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La paz desde un enfoque religioso

Por Domingo Araya
Magisterio
28/03/2017 - 10:00
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Foto de Antonio da Silva Martins. Tomada de Flickr

Religión no es sinónimo de iglesias. Tiene que ver, más bien, con una apertura a lo sagrado o numinoso. Se trata de un ámbito opuesto al utilitario, cercano al arte. Es una realidad exclusiva del ser humano y de su facultad mito-poética. Solo los humanos crean dioses y mitos; de ahí se derivan los ritos. Esencial a la religión es el sacrificio, modo humano de ponerse en contacto con lo sagrado y rendirle culto.

 

Ha habido muchas religiones en la historia de la humanidad. Desde el animismo, el politeísmo, el panteísmo, hasta las religiones más elaboradas como el budismo, el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Ni el más sabio estudioso de las religiones puede abarcar este inmenso y complejo asunto.

 

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Nosotros hemos nacido y crecido en el contexto religioso cristiano, aunque no practiquemos ninguna de sus variantes. Lo propio de esta religión es creer que Dios se encarna en Jesucristo y que muere crucificado para redimir a los humanos.

 

Según esta religión, Dios es amor y por eso crea y se encarna, se hace humano para asumir lo corpóreo y por lo mismo, el sufrimiento y la muerte. Dios se aproxima al ser humano, abandona su infinita trascendencia y se hace inmanente. El mensaje de Dios hecho humano es de amor y de entrega, de superación del egoísmo y de auto-sacrificio. El Dios cristiano se empequeñece por amor y para permitir que el ser humano crezca. El propio Dios se sacrifica por el ser humano.

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Paz, olvido y memoria

 

Si Dios es amor y es humano, el amor entre los humanos es Dios. Dios es un ser humano que ayuda a otro ser humano, dijo un pagano que era casi cristiano, Plinio. La religión del amor abarca no solo a los humanos, sino también a los animales y a la Vida en su totalidad, incluyendo la materia. Cristo llegó a decir que había que amar a los enemigos, pues desde la totalidad se superan las diferencias entre bien y mal y entre tú y yo. Coincide esta idea con la compasión budista y con todas las demás religiones. Amor, misericordia, benevolencia, compasión, son los signos distintivos de toda religión auténtica.

 

Para poder amar de esta manera hay que superar el egoísmo y desarrollar la conciencia a un nivel muy superior al de lo que se considera normal. Solo seres muy avanzados pueden amar así y perdonar a los que nos hieren y atacan. Lo normal es vengarse y odiar al prójimo.

 

Una de las más hermosas parábolas de los Evangelios es la del hijo pródigo. Dice que un padre tenía dos hijos en su rica hacienda. El menor pide su parte y se va. Estando lejos, dilapida su fortuna y tiene que pasar penurias y hasta tiene que trabajar cuidando cerdos. El primogénito, en cambio, permanece cerca del padre y trabaja cuidando y aumentando las riquezas del padre. En un momento de extrema aflicción el menor recurre al padre y le pide protección y ayuda. El padre se la da, lo recibe con una gran fiesta y lo llena de bienes. El mayor se queja y piensa que el padre es injusto con él. El padre simboliza el amor que todo lo perdona y que está por encima de la misma justicia.

 

Apliquemos todo esto a la paz en Colombia. Somos incapaces de amar y de perdonar. No hemos superado el egoísmo más elemental. No ayudamos al prójimo ni integramos al marginado. Al hijo pródigo lo rechazamos y lo condenamos al aislamiento y a la violencia. Para poder construir la paz tenemos que crecer en espiritualidad y esa es una tarea enorme y muy difícil. Mientras sigamos idolatrando el dinero y el poder no conseguiremos tener paz en nuestras vidas y en nuestra sociedad.

 

Si tuviéramos una elevada espiritualidad y una profunda religiosidad acogeríamos con amor a aquellos que, porque no pudieron hablar, recurrieron a las armas y cometieron terribles crímenes e intentaríamos integrarlos en la sociedad. También a aquellos que por combatir a los rebeldes hicieron lo mismo, tenemos que perdonarlos.

 

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Foto de Antonio da Silva Martins. Tomada de Flickr