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Las grandes autobiografías de infancia y el saber la infancia

Por Daniel Hernández Rodríguez
Magisterio
28/01/2019 - 11:15
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By Freepik

Saber la infancia es cosa de niños. Los adultos solemos saber sobre… Incluso cuando forma parte de nuestras preocupaciones, buscamos saber sobre esta población (la niñez), sobre estos sujetos (los niños) o sobre sus especificidades culturales (la infancia). Casi todos los adultos tenemos la propia infancia en el olvido. A despecho de G. Deleuze quien dice que “Nadie digno de alguna cosa se interesa por su infancia”  diré que solo unos pocos privilegiados se dedican, entre otras cosas, a recordar su infancia, y tal vez ellos, con la ayuda cotidiana de los niños, cultiven un cierto saber la infancia. 

Debía tener yo unos 18 años cuando nos reunimos tres hermanos en son festivo y levemente entonados nos dio por recordar cómo éramos de niños. No había pasado un minuto cuando comenzaron a aflorar imágenes maravillosas y nos soltamos a reír, cada vez más, hasta no poder casi articular las palabras cómplices que evocaban nuestras picardías de unos contra otros o los sucesos familiares asombrosos, pero que en ese momento llegaban llenos de gracia y se vestían con las palabras justas de una inusitada inteligencia humorística. Nos retorcíamos en el suelo sin aliento en un ataque colectivo que duró más de una hora. Después hubo un hermoso silencio, como de vacío, estábamos agotados. Fue un momento de dulce hermandad. Y eso que, entre una cosa y otra, acabábamos de hacernos confesiones de mutuas maldades. Es extraño, pero el hecho nunca más se ha repetido.

Mis pasados trabajos como maestro de niños y ahora como docente de pedagogía infantil me han llevado a estudiar y a participar en investigaciones sobre la infancia y los niños. Algo he aprendido sobre ellos bebiendo en las fuentes de las teorías y las investigaciones, en cambio he saboreado con emoción hasta el más breve relato auténtico de infancia, y eso que muchos son amargos y dolorosos. Son distintos, el saber sobre algo con lo que se aclara o se entiende en su condición de “objeto externo”, y el saber algo, que puede disfrutarse o sufrirse como parte del propio sujeto. 

Es posible que esté difundido en un doble fetichismo, no solo por la idea auspiciada por los medios de que ciertas mercancías forman parte de nosotros, sino también por la creencia de que los otros son por completo externos a nosotros. Mejor dicho, que sin ciertas cosas estamos incompletos y que no necesitamos de los otros para estar completos. 
 
Hoy se han multiplicado las fuentes de los saberes sobre la infancia. La primera fuente son los niños mismos de plurales sexos y edades, con sus peculiaridades genéticas y físicas, singulares en su carácter y experiencia, interactuando en situaciones familiares, sociales, escolares o de otra índole, e inmersos en variados contextos culturales. Con ellos se puede obtener de primera mano saberes de experiencia, pero “lo novedoso” es el reconocimiento de que son informantes. No solo los observamos o exploramos, estamos aprendiendo a escucharlos.

+Descargue: El cuidado en la primera infancia. Descargue el primer capítulo del libro

Otra fuente, son las armazones teóricas que circunscriben y potencian las lecturas de los individuos y las poblaciones: la historia, las historias y los estudios culturales descubriendo cambios a través del tiempo en las representaciones y prácticas socioculturales con los niños y, en mutuas recurrencias, están las fuentes literarias, artísticas, periodísticas, arquitectónicas, técnicas… y la indispensable memoria de los vivos. Una fuente más, son los discursos científicos, filosóficos, jurídicos, religiosos, políticos y las experiencias, reflexiones e investigaciones educativas y pedagógicas.

Las fuentes elaboradas de saberes sobre los niños y la infancia, consciente o inconscientemente poseen alguna tendencia. Por ejemplo, los trabajos científicos tienden hacia el positivismo o hacia las teorías críticas y hermenéuticas. No obstante, hoy los hallazgos en cualquier campo son inmediatamente leídos e incorporados por diversas comunidades científicas, como ocurrió recientemente con la exhumación de Selam, una “niña” afarensis de 3 años de edad y de 3.3 millones de años de antigüedad, en Etiopía, cuyo esqueleto casi completo reanudó debates sobre el bipedismo de nuestros antepasados. En medio de la polémica, una investigadora estadounidense formuló su hipótesis sobre una forma de maternidad novedosa entre estos homínidos, pues la constatación del pie no prensil obligaba a la madre a cargar la cría en sus brazos; esta mayor interdependencia debió cambiar en algo, también, el comportamiento del grupo en relación con las madres. Por este comentario y sus implicaciones culturales, la revista National Geographic tituló la noticia como El origen de la infancia.

