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La pedagogía crítica: entrevista a Michael Apple

Por Miguel Ángel Maldonado
Magisterio
03/08/2018 - 11:30
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Photo by Loren Joseph on Unsplash

Revista Internacional Magisterio: ¿Cómo asume la pedagogía crítica las tensiones entre lo local y lo global en la escuela?

Michael Apple: La distinción entre lo local y lo global es falsa y peligrosa. Si yo enciendo mi computador haciendo uso de una electricidad generada por una hidroeléctrica que está fuera de mi región, esa región se hace presente en mi vida cotidiana. Hay interrelaciones que suelen pasarse por alto. A veces yo les pido a mis alumnos (futuros maestros) que miren la etiqueta de la camisa que llevan puesta y les pregunto dónde fue hecha. Casi siempre son hechas en Haití o en China o en Malasia, en general naciones empobrecidas. Les pregunto entonces cuáles creen que han sido los procesos laborales que han mediado en la fabricación de esa camisa y les pido que lean los diarios que describen las difíciles condiciones de trabajo en esos países (donde muchas veces no se recupera en la comercialización del producto ni siquiera la inversión en la materia prima), y luego les digo: ustedes traen esas personas que trabajan en esas condiciones pegadas a su cuerpo. Ese es un ejemplo de por qué debemos pensar lo global y lo local de manera conjunta y es también un ejemplo de lo que quiere lograr la pedagogía crítica: ayudarle a la gente a entender su posición en un contexto y las relaciones que lo determinan, de una manera más consciente y más crítica.

Quisiera agregar que es peligroso pensar que existe una sola forma de globalización. Hay varias formas: la globalización en Brasil no es lo mismo que en China. Las naciones cuya historia está relacionada con diversos grupos raciales, tienen diferentes formas de articularse a lo global que aquellas naciones con poblaciones racialmente homogéneas. Y aunque creo que las formas globales del neoliberalismo son asesinas, creo que debemos preguntarnos si tienen algo positivo. No soy un romántico, pero quiero dar un ejemplo: en Brasil, donde he trabajado muchísimo, a las mujeres pobres que están en zonas con altos índices de violencia contra la mujer, las activistas feministas les dan teléfonos celulares con sistemas de ubicación satelital. De esta manera esas mujeres están en permanente contacto con otras para efectos de protección solidaria (…)

R.I.M.: ¿Cómo se ve desde el modelo de la pedagogía crítica el currículo humanista?

M.A.: Esta es una pregunta difícil porque en mi país que el currículo sea humanista significa que esté centrado en los niños y que los profesores los traten como seres humanos mediante el diálogo, pero no necesariamente manejando un contenido crítico. Yo apoyo ciertos aspectos de la educación humanista, pero considero que es un modelo débil para poder manejar el asunto de las políticas en el conocimiento en términos de las relaciones de clase, género y raza. Además no está conectado de manera orgánica a los movimientos sociales y su función transformadora, lo cual es peligroso en las comunidades de la clase trabajadora. Hablemos concretamente de ello: en los modelos tradicionales de enseñanza se evalúa a los niños con base en sus puntajes en las pruebas. Pero cuando hay una educación humanista en escuelas de la clase trabajadora, hay muchas más cosas qué evaluar: se evalúa la cooperación, la habilidad para dialogar, la capacidad de hacer público lo personal… más que obtener altos puntajes, se trata de ser buenos seres humanos. Eso está muy bien… sin embargo, en una escuela con esta orientación, puede suceder que algunos niños muestren mayor resistencia a revelar aspectos de su vida personal que otros. Y esto es porque quizá para ciertos grupos dentro de la sociedad, este tipo de revelaciones entraña un peligro… Entonces, hay elementos del humanismo que son necesarios, pero es preciso tener claros los contextos y no asumir que el humanismo puede solucionar por sí mismo todos los problemas.

R.I.M.: Democracia y ciudadanía se convierten, dentro de los procesos de modernización neoliberal, en una especie de marca a la cual nos podemos afiliar. ¿Cuál es el reto de la escuela frente a la posibilidad de reivindicar el criticismo y la individualidad frente a estos dos conceptos?

M.A.: Una de las genialidades del neoliberalismo es que entiende a Gramsci de una manera muy poderosa. Gramsci nos recuerda que una manera de ejercer el poder es cambiando el sentido común de la gente. El neoliberalismo entonces toma las palabras clave que usamos para entender y evaluar nuestras instituciones, las vacía del significado que les hemos atribuido y las llena de nuevos significados dándoles a los desposeídos la idea de que se están ganando algo… Los grupos dominantes son sencillamente brillantes en esta tarea. Buena parte de la identidad de cualquier nación tiene conexión con esos términos funda mentales: ciudadanía y democracia, que más que palabras, son como diamantes con muchas facetas de las que se desprenden todos los demás vocablos.

“Democracia” es como entendemos el mundo en distintos aspectos… incluye nuestra identidad y lo que consideramos un buen actuar… es un concepto que genera ira contra aquello que le es opuesto. Cuando decimos que algo es antidemocrático, esa afirmación trae consigo toda una serie de emociones relacionadas con nuestra forma de ver el mundo, que acepta o cuestiona aquello que calificamos. La labor de los grupos hegemónicos es buscar el fondo de esa palabra clave y sustituir su significado. Tomemos como referencia el neoliberalismo en la educación: bajo el neoliberalismo la democracia dejó de tener cuerpo, peso… la gente no piensa, como criterios de lo que es democrático, en si un colegio representa su cultura o si tiene alguna conexión con su realidad local y sus valores, o si es crítico, (todo lo cual se sustenta en una noción colectiva). Es mucho más simple: sobre la base de los resultados en las pruebas estandarizadas se pone a los colegios a competir entre sí por un mercado, y la democracia se vuelve sencillamente una cuestión de consumo.

