva en los estudiantes y plantearles desafíos óptimos, serían estrategias infaltables en el repertorio de la educación como usted la concibe… 

J.M.B.M.: Completamente de acuerdo. La idea más clásica de la formación, lo que los griegos llaman la paideia, es una tarea absolutamente egregia para formar personas egregias. Lo curioso del planteamiento de los griegos –concretamente de Aristóteles en este punto–, es que eso hay que conseguirlo con todas las personas. El ideal de la democracia griega, fundamentalmente, está estructurado desde la idea de que todos los ciudadanos, para poder participar de un régimen político democrático, tienen que tener una educación aristocrática. Y eso es posible en la medida en que logremos confrontar una persona con ideales paradigmáticos, emblemáticos, con ejemplos prototípicos. Esta es la idea de la formación clásica: que cada quién diga: si alguien ha podido llegar ahí, yo también puedo.

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S.P.O.C.: Pero, en este punto, hay algo para entrar a considerar: aún si pensamos en la democracia griega, hay unas élites: ciudadano no es todo el mundo. Entonces, ¿Cómo solventar, desde lo educativo, el antagonismo entre el asunto de la integración social por un lado, y de la voluntad de poder, por otro?, ¿Cómo se articulan la intención socializadora de la educación y ese propósito de apuntalar al individuo hacia su máximo potencial? 

J.M.B.M.: Es verdad. Y, efectivamente, las relaciones de poder están presentes y configuran todo un engranaje social. Pero hay una idea de Aristóteles que conjuga perfectamente esos dos aspectos que usted enuncia (desde luego, hoy en día podemos pensar que es utópica, así como lo pensaban muchos griegos no atenienses, sobre todo los espartanos): para los atenienses, la actividad política fundamental era la conversación y la cohesión de la polis era, fundamentalmente, una virtud, lo que Aristóteles llama amistad. La tarea esencial de la política era propiciar esa conversación entre amigos sobre la res pública –es decir, sobre las cosas que nos afectan a todos como seres humanos–, con la bondad, la belleza y la justicia como argumentos fundamentales. El gran orgullo de los atenienses era que tenían un régimen político basado en la palabra convincente y no en las armas, ni en la fusta, ni en el poder. Eso podemos considerar que es utópico, pero ese régimen duró un siglo y produjo unos resultados culturales de los que Europa sigue viviendo todavía… un verdadero paradigma. Hay cosas allí que siguen siendo muy significativas. 

S.P.O.C.: Eso supondría, entonces, que el desarrollo individual del hombre, de todas maneras tendría que estar sujeto a un paradigma axiológico que, planteado desde lo social, constituyera el soporte de todo criterio educativo… Pero si partimos de esa premisa, ¿Cuál es el rol del educador frente a la relatividad axiológica de nuestro tiempo?

J.M.B.M.: Pues ese es un problema realmente serio para muchos aspectos de la vida, pero sobre todo para la educación. Piense usted que educar no es posible si no se parte de la concepción de que hay algunas maneras de ejercer como ciudadanos, que son esencialmente preferibles a sus contrarias. Es imposible transmitir educativamente, si no es desde la convicción, evidentemente no escéptica ni relativista, de que algo merece ser transmitido. El problema es que el relativismo te obliga a pensar, entre comillas. El relativismo es la muerte del pensamiento. Pensar es pronunciarse por la verdad de lo que uno afirma. En el fondo el gran problema del relativismo es que supone cancelar el pensamiento y la conversación humana. El diálogo es significativo en la medida en que es un contexto pragmático de búsqueda de la verdad, pero si la verdad no existe, o es imposible conocerla, para qué discutir… Esto es importante: se aprende a pensar tomando una postura en una conversación interesante y buscando argumentos para defender lo que uno piensa. 

S.P.O.C.: Sin embargo, en la actualidad, en aras de la tolerancia y la equidad social, como discurso oficial, se ha asumido como prevalente el “todo vale en su medida” (lo que equivale a decir también que nada vale del todo). En el fondo de esa promoción de la ausencia de criterio, ¿no habrá una intención política que se ampara en la mediación educativa?

J.M.B.M.: Si todo vale, entonces la única alternativa es “apague y vámonos”. Pero las cosas no son así. La sociedad humana no reside en el hecho físico de que estemos unos al lado de otros, sino en que tenemos argumentos de conversación significativa. La diferencia fundamental entre el ser humano y los demás animales, es que el ser humano tiene logos. Puede articular sus opiniones sobre esos grandes argumentos que configuran la conversación esencial de la humanidad y contrastarlas con las de sus interlocutores. Esto es lo más singular que tiene el ser humano, según Aristóteles y, desde luego, tiene un poder político decisivo.

S.P.O.C.: ¿Entonces, la educación debe ir al rescate de lo singular que hay en cada ser humano, incluso como contribución a la cohesión auténtica (dialogante) de lo social?

J.M.B.M.: Por supuesto. No podemos pensar que lo más sustantivo del ser humano es pertenecer a una colección. La educación debe procurar el desarrollo singular de cada ser humano, poniéndolo en pos de la realidad. La comunidad política humana no es una hipóstasis separada de los individuos que la conforman. Un nosotros al que se le amputa el yo es una ficción. Ese mito de que la escuela debe ser una correa de transmisión para la igualdad social, es algo que hay que ver junto con otras cosas. Está muy bien la igualdad social, pero no se trata de igualar absolutamente a todo el mundo por lo bajo (igual de tontitos todos). El conocimiento te pone de cara, en tanto individuo, a las dimensiones ética y política del poder desde el ejercicio responsable e inteligente de una libertad informada.