Con las grandes autobiografías de infancia nos acercamos a un diferente y “nuevo” saber-la-infancia. La autobiografía de infancia comparte con la fuente profunda del psicoanálisis algunos rasgos fundamentales. Juntos encuentran su saber en la palabra del sujeto que dice la propia experiencia, que a veces conserva la emoción y rescata el sentido o el misterio en el encuentro con lo ya vivido. 

En el fondo de esta fuente verbal, referida al sujeto individual, ya el psicoanálisis halló semejanzas con el mito, sin embargo, la autobiografía tiende a conformarse más como una “epopeya personal”. El mito y la epopeya conservan la imagen, la transportan en el tiempo, orientan la mirada a la profundidad de lo antiguo, de los antepasados, revistiéndola con nuevos colores, con nuevas palabras, en una frescura y podríamos decir en una juventud que no pasa. Así en la Iliada de Homero y en la Eneida de Virgilio, así en Tristán e Isolda de J. Bedier, así en la fresca palabra Quiché del Popol Vuh y en nuestro hermoso y misterioso Yuruparí.

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Sabemos que el psicoanálisis transcurre como el mito en la oralidad, pero a diferencia del mito, la palabra de la boca (ello) se comporta como una especie de “escritura maltrecha”, (más aún como “síntoma”) que debe ser leída e interpretada, de ahí la recurrencia al análisis. Por el contrario, la autobiografía se escribe personalmente, pertenece a la lengua escrita y a sus posibilidades de producción. 

La autobiografía de infancia se incorpora como viaje por el tiempo rescatando la historia del autor, es como una epopeya, pero está referida al sujeto individual. A veces se incorpora como un “estudio cultural” de época, como en Estambul de O. Pamuk o en Fuera de lugar de E. Said, pero el mundo colectivo es iluminado por el mundo de la persona, se representa en él, en sus inéditas experiencias infantiles. 

En la autobiografía de infancia las cosas mágicas pueden ocurrir (como en la epopeya) y son verdad. En La infancia de un mago, H. Hesse ve y siente la complicidad de un “verdadero” duende, y también experimenta ciertos poderes mentales.

El caso de E. Said es dramático en relación precisamente con la identidad, puesto que el mismo nombre de su autobiografía denuncia su dramática falta. Fuera de lugar es la desaparición territorial de la nación palestina, el pueblo de Said, simultáneamente con el desenvolvimiento de su infancia. La experiencia infantil como extranjero surge en la mente del hombre próximo a morir. Con un cáncer terminal Said ha vuelto a la casa de su infancia palestina en Jerusalén, y pese a ser docente de las más prestigiosas universidades del mundo como uno de los más reconocidos teóricos de la cultura y co-gestor del Diván de Oriente (la orquesta sinfónica de judíos y palestinos dirigida por Barenboin en busca de la paz), allí no es más que un forastero palestino en Israel, que despierta recelo. El libro, pues, está entretejido entre estas experiencias.

Por su parte, en Estambul, Pamuk muestra la ciudad como puente histórico entre Oriente y Occidente, a través de los cambios en la vida cotidiana y desde las experiencias del niño. El lector es llevado en un alucinante viaje histórico por la ciudad, que va esbozándose imperceptiblemente, desde el principio, con delicadas líneas que se tienden por ejemplo entre dos casas distantes unidas por el “mito infantil” del gemelo idéntico desconocido, lo que actúa con un poder generativo que hace nacer y desenvolverse la ciudad en la experiencia infantil.