Las nociones de democracia que tienen peso, requieren de una comprensión colectiva de lo que es la ciudadanía y la participación, lo cual conlleva la valorización del grupo social. Las nociones adelgazadas que trae el neoliberalismo dicen que la participación es individual y que hace parte de las prácticas de consumo. Pero ojo… porque si hay algo que nos ha enseñado la historia es que el Estado no cambia a menos que se ejerza sobre él una presión. Esa es la misión de los movimientos sociales. Pero si el trabajo político se hace individualmente y no hay una identidad colectiva sino individual, no hay razón para que haya movimientos sociales. Es así como esta nueva definición de ciudadanía es garantía de que no va a pasar nada (…)

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R.I.M.: ¿Podría ampliar la idea del peligro que subyace al sentido común como criterio para aproximarse a las relaciones de poder que determinan lo social?
M.A.:
Esto requiere una referencia un tanto abstracta. Tengo una fuerte influencia de Antonio Gramsci y mi posición es que debemos deshacernos de las nociones que se soportan en la idea falsa de que los intelectuales entendemos el mundo de una manera a la que no accede la gente del común. En la conciencia de todo el mundo hay buen y mal juicio y el sentido común es una combinación de ambos. Buena parte del sentido común es muy conservadora. La derecha puede operar porque entiende que en el sentido común hay elementos de buen juicio puesto que la gente no es estúpida a la hora de entender sus condiciones. La derecha es capaz de conectarse con esos elementos y poner a la gente bajo su liderazgo.

El análisis, entonces, es más complejo que decir que detrás del sentido hay relaciones ocultas de poder siempre negativas, porque eso pone a la gente en el rol de títeres, lo cual es muy arrogante desde el punto de vista político.

Voy a usar lo que decía antes acerca de los cambios en la concepción de democracia para ilustrar esto: yo conozco muy poca gente a la que no le gusta la democracia. En los Estados Unidos hay mucha gente de la clase trabajadora que quiere más democracia en sus empleos, en los colegios, que entiende que nuestras instituciones, bajo un capitalismo que no es muy amigable, son verdaderamente antidemocráticas… esos son elementos de buen juicio. Pero también está el sentido común: para los que son conservadores, el capitalismo es la economía de Dios. Entonces el capitalismo utiliza esta noción para decir que es el Estado el que niega la democracia, que el problema son las élites intelectuales de las universidades, que el problema está en los maestros empleados por el Estado, lo que en Estados Unidos llamamos la élite liberal (…)

R.I.M.: Hay un fenómeno creciente en nuestras sociedades en términos de lo educativo: cada vez más, las escuelas, los currículos y el hecho mismo de la enseñanza, parecen fuera de lugar y de propósito. Las relaciones pedagógicas se tornan difíciles y frustrantes y se tiene la sensación de que es necesario redefinir la educación. ¿Cuál es el derrotero de esa nueva definición?

M.A.: Voy a usar de nuevo el ejemplo del buen juicio y el mal juicio. En Estados Unidos decimos que el problema es que el currículo es incoherente… son estupideces tras estupideces. Hemos perdido la visión de la educación, las escuelas están totalmente fuera de control, no sabemos para qué son, no hay finalidades claras y ni los profesores ni la gente en general comprende el para qué de todo esto… Estoy totalmente de acuerdo. Ahora bien, ¿qué podemos hacer una vez que hemos comprendido esto? La derecha toma esta noción y dice: lo que necesitamos son normas claras, unos estándares claros de medición de logros, tenemos que centralizar el control para garantizar el consenso y, para aumentar la coherencia, tenemos que garantizar que los profesores enseñen aquello que hemos definido como logro de la educación. Esa es una reacción y una respuesta a un problema real. Hay una respuesta que podría ser más democrática, pero que tarda más tiempo. Para lograr escuelas críticas democráticas, no se pueden tomar atajos. Se necesita que las voces que hoy están marginadas tengan lugar en el centro del escenario, se necesita que los niños tengan una voz crítica, se necesita que los profesores críticos no sean discriminados, se necesitan movimientos sociales activos en favor del cambio… eso puede tomar 10 ó 20 años, pero bajo el concepto de neoliberalismo no podemos darnos el lujo de esperar todo ese tiempo porque durante todo ese tiempo tenemos que pagar. Entonces ¿qué hacemos? Tomamos modelos empresariales orientados hacia los negocios y en los negocios se mide una sola cosa: las utilidades. Cada tres meses las grandes empresas establecen cuáles han sido sus utilidades y las utilidades a corto plazo son más rentables que las utilidades a largo plazo, así que responder a esta pregunta es muy difícil porque nos falta una prospección de lucro. La democracia crítica tiene una sola garantía: la falta de consenso. Que haya una discusión muy intensa, garantiza un currículo más reflexivo. El derrotero está por construirse desde la visión de una sociedad justa. Para responder la pregunta, hay que decir que la respuesta la construimos todos y hay buenas razones para que no haya una respuesta definitiva. Es difícil convencer al público de que no hay una respuesta definitiva para esta pregunta en un momento de crisis económica en que la derecha es brillante para ganar partidarios de sus decisiones. Es por eso que insisto en la importancia de lograr un proceso democrático en el que participen los más pobres, de manera que el currículo se conecte de forma muy poderosa a lo local y las finalidades estén sujetas a una revisión crítica. Eso es lo más próximo a una descripción del proceso que necesitamos. Pero seamos honestos: la respuesta no es fácil.

Título: Pedagogías críticas. Europa, América Latina, Norteamérica.  Autor:Miguel Ángel Maldonado García. pp:156-160.

Photo by Loren Joseph on Unsplash