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Las familias actuales

Por Julián De Zubiría Samper
Magisterio
19/08/2015 - 09:30
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Foto de IEV. Tomada de Flickr

 

“Vuestros hijos no son vuestros hijos, son los hijos y las hijas que la vida tuvo de sí misma. Y podéis dar albergue a sus cuerpos, más no a sus almas, ya que sus almas moran en la casa del mañana, que ni aun en sueños os es dado visitar. Y podéis intentar ser como ellos, mas nunca intentéis que sean como vosotros, porque la vida no marcha hacia atrás ni se detuvo en el ayer”

(Jalil Gibran).

El presente ensayo analiza las profundas transformaciones vividas por las familias en las últimas décadas y las implicaciones que ello ha traído en los estilos de autoridad en el hogar. Frente a unas familias que tienden crecientemente a flexibilizarse y diversificarse, el autor argumenta cómo esto creó las condiciones para la aparición de nuevos estilos de autoridad en el hogar, como el ambivalente, el permisivo y el abandónico; estilos que coexisten con el autoritario, el cual triste y desgraciadamente, sigue siendo dominante en los estratos más bajos de la población. Frente a estos estilos, el autor reivindica la necesidad de construir familias más democráticas en las que se dialogue y se participe más, pero en las cuales la autoridad siga centrada en los progenitores. Sus reflexiones son producto tanto de la dirección que ha ejercido durante más de dos décadas frente a la innovación pedagógica del Instituto Alberto Merani, como de la realización de diversas investigaciones sobre el tema.

 

Las familias autoritarias

Durante la mayor parte de la historia, el estilo de autoridad en el hogar ha sido identificado como autoritario. De esta manera –y como tendencia general–, el padre decidió las normas familiares y evaluó y controló el acatamiento irrestricto a ellas por parte de sus hijos. Determinó casi completamente el norte de la vida familiar, las actividades a las que se dedicarían los hijos, las amistades que les convenían y las que no, sus profesiones y hasta las parejas con quienes compartirían la vida. 

 

+Lea: Los nuevos desafíos para la familia y la educación

 

Este tipo de padre privilegia la norma, la disciplina y el rigor en la formación del hijo. La disciplina se torna como una macro-prioridad. Es objeto de una preocupación casi obsesiva, pero entendiendo la disciplina como obediencia, acatamiento y sumisión, como cumplimiento de reglas. Por ello, el padre asume con frecuencia posturas arbitrarias. Lo importante es seguir manteniendo la autoridad en el hogar.

 

La personalidad del padre autoritario suele corresponder a uno de dos extremos: o es muy fuerte, arrollador y “sobre seguro”, o en un extremo opuesto, es profundamente débil y carece de estatus social. En el primer caso, el autoritarismo aparece como extensión de la sobre seguridad del padre; como proyección de una personalidad impositiva. En el segundo, el autoritarismo, en este caso, actúa como mecanismo de reafirmación de un “yo” debilitado. Por ello, pese a lo paradójico que resulta, un tipo de autoritarismo es el ejercido por quien presenta muy poco estatus social a nivel laboral y social. El autoritarismo, en este caso, actúa como mecanismo compensatorio de reafirmación del “yo”. 

 

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Una de las condiciones del autoritarismo es que esté soportado sobre una valoración extrínseca (Ausubel y Sullivan, 1982, tomo 2). Este tipo de relación filial se presenta cuando el padre o la madre valoran al hijo exclusivamente según los resultados que obtenga, e independientemente de la filiación con sus progenitores. El niño, en este contexto, solo es valorado por lo que hace. Por lo general, este tipo de valoración está culturalmente asociada al padre y la recibimos de casi todos los seres humanos con los que interactuamos y en casi todos los momentos y situaciones humanas, con la notable excepción del vínculo materno, y uno que otro amigo, en uno que otro momento de la vida.

 

No es fácil hablar de los impactos del autoritarismo, en especial porque sus efectos son profundamente variados dependiendo de la personalidad del padre y de la del hijo, y del papel de la madre y los hermanos en estas interrelaciones y tejidos sociales. Así mismo, dependerán sus efectos del contexto social y cultural en el que se desenvuelvan las relaciones filiales señaladas. 