Walter Benjamin  es otro grande de la ciudad en la experiencia infantil, reconstruida a través de su autobiografía Infancia en Berlín hacia el mil novecientos. Uno puede encontrar todos los grandes temas de su filosofía y de su creación en este sutil y enigmático recorrido infantil. La curiosidad por los objetos como el pupitre o el teléfono; Galerías, que se desarrollará en una enorme obra póstuma, por supuesto calles, el tiovivo, plazas, esquinas… los lugares de la casa y el espíritu del niño cazador, coleccionista, que se esconde…

+Conozca el libro El cuidado de la primera infancia. Elementos psicoeducativos para su evaluación

En Colombia ya en 1969 se publicó Memorias infantiles 1916-1924, de Eduardo Caballero Calderón, con un lenguaje que me hizo recordar las historias de mi padre, su coetáneo, puesto que como él, contaban lo que pasó antes pero también lo que estaba pasando en ese tiempo que me precedió y luego me ha acompañado. A esos niños, Eduardo y mi padre, les toco oír, como niños pequeños, las historias de nuestra penosa pérdida de Panamá y de la primera guerra mundial, con las apuestas y las críticas políticas y militares, con las xenofobias y racismos, mientras se hablaba de los vecinos, de la familia tal y de fulano que hizo esto y aquello ya por el año tal en cual lugar, que es donde se dan las naranjas más dulces del mundo… Pero nos muestra la vida del barrio La Candelaria y las fincas donde se pasaban las vacaciones y las lagunas que fueron famosas tiempo atrás. Es un libro importante que nos conduce por la mirada y la escucha infantiles a una de nuestras fuentes cercanas de auto-reconocimiento. Y tal vez aquí tendríamos que situar al otro grande de nuestras autobiografías, El olvido que seremos de H. Abad Faciolince, que constituye una actualización de nuestra infancia y de nuestra vida social y política tamizada por la experiencia infantil, siempre singular y nunca vana. 
 
Cuando la autobiografía ambiciona adentrarse en las penumbras de la infancia, lo que a veces requiere una verdadera fantasmática, se asemeja al psicoanálisis, haciendo la salvedad de que en la autobiografía la historia la cuenta el yo, aunque no hable en primera persona, como en El primer hombre de A. Camus. La investigación del yo no necesita verificar siempre en la introspección los materiales de la historia, así que puede completar la historia, e incluso hacerla comprensible, con memorias ajenas y datos de archivo. 

El primer hombre de Camus es una obra potente que comienza con la búsqueda del padre, muerto en la primera guerra mundial, durante su primer año de vida. La pesquisa deriva en el hallazgo del niño por quien el ya premio nobel de literatura apenas si se había preocupado: un francés que nace y crece en Argelia en una familia anclada en la pobreza, sin padre y con una madre sumida en el silencio de su sordera, trabajando en casas ajenas e inhibida para expresar su misteriosa dulzura, él y su hermano bajo la férula de una abuela rústica y autoritaria. Y sin embargo, qué vida, qué vivencias infantiles, con qué dignidad y respeto aparecen el maestro y la educación, cómo se entretejen las experiencias de Camus y sus compañeros con la naturaleza, con la sociedad, con la cultura, es decir, con la guerra, con la vida cotidiana, con las instituciones. 

Una vez el niño inicia su posesión del habla, en adelante, las experiencias con el mundo van acompañadas sin cesar de las palabras, escuchadas, dichas a otros o dichas interiormente. José Mauro Vasconcelos  comienza el relato de su infancia, recordando la felicidad de las canciones que la mamá cantaba cuando él era muy pequeñito, escribe: “como yo no podía cantar por fuera, comencé a cantar por dentro. Era raro, pero luego era lindo”. El relato se vuelve dramático a partir de la forma supersticiosa como sus familiares, en ese pueblecito de la amazonia brasilera, interpretan el descubrimiento de la lengua escrita por el niño sin haber pasado por la escuela. 

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Las palabras de las autobiografías de infancia poseen lo que no alcanza ninguna biografía, esto es, ecos, ventanas, envolturas de las vivencias infantiles: traen cuadros de lugares, de edificaciones, de objetos, retratos de personajes, escenas, actuaciones, sonidos, melodías, sentimientos, sensaciones, emociones que acercan al lector a la intimidad infantil de estos autores. Y todo ello desplegando lo más feliz, lo más doloroso, lo maravilloso, lo terrible, las certezas salvadoras, las amargas incertidumbres, los descubrimientos.

