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La pedagogía de la imagen ¿El cine en la escuela, sí, o no?

Por Camilo Bácares Jara
Magisterio
14/12/2017 - 09:45
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Foto de Freepik. Tomada de Free Photo

La escuela es un órgano reticente a las ideas y técnicas contemporáneas. Un monumento prístino, al que poco le gusta cambiar sus maneras pedagógicas y consignas de enseñanza. Casi siempre, le cuesta desviarse de sus mandatos primigenios, que por un lado, le ordenaron mantener a los niños alejados del mundo público al costo que fuera, y por el otro, transmitir a las nuevas generaciones los saberes acumulados por medio de la palabra oral y escrita, o por medio de lo que los entendidos nombran como la pedagogía letrada, oficializada con la invención de la imprenta de Gutenberg.

Como tal, las imágenes nunca tuvieron cabida en el proyecto inicial de la escuela. Nadie en el siglo XVII pensaba, si acaso, que sería oportuno integrar toda la plástica y el mundo pictórico europeo a las incipientes aulas. Mucho más adelante, con las revoluciones tecnológicas del siglo XX y la consolidación de la sociedad de la información, las rutinas escolares separatistas de lo audiovisual se vieron afectadas. Digamos, que la escuela, por supuesto con dificultades a bordo, empezó a recibir el lenguaje computacional y a modificar sus prácticas pedagógicas y formativas invocando los sistemas informáticos y el internet. El gran proyecto tanteado desde el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), “Una laptop por un niño”, apoyado entre otras cosas por corporaciones gigantes como Google en aras de impulsar el capitalismo creativo, o en otras palabras, el posicionamiento de manufacturas informáticas en países meramente consumidores, dio pie a un fenómeno muy interesante y urgente: a la comunión de lo audiovisual y al aprendizaje de los niños. Así, en Colombia por ejemplo a partir de la adaptación nacional del programa originado en el MIT, se sabe que al 2008, un poco más de 67.801 computadores han sido donados e instalados en los colegios públicos y que 42.718 maestros han sido formados en la informática y en su manejo y replicación entre los estudiantes.

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Como es lógico, faltará mucho por concretarse en ese campo, pero el sendero de salida ya está prácticamente abierto. Caso contrario acontece con el cine. El posicionamiento que el internet logró en una década en la escuela, en más de un siglo al séptimo arte le ha significado un braceo a contracorriente. Su relación con la pedagogía resulta propia de amores y odios. En un principio, el cinematógrafo fue aplaudido por su capacidad didáctica. Al punto que en Latinoamérica, en 1897 el Doctor Alejandro Posadas, docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, con astucia pionera enseñó a sus alumnos a través de las imágenes de dos operaciones que filmó para reproducirlas como método instructivo. Ya para mediados de los treinta, la proscripción del cine en el aula fue sentenciada por los dirigentes del mundo escolar. El temor a lo desconocido se impuso y algunas teorizaciones que hoy por hoy todavía tienen cabida señalaron que el cine tenía la capacidad de provocar desórdenes mentales y propiciar amoralidad. Recientemente, de veinte años para acá, esa tendencia empezó a modificarse. La masificación de la televisión y de sus imágenes al alcance de los niños en la ausencia de sus padres, obligó a la escuela a repensar las virtudes del cine y a integrar sus iconografías para tener la posibilidad de tutelarlas y guiarlas.

Y en esas estamos. Se puede decir que son más los avances teóricos y las banderas verdes que se agitan desde la academia que el matrimonio consumado del cine y la escuela. Hace algunos años, una encuesta aplicada a una cofradía pequeña de maestros descubrió que en Buenos Aires solamente el 1% del profesorado acudía a las películas como insumo pedagógico. ¿En Colombia cuál será el panorama? ¿La educación pública se habrá aventurado a hacer del cine una fuente de saber? ¿O será un privilegio de la educación privada bogotana? Precisamente, aparte de la ausencia de recursos técnicos, sapiencias cinéfilas y la capacidad de entender que el cine es más que una herramienta de apoyo o una forma de matar el tiempo de una clase que no se ha preparado, su lectura elitista y propia del entretenimiento comercial, es por ahora un impedimento para que el cinematógrafo tenga el lugar que se merece en el ámbito escolar. Decía, el español Antonio Muñoz Molina hace veinte años, que la desvalorización de la enseñanza de la literatura se debía a su lectura como un “fetiche de prestigio para pavonearse ante los ojos embobados de la tribu”. Algo similar ocurre con el cine; suele leérsele con un glamour que ciertamente es innecesario. El cine es un hecho más de la vida y habla de la misma; no por nada, en Inglaterra en los albores del siglo XIX a las salas de cine se les llamó bioscopio, en referencia a la ilustración gráfica de la palabra griega bios: forma de vida. Y ahí está, presta para hablarnos de la condición humana, así como para retratar fenómenos sociales, históricos, culturales, filosóficos y estéticos de las más diversas índoles, listos, para ser estudiados por los niños en compañía de un docente.

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El tiempo pasa y las palabras se las lleva el viento. Y mientras tanto a la infancia se le priva de aprender por medio del cine y en particular de vivenciar un derecho cultural. Tal vez, nunca nos hayamos detenido a pensar que son cientos de miles los niños que en la vida han estado en un cine, que no conocen la penumbra fílmica ni el halo de luz de un proyector. La escuela tiene el deber de brindar oportunidades, de enseñar a pensar y de hacer reales esos derechos culturales, pero además, tiene misionado salvar vidas. Y el cine es una herramienta perfecta para brindar la mano y señalar un horizonte mejor. No se olvide que hace varias décadas salvó al niño Martin Scorsese de la violencia y la pobreza del Litle Italy de Nueva York y al pequeño niño infractor François Truffaut lo arrancó de la calles de París y lo inmortalizó para siempre como el creador de Los 400 Golpes. 

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Foto de Freepik. Tomada de Free Photo