 

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De todas maneras, lo más probable es que la ausencia de satelización en la relación entre hijo y padre genere múltiples efectos negativos para el desarrollo de la personalidad del niño maltratado. El miedo, la dificultad en la interacción y la expresión, el deterioro del autoconcepto y el debilitamiento general de la personalidad son, por lo pronto, los efectos más visibles y más probables generados por un padre –o madre– excesivamente autoritarios2. De allí que Kafka inicie su Carta al Padre refiriéndose a esto. No hace mucho me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestarte; en parte, precisamente, por el miedo que te tengo… (Kafka).

 

Por lo general, el autoritarismo forma personalidades débiles, temerosas, hurañas e inseguras; niños que debilitan hasta el límite su autoconcepto y que tienden a bloquear la comunicación e interacción con sus semejantes, y en especial, con los adultos, dado que, como mecanismo de transferencia, proyectan ante él la imagen gigantesca y todopoderosa del padre que mira, controla, supervisa y castiga, a toda hora y por cualquier motivo. Resulta, entonces, común que un niño maltratado por los padres tienda a volverse aislado, huraño, inhábil, torpe, amargado y temeroso socialmente. 

 

Por muy paradójico que parezca, en ciertos y especiales casos, la agresión y el maltrato pueden generar el efecto contrario. El agredido, se convierte así en agresor, el maltratado en maltratante y el humillado, en humillante. El niño, pasa de agredido a agresor.

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Este modelo autoritario ha venido entrando en crisis en el mundo entero desde los años sesenta, en especial por las implicaciones de la revolución del hipismo en la familia y por la profunda transformación que la sociedad en general y de la familia en particular, vividas en las últimas cuatro décadas (De Zubiría, 2005).

 

La familia que todos conocimos hasta hace poco tiempo fue sensiblemente transformada y diversificada en las últimas décadas. La familia nuclear, constituida por el padre, la madre y los hijos, y que articulaba en torno suyo a una extensa gama de primos, tíos y abuelos, hoy solo constituye una de las tantas posibilidades de organización familiar humana.

 

La vinculación de la mujer al trabajo, la píldora y la revolución sexual de los sesenta, la liberación femenina que le siguió, la relativa generalización de los jardines escolares, la invasión del hogar por televisores, computadores y celulares, comida “chatarra”, electrodomésticos y la creciente aceptación de la diversidad sexual, son, entre otros, factores esenciales que le asestaron un duro golpe a la familia patriarcal vigente en los últimos siglos.

 

La familia se diversificó. La organización social dio paso a hijos que viven sin padres, grupos de jóvenes o de ancianos que comparten techo, fogón y comunicación; hogares de homosexuales, convivencia de padres sin hijos, con hijos de otros matrimonios o, incluso, matrimonios sin convivencia (los denominados “solos” en Francia). Aparecen así nuevos y múltiples grupos de convivencia y unión, matrimonios de “prueba”, “arrejuntamientos”, muy frecuentes separaciones, reorganizaciones matrimoniales, vida familiar sin presencia de los dos padres o con uno de ellos conviviendo en una nueva relación.

 

Todo ello condujo a una profunda y generalizada transformación y diversificación de la estructura familiar, hasta hace poco tiempo una de las instituciones sociales más conservadoras, monolíticas y tradicionales.

Fruto de estas transformaciones, se han ido generalizando diversos estilos de autoridad en el hogar, entre los cuales sobresalen dos: las familias abandónicas y las permisivas, las cuales conviven con las familias autoritarias, que siguen resistiéndose a morir. Y, propio de un periodo de transición y de profunda expansión de las familias superpuestas, aparecen las familias de estilos ambivalentes, bastante frecuentes en el periodo social actual.

 

Las familias abandónicas

En las familias abandónicas la presencia de los padres en el hogar es muy baja y la comunicación muy tenue; son padres que creen vivir una época en la que, la excepción del trabajo, no queda tiempo para casi nada, ni siquiera para hablar con sus hijos. Padres “trabajo-adictos”, cuyas vidas giran exclusivamente en torno a sus obligaciones laborales. En consecuencia, no conocen ni los intereses, ni las aptitudes, ni los talentos, ni las angustias de las nuevas generaciones y, debido a ello, las mismas no pueden ser promovidas ni orientadas por sus propios progenitores. Son familias que dialogan muy poco, en las que los padres no asumen el rol de mediadores de la cultura; y debido a ello, la comprensión de los hijos es muy baja, así como la seguridad generada por los progenitores. Con frecuencia, las nuevas familias conforman estructuras en las que la autoridad está diseminada en diversos miembros del hogar y donde las normas y los límites varían profundamente dependiendo de quien esté ejerciendo la autoridad en ese momento; con ello se convierten en familias ambivalentes, cuya autoridad es poco clara, poco firme y tiende a oscilar desde posturas autoritarias hasta permisivas, dependiendo de las circunstancias y el contexto.