A modo de ejemplo quiero traer al menos un fragmento significativo de una brillante y maravillosa autobiografía de infancia La lengua absuelta de Elías Canetti : 
… (tenía cuatro años cuando) vi por primera vez una casa ardiendo. Ya se había quemado mucho, las vigas se derrumbaban y saltaban chispazos. Atardecía, paulatinamente iba oscureciendo y el fuego resplandecía cada vez más. Pero lo que más me impresionaba no era la casa ardiendo sino las personas que se movían a su alrededor. Desde aquella distancia se las veía pequeñas y negras, eran muchísimas y corrían atropelladamente. Algunas permanecían en las cercanías de la casa, otras se alejeban, cargando todas algo en la espalda. ´¡Ladrones!´, decían las muchachas... Las figuritas negras eran infatigables, se movían completamente encorvadas en todas direcciones... Este espectáculo que se me quedó grabado, indeleble, lo volví a encontrar después en la obra de un pintor, de forma que nunca más pude distinguir la imagen original de la de las pinturas. Tenía diecinueve años cuando en Viena contemple los cuadros de Brueghuel . En el acto reconocí los innumerables y pequeños personajes de aquel fuego de mi infancia .

El pequeño comentario final de Canetti también resulta de interés aquí:

Brueghuel se me convirtió en el pintor más importante, pero no llegué a él, como más tarde a muchos otros, por la contemplación o la reflexión. Lo hallé en mí . 

He aquí el mundo de la infancia y el mundo de la pintura en “una sola” vivencia, y el propio Canetti agrega: 

Como si en medio no hubiera habido un paréntesis de quince años.

Como cierre de esta pequeña introducción a la inmensa fuente de las grandes autobiografías de infancia retomo fragmentos de anteriores reflexiones mías: El vivir la infancia acontece en las vivencias infantiles y en sus elaboraciones por el niño. Muchas de estas vivencias son originarias en dos sentidos, ocurren por primera vez sin referentes de experiencia (como sin duda nos seguirán ocurriendo a lo largo de la vida), pero, además, son originarias en otro sentido: son vivencias del nacimiento del mundo, que en este caso está implicado en el paulatino nacimiento mismo del sujeto, de la singularidad, de la persona o como quiera llamársele. Este es el acontecer de la infancia y constituye la poética infantil. Por eso, los grandes escritos autobiográficos de la infancia son verdaderas epopeyas del sujeto.

+Conozca el libro Las infancias en el nuevo milenio. Retos educativos

Aquí, es necesario reconocer deudas con el psicoanálisis freudiano, pero también necesarios distanciamientos. Para la autobiografía, como para la introspección psicoanalítica, la palabra es el medio fundamental de creación del recuerdo, sus mutuas resistencias labran los caminos que conducen al reconocimiento del sujeto. La palabra en su historia de “representación” constituye el puente al inconsciente, a los olvidos. 

Pero el psicoanálisis posee un mapa que la autobiografía poética desconoce. Incluso este desconocimiento se hace a propósito, como en Las Palabras de Jean Paul Sartre, quien al no conocer a su padre, sentirse poseedor sin resistencias de su joven madre y recibir de su abuelo su maravillamiento a cambio de la autoridad, se zafa de la introspección analítica declarando que carece de “complejo de Edipo” y procediendo, “libre” del psicoanálisis, con su autobiografía. En su lugar habría intentado reflexionar sobre las diferencias entre la autobiografía y la terapia psicoanalítica, pero el material autobiográfico disponible en su tiempo no había experimentado el boom que hoy presenciamos. Estaba, sin embargo, la insuperable obra de Marcel Proust, En busca del tiempo perdido, ante cuya grandeza, si no tenemos tiempo ni espacio, es mejor decir simplemente que es imposible no leerla, si buscamos el saber de infancia en las grandes autobiografías.

Para esta poética los eventos son acontecimientos. No valen porque puedan ayudar a explicar estructuralmente una personalidad. Tienen valor en sí mismos. Su jerarquía es la que ostentan en el relato. Son, por ello, más cercanos a la novela. No construyen explicaciones ni resultan significativos con respecto a una teoría que los sobrepasa. Valen como sentido de la vida e iluminan claves de la cotidianidad, por eso son auténtica poética. En su busqueda de verdades mínimas, limítrofes de la piel hacia adentro y hacia fuera, resultan asombrosas crónicas y denuncias despiadadas con un poder de penetración hasta hoy no calibrado.