S.P.O.C.: A partir de todo lo que hemos reflexionado, ¿Qué ajustes le haría usted a los modelos educativos que tenemos hoy en día en occidente?

J.M.B.M.: Sin pretender ser exhaustivo, replantearía claramente las bases del constructivismo. Así mismo, cuestionaría algunos mitos de la llamada “nueva pedagogía” –que ya no es tan nueva, lleva casi siglo y medio–: toda la crítica que se hace a la memoria, por ejemplo. El aprendizaje, desde luego, involucra otras facultades intelectuales, pero que eso sea así, no significa, para nada, que haya que despreciar la memoria. Eso es intelectualmente suicida: nosotros sabemos lo que recordamos. Es verdad que para saberlo hace falta algo más que recordarlo, pero si no lo recuerdas, pues no lo sabes. Por otra parte, revaluaría las posturas frente al tema de la lección magistral, blanco de todos los dardos, desde hace más de 30 años. Ahora parece que el aula no tiene ningún sentido. Ahora todo es “taller”… y sí, es muy interesante que haya también otros entornos más interactivos en la educación y la incorporación de las nuevas tecnologías, pero yo creo que estamos un poco magnetizados por el mito de la innovación y, a veces, podemos perder de vista que la verdadera innovación en educación consiste en lograr que alguien se ponga a pensar en serio y que tenga ideas nuevas. Eso supone reivindicar el rol del maestro en esa conversación significativa de la que veníamos hablando. 
 
S.P.O.C.: ¿Qué debe saber un educador para poder enseñar?

J.M.B.M.: Esto es fundamental: el profesor tiene que intentar saber mucho de su materia: cuanto más, mejor. Dese hace 30 años está muy vigente un planteamiento según el cual para enseñar Matemáticas no hace falta saber matemáticas, sino conocer al alumno: su contexto socio-histórico, su familia, su régimen económico, sus costumbres, sus referentes, etc. No digo que eso no pueda aportar algo y, sin duda, hace falta también saber manejar eso, Pero, vamos, ¡también hace falta saber Matemáticas! Lo que no se puede hacer es lo que, por ejemplo en mi país se ha hecho, con un nombre realmente curioso que es todo esto de las “adaptaciones curriculares”, que es un poco decir: “pues si fulanito no va a las Matemáticas, que las Matemáticas vayan a fulanito”. Eso significa que si fulanito es perezocito, pues de las Matemáticas se va a quedar con la tabla de multiplicar y punto. Estoy simplificando un poco, pero no demasiado. Y no digo yo que a lo mejor eso de la adaptación curricular no tenga un aspecto interesante, pero lo que se ha vendido como tal en mi país, ha supuesto una baja dramática en el nivel de la calidad de la enseñanza. En los informes PISA estamos en el último puesto en áreas que son básicas… si un niño de 15 años lee, pero no se entera de lo que lee, o es incapaz de escribir una frase subordinada porque no sale del pseudo-idioma de los telefonitos, el sistema educativo está fallando.

S.P.O.C.: ¿Cuál sería el principal desafío de la educación en este momento de la Historia en occidente?

J.M.B.M.: En mi país se habla mucho de la crisis de autoridad como el gran problema que tiene la escuela ahora mismo, y yo creo que eso hay que entenderlo bien porque la autoridad, por lo menos como la acuñaron los juristas latinos, la autoritas, es el saber socialmente reconocido. A diferencia de la potestas que es el poder socialmente reconocido, la autoridad es fundamentalmente algo intelectual. Todavía se conserva un poco el uso lingüístico, aunque ya va cayendo en desuso, de decir: “Es que es una autoridad en la materia”, cuando alguien sabe mucho de algo. El problema de la crisis de autoridad, desde mi modesto punto de vista, es que hoy en día saber mucho de algo, da risa. Hemos llegado a una situación socio-cultural en la que la persona que realmente sabe mucho, como dicen los muchachos en mi país, es un pringao, o sea, es un tonto que ha perdido el tiempo, que no se ha dedicado en la vida a lo realmente importante que es ganar dinero o hacerse con un puesto de postín. Esa es la crisis de autoridad por antonomasia. Es que el saber está muy poco valorado, todo esto como resultado de algunos mitos que se han asumido como si fueran el oráculo de Delfos. 

Las reformas educativas que se han hecho en España en los últimos 15 años, son realmente incomprensibles, sin tener en cuenta que el 90% de los pedagogos están convencidos de que el logro fundamental del sistema educativo ha de ser que la gente sea “buena gente”. Esto es, que estén bien socializados, cosa que me parece estupenda, pero es que eso lo ven en contradicción casi polar con que la gente sepa cosas. Cuando una persona sabe mucho, se convierte en un arrogante inaguantable. En general, parece que para que la gente sea “buena gente” lo que hace falta es que sean un poco cortitos. Esto no se dice así, naturalmente, pero sin este planteamiento, es absolutamente ininteligible lo que se ha hecho con el sistema educativo de mi país y esto es algo que no sucede sólo allí. Yo creo que el gran reto que tenemos, ahora mismo, es recuperar el sentido esencialmente humano de la educación, lo cual supone reivindicar el saber como factor de desarrollo personal con implicaciones éticas y políticas.

Tomado de Revista Internacional Magisterio No. 47

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