 

De otro lado, los padres abandónicos tienden a generar otro tipo de distorsiones en el desarrollo emocional del niño, en mayor medida, en tanto peor sea manejado el proceso de abandono, como suele suceder –cada vez con mayor frecuencia– en la mayor parte de las familias disueltas. El abandono representa una pérdida de afecto y seguridad y suele estar acompañado de altos niveles de ambivalencia en el manejo de la autoridad familiar, lo que se genera para compensar la ausencia parcial o total de un progenitor y que representa, para el niño en formación, patrones poco claros a nivel moral, valorativo y ético. Sus efectos, como es lógico, se agravan ante la manipulación que uno de los dos miembros de la antigua pareja quiera dar a la situación.

 

La desintegración familiar, la televisión, la llamada “comida chatarra” y la vinculación de la mujer al trabajo, han disminuido sensiblemente los tiempos de comunicación en el hogar. En Estados Unidos y Europa las familias con hijos han decrecido y hace unos pocos años se estimaba que el padre tan solo compartía unos ¡40 segundos al día con su hijo en la adolescencia! En América Latina, se estima que a esa edad los tiempos de comunicación se acercan a los 5 minutos diarios con el padre. Por el contrario, ha habido una profunda invasión del televisor y el computador en el hogar, al tiempo que se estima que los adolescentes de los EEUU pasan en promedio 44 horas semanales frente a la “cajita mágica” (El Tiempo, mayo de 2005). Cuarenta y cuatro horas frente a un televisor y menos de cinco minutos de comunicación con el propio padre. ¡Esa es la época y la cultura en la que nos correspondió vivir!

 

Las familias permisivas

El segundo tipo de familias que se ha extendido entre los estratos medios y altos de la sociedad, lo constituyen las familias permisivas. En ellas, el hijo adquiere plena potestad para hablar, opinar, juzgar, actuar y decidir, en todo momento, lugar y circunstancia, diluyendo así, completamente, los límites y la autoridad en el hogar.

 

El padre permisivo considera que debe buscar siempre y en todo lugar la felicidad de su hijo. En estas condiciones, el niño toma las decisiones e impone su voluntad en el hogar.

 

El adulto queda subordinado a los intereses del niño, produciéndose una verdadera “revolución copernicana” que invierte los roles, hasta hace poco tiempo relativamente claros y definidos. El niño se torna en el “pequeño tirano” que muerde, maltrata, insulta, humilla, exige e impone su voluntad, ante la mirada pasiva de los adultos. Se carece así de límites y responsabilidades para la convivencia. El niño llora y patalea cuando no se acata su voluntad. Sabe lo difícil que es para el adulto soportar la mirada castigadora del público que percibe la escena; y por ello, el niño prefiere siempre realizar el escándalo ante la presencia de la mayor parte de personas posibles.

 

La autoridad la ejerce el niño, y los padres aparecen ante él como “subordinados”. Se invierten los roles y ahora el autoritario es el niño. Surge la llamada generación de los padres sumisos. 

 

En las familias permisivas predomina la valoración intrínseca y el niño es amado independientemente de los resultados, el esfuerzo, la persistencia, la responsabilidad o la dedicación. El niño es amado incondicionalmente por sus progenitores, quienes lo liberan totalmente de sus mínimas responsabilidades. No hay límites ni normas.

 

En consecuencia, la permisividad forma individuos con bajo nivel de responsabilidad y baja necesidad de logro. En el nivel escolar se convierten en estudiantes con bajo desempeño escolar, que no sienten la necesidad de respetar la palabra del compañero, ni de acatar las normas, ni de cumplir con sus obligaciones y tareas. Son niños con muy poca o nula autoexigencia, disciplina y persistencia.

 

Para terminar

En síntesis, el principal riesgo en las épocas de cambio consiste en pasar de uno al otro extremo. Ante ello, la mejor opción sigue siendo la de una estructura familiar democrática.

