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La soledad del maestro

Por Gladys Milena Vargas Beltrán
Magisterio
22/04/2017 - 18:15
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Foto de EarthDayPictures. Tomada de Flickr

He conocido miles de maestros en esta hermosa labor de formarlos y acompañarlos de uno u otro modo, en el crecimiento personal, espiritual, académico y profesional de sus vidas. Esta sin duda, ha sido una dádiva grande del universo puesto que he aprendido a conocerles, escucharles y amarles en su esencia de seres humanos y profesionales.

 

Saber de sus bocas del compromiso de su labor, de su esfuerzo cada mañana por llegar a una institución, incluso después de haber caminado varios kilómetros, es sin duda parte de esta confrontación con el otro, para el otro y desde el otro que quiero resaltar como maestra. Y es que en sus ojos brillantes, en la calidez de su voz ya maltratada por el ejercicio del aula, sus manos abiertas y su postura un tanto insegura a veces, se deja entrever un poco el alma.

 

+Lea: El oficio del maestro ¿profesión o vocación?

 

El maestro, a pesar de estar rodeado de muchas personas cada día, es un ser solitario. Su soledad se expresa en el olvido de un estado que se ha olvidado del oprimido, del que ha dominado; de aquel que recibe unos pocos pesos al mes cuando su loable labor de formar futuros ciudadanos, debería estar valorada mucho más en proporción a su entrega cotidiana.

 

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El maestro está solo, esa soledad grita en medio de salones cuya infraestructura se cae a pedazos y se ahoga entre los pupitres viejos y destornillados que soportan los cuerpos pequeños de seres ansiosos por aprender. La soledad del maestro se manifiesta en la rabia de la impotencia y la incomprensión de un padre, que acumula su dolor en la figura de quien día a día pretende educar a sus hijos. Esta soledad cruel y sempiterna se exhibe en la sordera de la falta de comunicación con los pares y en la mudez de la competitividad y la avaricia.

 

La soledad del maestro aumenta con la falta de oportunidades, con el miedo que le grita: ¡no avances más, no podrás conseguir más! Se yergue con la escasa formación recibida y el disfraz con el que se cubre la ignorancia. Se nutre con la falta de amor propio y la inseguridad que brinda el dominio del poder radical de un mundo en el que el dinero es rey y señor. Se tiñe con la derrota al ver que sus estudiantes no consiguen los anhelados resultados.

 

+Conozca el libro La formación de maestros y su impacto social

 

La soledad del maestro es una condena en la que la ley se confunde con la injusticia, en la que el silencio a veces es mejor al apoyo, en la que la gloria es de otros y en la que la educación libertadora es tan sólo utopía y nada más. 

 

Esa soledad le lleva a aislarse de sí mismo, incluso a pesar de su afán por rescatarse y volverse a reconocer. Le lleva a la deslealtad propia y a la traición de sus sueños iniciales, lo conduce a la castración de la mente creadora.

 

Esta soledad podría ser expresada desde los términos de Freire (2005) como esa condición de los maestros que “quieren ser, mas temen ser. […] Su lucha se da entre ser ellos mismos o ser duales. Entre expulsar o no al opresor desde dentro de sí. Entre desalienarse o mantenerse alienados […] entre decir la palabra o no tener voz, castrados en su poder de crear y recrear, en su poder de transformar al mundo”.

 

Quizá hablar de la soledad del maestro no sea un ejercicio que sea aceptado por las maquinarias, de pronto es contraproducente al cambio frente al peligro que representa la verdad para los seres humanos, o tal vez sea un dispositivo que prenda la chispa inicial de una transformación como sociedad, pues el maestro necesita sentirse acompañado, no aislado, sentirse libre no atado, sentirse capaz no oprimido, el maestro merece sentir que por fin esa soledad molesta huyó y tiene con quien compartir su experiencia sin temor a fracasar, merece saber que no está solo, que puede trabajar con otros y alcanzar ese sueño que un día construyó al empezar su labor formadora.

 

Referencias

Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI.

 

Foto de EarthDayPictures. Tomada de Flickr