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Los modos de la violencia

Por Margarita Silberleibi
Magisterio
08/02/2018 - 15:15
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Foto de predragphoto77. Tomada de Freepik

Para acercarnos a la problemática del bullying y comprenderla en su exacta dimensión es necesario diferenciar algunos conceptos que comúnmente se utilizan como sinónimos y no lo son: conducta agresiva, violencia y bullying.

La conducta agresiva es un tipo de conducta funcional que suele estar al servicio de los objetivos que persigue el individuo como por ejemplo, la solución de un problema o situación conflictiva personal o interpersonal o la defensa de un derecho. La agresión es constitutiva del individuo y puede ser proactiva o reactiva. En el primer caso sucede para obtener un objetivo determinado; en cambio, la agresión reactiva está dirigida a la defensa, castigo o venganza. Tanto una como otra van a depender de las normas y valores de la sociedad donde se aplican.

La violencia interpersonal es un comportamiento agresivo con la intención de causar daño físico, verbal o psicológico a otra persona. Esta conducta agresiva implica necesariamente un balanceo de poder. Se produce una relación asimétrica que la hace objeto de ser valorizada en forma negativa por la sociedad, por ejemplo el maltrato de un adulto hacia un niño. Pero cuando esta violencia interpersonal ocurre entre pares, niños o adolescentes, en una situación determinada, es allí donde reconocemos el accionar que llamamos bullying. Se trata de una acción sistemática y sostenida que se basa en un abuso de poder entre iguales. Se produce en un ámbito preciso, permanente, constante e insiste siempre con la misma estructura: un niño denigra, humilla, acosa a otro niño donde un público silencioso es espectador de la escena. El silencio cómplice marca también la esencia del bullying.

El término “violencia” por sí mismo genera una sensación de rechazo a la que siempre se le adjudica un sentido intencional y dirigido hacia otro. Quizás, dentro del ámbito escolar es importante señalar dos tipos de violencia: aquella que algunos autores llaman “violencia expresiva” que es una reacción emocional que un niño no puede controlar y que no busca necesariamente herir. Puede ocurrir a distintos niños o en diferentes situaciones. La otra es la “violencia instrumental”, que es la que se usa para lograr un resultado determinado, sobre un niño elegido para tal fin.

El maltrato entre iguales se manifiesta también como exclusión social. En este caso, el acto de violencia es ignorar, no dejar participar y discriminar. Es decir la violencia puede ser silenciosa en quien la ejerce pero siempre es un padecimiento constante en el niño que la sufre, en él es un grito de dolor.

+Lea: 13 preguntas sobre el bullying y su manejo en la escuela

¿Por qué diferenciamos estos tipos de violencia? Porque de ello va a depender nuestra forma de actuar y de mitigar el sufrimiento tanto en la persona que ejerce el acto de violencia como en quien lo padece. Es necesario identificar cada acto de violencia en su singularidad.

En las situaciones de bullying siempre reconocemos una intención, un comportamiento prolongado de acoso, un abuso sistemático de poder; en algunas situaciones, una crueldad implícita en la acción. La crueldad, como un modo más de la violencia, nos permite inferir que el niño que realiza la acción de humillación y acoso es consciente de lo que realiza y fundamentalmente siente un placer determinado en su accionar.

No solo detectamos estas situaciones en la escuela, también dentro del consultorio se repiten las consultas relacionadas con la problemática del bullying. Llegan denominando de esta manera cualquier situación de violencia ejercida sobre un niño. En múltiples situaciones lo primero que hay que realizar es el diagnóstico diferencial, es decir ver qué tipo de violencia está funcionando y cuál es grado de sufrimiento del niño. Las consultas son realizadas generalmente por los padres, son ellos los primeros en notar en sus hijos una actitud diferente, los ven inhibidos cuando no lo eran antes, los notan temerosos, y comienzan a no querer concurrir a la escuela.

En otras ocasiones es la escuela la que realiza la derivación, e interviene directamente con los profesionales.

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Dentro de nuestro equipo recibimos a diario, ya sea por mensaje, o mail, consultas de padres, hermanos, maestros que detectan estos padeceres en los niños y buscan ayuda de un profesional que los contenga. En un primer momento recurren para entender de qué se trata la situación y ser ellos escuchados y saber cómo actuar. En muchas ocasiones con tener una respuesta y saberse comprendidos les es suficiente. En otros casos, piden directamente tratamiento para el niño en cuestión. Así conocimos a diferentes niños, adolescentes que ya sea desde la posición de ser hostigados o desde la posición hostigadora buscan una comprensión a su dolor y accionar. Se involucran en el tratamiento y por lo tanto cambian su mirada frente a lo que les ocurre. Es cierto que las consultas se hacen cuando ya esta desencadenada la problemática por lo tanto hay que desandar un camino de sufrimiento y es necesario en la mayoría de los casos la intervención desde lo institucional y familiar para lograr los objetivos deseados.

En conclusión, notamos, cada vez con más frecuencia, situaciones de violencia y crueldad en nuestras aulas. Si a este síntoma de violencia en la infancia no intentamos detenerlo y limitarlo, va seguir multiplicándose y no solo de un niño sobre otro sino también sobre sí mismo. Cualquier violencia ejercida sobre otro tiene un correlato en la propia persona que la ejerce. Por lo tanto es nuestra tarea resignificar esa violencia, limitarla y contenerla, ya que el niño que acosa, hostiga, humilla, tiene también dentro suyo el temor de que si no hay límite, él también es pasible de ser acosado, es decir ser víctima de su propia violencia.

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Esta tarea nos corresponde ejercerla a los adultos, como padres, maestros y educadores, pautando las normas de convivencia y, fundamentalmente, manteniendo el respeto hacia el otro. Se trata de establecer un acuerdo social, una regla de reciprocidad que implica no hacer al otro lo que no desea que le hagan, dentro del marco de la ética y la empatía. Dentro de este acuerdo social los adultos estamos también involucrados; nosotros debemos cumplir y respetar las mismas normas, solo así construiremos sociedades más justas y más amables.

+Conozca la Revista Violencia escolar

Acerca de la autora: Psicoanalista. Coordinadora del Libres de Bullying. Miembro del Comité Académico del 3º Congreso Internacional sobre Violencia en las Escuelas.

Tomado de: Fundación Sociedades Complejas

Foto de predragphoto77. Tomada de Freepik