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29/01/2018 - 10:30

La participación educativa en la sociedad digital

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José Manuel Pérez Tornero
Santiago Tejedor
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Pensar el aula, el colegio, la institución escolar, como un sistema complejo de participación implica que los diferentes actores que participan en el proceso educativo —a lo largo de la vida— deben reconocer su rol como parte de ese sistema complejo. Es una tarea que se ha pasado por alto y que no se cuestionan diferentes grupos que hacen parte de las interacciones cotidianas con la educación como los medios, las empresas y, en algunos casos, hasta los padres. Para los diferentes nodos del sistema educativo los únicos culpables de una mala educación son los profesores, porque quienes acusan no reconocen su rol dentro del proceso. La negociación, la búsqueda del consenso, el uso adecuado de los canales de comunicación y el trabajo colaborativo orientado a un objetivo común —garantizar el éxito formativo de niños, jóvenes y adultos— son elementos que impulsan los pasos hacia el horizonte.

 

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Complejidad y sistemas educativos

En octubre de 2015, algunos profesores denunciaron ante el Defensor del Profesor de la Asociación Nacional de Profesores Estatales (ANPE) en España, el mal uso de las redes sociales que hacían los padres de familia de sus estudiantes. No se quejaban del uso que hacían sus alumnos de Facebook, Twitter o WhatsApp. Denunciaban a los padres que creaban grupos en los social media para criticar a docentes o incluso realizar campañas de recogida de firmas en contra de los profesores o de algunas de sus prácticas. Es un buen caso para pensar en la complejidad sistémica del proceso de participación en la escuela, de sus actores y, sobre todo, de los canales de comunicación que permiten —o no— articular un proceso de aprendizaje de calidad.

 

La complejidad y la innovación son retos —horizontes— que tienen en el porvenir la ansiada sociedad del conocimiento. La complejidad, en primer término, puede intentar delinearse sobre diferentes mundos que se cruzan en lo tecnológico, lo social, lo político, lo mediático pero, sobre todo, en lo cultural. Es una complejidad necesaria, una guía para poder entender la escuela del siglo XXI como un sistema complejo.

 

La escuela es un ser vivo y como tal siempre tiene que enfrentar amenazas y desafíos (virus y enfermedades internas, pero también enemigos feroces externos). El ser vivo escolar, en su sistema de interrelaciones, enfrenta también desafíos internos y externos. Diferentes juegos de actores, un medio ambiente hostil y diverso que pone en tela de juicio de forma constante a las tradicionales figuras del mundo escolar (el profesor, el alumno).

 

+Lea: El aula de la escuela 2.0

 

El ser vivo también se desarrolla —algunos mutan, otros evolucionan— y sus actores se transforman y en su desarrollo o evolución, algunos órganos-actores incluso llegan a desaparecer o a ser reemplazados por artefactos que se incluyen también dentro del sistema complejo —como la memoria, ahora repartida en diferentes dispositivos, o los sistemas de comunicación, como en el caso de las redes sociales—. Por supuesto, el reto tecnológico no es sino otra amenaza-actor-factor que se suma a los retos sobre los que la escuela como escenario sistémico necesita re- (o volver a) pensarse. Sin duda deconstruirse (Derrida, 1989).

 

La capacidad del ser vivo, como sistema, organismo vivo — que no es otra cosa que su capacidad sistémica— no debe ser otra que la asimilación de la complejidad, de las amenazas que únicamente pueden ser vistas como estímulos (externos e internos) para una evolución —aunque a veces lo que pedimos es una revolución—. La capacidad de asimilación del ser vivo escolar de las diferentes amenazas (tecnológicas, didácticas, espaciales) es la única vacuna o tratamiento a través del cual el organismo, vivo, puede integrar los desafíos dentro de su sistema y, por supuesto, ponerlos a su servicio, al servicio de la educación. Cuando las amenazas —quizás muchos docentes ven la clase creativa como una amenaza— son asimiladas por el ser vivo, que muta con el tiempo, podemos hablar de un sistema complejo o evolucionado. Cada vez más fuerte. Los sistemas evolucionados, como las manzanas de Steve Jobs —seguramente has visto las evoluciones de esas manzanas en tus bolsillos o las compras multimillonarias de aplicaciones integradas en las plataformas de Facebook o Google, como WhatsApp, en el caso del primero, o YouTube, en el segundo—, asimilan las amenazas y las incorporan dentro de sus sistemas operativos. Se hacen más fuertes, más legítimos, y también asimilan la etiqueta de innovadores. ¿Acaso alguien duda de que lo sean?

 

+Conozca la Revista Nuevas tecnologías en el aula

 

Referencias

Derrida, J. (1989). La desconstrucción en las fronteras de la filosofía. La retirada de la metáfora. Barcelona: Paidós.

 

Tomado del libro: Innovación educativa y TICs. Guía básica. Autores: José Manuel Pérez Tornero y Santiago Tejedor. pp. 143-145

 

Foto de sergey_kandakov. Tomada de Freepik

 

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