 

Una característica esencial de las familias democráticas es el tiempo destinado a la comunicación en el hogar. Son familias que amplían la frecuencia y la calidad de la comunicación con los hijos. La calidad proviene de la trascendencia de los temas que se abordan. La frecuencia, de contar con espacios, tiempos y ambientes necesarios para permitir la comunicación entre los diversos miembros de la familia. Son familias en las que se dicen y expresan las ideas y los sentimientos. Se recurre al diálogo y la ética y no a la imposición y la norma.

 

La segunda característica es la de la participación. Esto significa que cuando hablan, hablan todos. La comunicación se da en diversos sentidos y lugares. Los hijos se sienten escuchados, consultados y valorados, pero también ellos saben que la autoridad del hogar y que las decisiones, no las tomarán, aunque serán consultados para ello. Son familias que con frecuencia se congregan a conversar, cantar, bailar, viajar o jugar. Conviven como grupo. Discuten y argumentan sus posturas. Una adecuada participación se presenta cuando el ambiente y el clima del hogar la favorecen y la promueven.

 

La tercera característica es que las decisiones son tomadas por los adultos. El adulto oye al niño, pero nunca abandona su rol. Los padres no se relacionan como “amigos” de los hijos, pero siempre los oyen y respetan. Los padres son el centro de la autoridad y las decisiones, pero estas son tomadas de manera dialogada, argumentada y reflexiva. El poder está sustentado en la racionalidad, la argumentación y la reflexión, y no en la arbitrariedad. Hay ocasiones en las que los padres hablan más duro o más firme, pero siempre de manera argumentada y respetuosa. No se acepta por parte de ninguno de los miembros de la familia la arbitrariedad, pero tampoco la irresponsabilidad.

 

La cuarta, y última característica, tiene que ver con el respeto mutuo y general entre todos los miembros del hogar. En las familias autoritarias, el padre violenta al hijo, y en las permisivas, los padres son violentados por los hijos. Por oposición, en las estructuras democráticas, padres e hijos diferencian sus roles y se respetan mutuamente. 

 

En síntesis, si queremos construir familias más democráticas, debemos elevar el nivel de comunicación en el hogar, crear condiciones para ampliar la participación, aceptar y respetar la diferencias, manteniendo las decisiones en cabeza de los progenitores.

 

Como debería ser más claro –y todavía desafortunadamente no lo es–, la democracia sigue siendo la mejor condición para el desarrollo de los países y de los individuos.

 

Bibliografía

Ausubel, D., y Sullivan, E. (1983). El Desarrollo Infantil. Vol. III, Buenos Aires: 

De Zubiría, J (2006). Las competencias argumentativas. Segunda edición ampliada. Bogotá: Cooperativa Editorial del Magisterio. 

Gutiérrez, V. y otros (1997). La familia en la perspectiva del año 2000. Bogotá: Cooperativa Editorial del Magisterio.

Jiménez, B. (2005). El poder y los conflictos en familias con adolescentes. Una propuesta para pensar las relaciones intergeneracionales. Ponencia presentada en el Seminario Internacional Familias: Cambios y Estrategias. Octubre de 2005. Bogotá: Universidad Nacional. 

Kafka, F. (1919, edición 1978). Carta al Padre. Bogotá: Panamericana.

Puyana, Y. (2003). Padres y madres en cinco ciudades colombianas. Bogotá: coedición de las Universidades Nacional, Autónoma, del Valle, de Cartagena y de Antioquia.

Ramírez, M. y Ramírez, G. (2005). Familias y dinámicas urbanas contemporáneas: La localidad de Teusaquillo. Ponencia presentada en el Seminario Internacional Familias: Cambios y Estrategias. Octubre de 2005. Bogotá: Universidad Nacional. 

Sieglin, V. (2005). Tensiones de las familias mexicanas y estrategias de intervención. Ponencia presentada en el Seminario Internacional Familias: Cambios y Estrategias. Octubre de 2005. Bogotá: Universidad Nacional.

 

El autor

E Miembro fundador de la innovación pedagógica del Instituto Alberto Merani, en la cual se ha desempeñado como director durante las últimas dos décadas. Líder del Movimiento Pedagógico y Social por una Educación de Calidad.

 

Foto de IEV. Tomada de Flickr