Una de las sorpresas, en mi lectura de autobiografías de infancia, fue el hallazgo del inesperado y siempre diferente nacimiento de la ética, o de la conciencia de una moralidad personal. Hay buenas razones allí para releer a Rousseau a partir de cierto carácter de la infancia. Pero lo realmente sorprendente, es que la plenitud de estos sinceros escritos no es moral, sino poética. Esta poética se vuelve tan natural en la lectura que transitamos por ella como atravesamos el aire. Como ella está omnipresente se hace no evidente.

Aunque la crítica cultural y la denuncia aparecen por doquier, vale la pena aventar a la escuela, especialmente aquella que ha fundado cierto prestigio amparado en silencios. Por ejemplo, en las infancias de Rudiard Kipling , Algo sobre mí mismo o de Roald Dahl , Boy, y entre nosotros, en el breve pero contundente escrito Llora et labora de Álvaro Restrepo , bailarín y director del Colegio del cuerpo de Cartagena de Indias, se recuerdan en el cuerpo y en el sentimiento de estos niños el abuso de los castigos, incluso contaminando las relaciones entre los niños: entre los fuertes y los débiles y entre las distintas edades de la infancia, con sus estragos de humillación imborrables y aún presentes en algunas tradiciones británicas y norteamericanas. Sin embargo, pocos lugares del mundo (Estados, instituciones, costumbres, religiones, ideologías...) saldrían bien librados al escuchar las voces de sus infancias. Así en Fuera de Lugar del palestino Edward Said , su recorrido por el mundo de las escuelas y de la educación familiar termina siendo una denuncia de la segregación de la educación oriental y occidental, donde un niño expulsado de su tierra y de su patria no encuentra lugar, no en el sentido del espacio físico, sino en ese que podríamos llamar “identidad”. 

Las autobiografías de infancia, igualmente, nos revelan la dignidad humana, la grandeza y la sencillez de las tareas dedicadas al cuidado de la nueva humanidad, la capacidad curativa y creadora de la comunicación, del amor y de la responsabilidad de infinidad de seres anónimos. Estas autobiografías dan nueva luz al espíritu de la cotidianidad y a sus lugares elegidos.

Proust, Camus, Canetti, Benjamin, Sartre, León Tolstoy, Gorki, Hesse, Kipling, Said, Thomas Bernhard… en un desorden azaroso podrían encabezar una lista interminable de grandes de las letras, entre los cuales hay muchos nobeles, y entre los cuales también quisiera nombrar al menos una mujer belga Amélie Nothomb con sus Metafísica de los tubos, El sabotaje amoroso y Biografía del hambre cuya lectura en este contexto de tantos hombres resulta indispensable, también porque con ella aparece una nueva infancia arrolladora y poderosa, plenamente activa e inquisidora, dueña de sí y de su mundo, en donde una relativa soledad infantil desencadena fuerzas insospechadas de vivencia y creación. 

 Notas

G. Deleuze, “Abecedario”, 1997, en Walter Omar Kohan, Infancia entre educación y filosofía, Leartes, 2003, p. 282.
2 Walter Benjamin, Infancia en Berlín hacia 1900, Alfaguara, Buenos Aires, 1990.
3 José Mauro Vasconcelos, Mi Planta de Naranja-Lima, (1971) Librería El Ateneo, Argentina, 1993. Vasconcelos es un escritor y cultor del arte escénico y del cine brasileño.
4 Elías Canetti, La lengua absuelta, Ed. Muchnik, Barcelona, 1981.
5 Pietr Brueghel es un pintor Holandés del siglo XVI muy reconocido entre los investigadores sociales por el carácter de sus temas y la agudeza reveladora de sus imágenes. Para los estudiosos de la infancia significa mucho su cuadro “Los Juegos de los Niños” y de manera menos directa “El Carnaval”.
6 Ibid, p. 39.
7 Ibid.
8 Rudiard Kipling, Algo sobre mí mismo, en Obras Escogidas, Biblioteca Premios Nobel, Ed. Aguilar, Madrid, 1958.
9 Roald Dahl, Boy (Relatos de Infancia), Ed. Alfaguara, Madrid, 1987 (22ª. Edición, 2001).
10 Álvaro Restrepo, Llora et labora, ha sido publicado en la Revista Número y en El Espectador.
   Edward Said, Fuera de Lugar, Ed. Grijalbo, Barcelona, 2001.

Daniel Hernández Rodríguez. danielarturo52@yahoo.com* Docente de la Universidad Distrital. Investigador en pedagogía e infancia.

Tomado de Revista Internacional Magisterio No. 54

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