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Matices, alcances y horizontes de las cartas... ¡pedagógicas!

Por Claudia María Hincapié Rojas , Por Gloria Nancy Henao Vergara
Magisterio
25/10/2018 - 16:45
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Foto de Pixabay
Queremos iniciar, esta breve y sencilla introducción a las cartas escritas por maestros y maestras, haciendo varios reconocimientos a la misiva misma y a la escritura que la hace ser, transmitir y viajar.
1. Reconocemos el carácter histórico: La carta es un pedazo de historia aquietada en el papel; a través de ella y con ella se narran acontecimientos de vida y también vitales. El papel, su textura y calidad;  la tinta ya sea de bolígrafo, imprenta o impresora son también artefactos históricos que narran con su presencia una época, un estilo, una existencia que se hace historia.
2. Reconocemos el carácter contextual: La carta es manifestación permanente de las realidades vividas y sentidas en un contexto particular, en ella se da cuenta de las situaciones de los entornos que influyen y median entre el escritor, la escritura y lo escrito.  Ella lleva en sus líneas y entre ellas, el sabor de los fenómenos que se dan a su alrededor y de los cuales el escritor no escapa al escribirla.
3. Reconocemos el carácter afectivo: La carta es un abrazo, un beso, un enojo y porque no, un sueño perdido; es una posibilidad de manifestación del ser humano de todo lo que es, siente, anhela y disfruta. Es el hilo que se lanza para fortalecer vínculos con los Otros y en ese espacio de interacción, construir también el nosotros. 
4. Reconocemos el carácter comunicativo: La carta es comunicación, es la posibilidad de “tocar” al Otro en el proceso de intercambio de información, de sentimientos, de deseos, de gustos, de opiniones y también de saberes.  Es un proceso que fluye en múltiples direcciones, inclusive la propia, y que en su recorrido los que tienen contacto con ellos, tienen el potencial de transformación… una transformación que puede ser sutil o profunda, percibida o ignorada, una transformación que es inherente al ser humano y a su capacidad de comunicarse.
5. Reconocemos el carácter Literario: La carta también puede ser escrita en verso o prosa y con ese modo particular de hilar las palabras erigirse en una narración, en una construcción lírica o en una composición dramatúrgica y en este tejer y prestarse para expresar libremente los sentimientos construir un poema, una crónica, un texto autobiográfico, un drama o un ensayo, entre otros.  La carta es entonces, un trozo de papel o un espacio virtual que se dispone para que el autor(a) cree, re-cree en ella escenarios diversos para decir y sentir.
Después de los cinco reconocimientos que le hacemos a la carta, que bien podrían ser seis o diez o más, nos vamos a centrar en las “Cartas Pedagógicas” qué  posibilitan tejer relaciones entre remitentes y destinatarios. 
Cartas que plasman un sentir especial de hombres y mujeres alrededor del tema de la Educación, que podrían incluso construirse en un texto tipo ensayo pero que sus autores asumen la aventura de escribir buscando un lector particular; particularizando la intención y haciendo protagonista del ejercicio escritural a quien lo lee: “Es para ti”.
Vemos por ejemplo, en el prólogo del libro “Cartas a quién pretende enseñar” de Paulo Freire, que la autora plantea la posibilidad de  “construir un puente para un diálogo de tú a tú, de educador a educador…el Freire dialoga aquí con otros maestros, sin intermediarios, adoptando el lenguaje cercano e informal de la carta, compartiendo sus experiencias personales, ilustrando a través de ellas el derecho que tiene todo maestro y maestra a ser fiable y a equivocarse, a ser héroe y ser humano al mismo tiempo” (Torrez, Rosa, 1994).
La carta pedagógica desde esta mirada adquiere y recobra ese carácter de lo humano, de  lo real,  de lo tangible, de lo  que nos atraviesa,  se siente, se piensa, se vive, se sufre, se disfruta en la cotidianidad del quehacer del maestro y la maestra, de aquello que en otros discursos del “deber ser” no tendría cabida o validez porque no está enmarcado en el ideal de escuela y de maestro(a) que nos han fundado...
La carta pedagógica entonces, es ese lugar tangible y viajero para compartir desde la cotidianidad de maestros y maestras las tensiones permanentes entre lo que unos piensan ha de ser la escuela, lo que otros han pensado acerca de lo que debe ser y lo que realmente es; se presenta entonces una tensión permanente entre teoría y práctica, entre lo que unos y otros piensan de la calidad educativa, de la investigación, de qué enseñar y qué aprender, entre lo que los maestros(as) quieren para sus estudiantes y lo que los estudiantes quieren para sí mismos, los maestros(as) y la escuela; posiciones algunas veces tan diversas, divergentes, similares e incluso contradictorias, que tienen un lugar común: las misivas pedagógicas en las que reposan hasta que son leídas, compartidas y debatidas en un renacer constante. 
Tensiones que se instalan en la subjetividad del maestro(a) en la medida que son escuchadas, conversadas, compartidas, dialogadas; que podrán ser comprendidas, reinventadas, repensadas y, con su trasegar, labrarán camino educativo, saltarán obstáculos, rejuvenecerán en las discusiones que suscitan, y aportarán a la función misma de la escuela: ser espacio que posibilita ser, soñar, pensar, crear, dialogar, compartir… “ser feliz”.
Este diálogo entre lo que preocupa realmente al maestro, la tensión entre lo que unos y otros piensan que ha de ser la escuela, lo que en el contexto real se puede hacer, se encuentra plasmado de una forma real, con mirada política, y con gran  sentido de responsabilidad social por lo que puede ser la escuela, en el texto “la maestra” de Enrique  Buenaventura,  en el que una maestra  a través de cartas  recuenta la crudeza de la violencia en Colombia, una violencia que dejo angustia y dolor  y que era el cotidiano de la maestra y su pueblo, su voz a su vez, se convierte en denuncia del hacer del sargento y los soldados en nombre del gobierno, y he aquí algunas palabras de la maestra: “Tienen miedo. Desde hace un tiempo el miedo llegó a este pueblo y se quedó suspendido en el aire como un inmenso nubarrón  de tormenta. El aire huele a miedo, las voces se disuelven en la saliva amarga del miedo y la gente se la traga. Un día se desgarró el nubarrón y el rayo cayó sobre nosotros” (Buenaventura, 1977, 27)… y dónde ha quedado la voz de los(as) maestros(as) que hoy sienten miedo, y no hablamos sólo del miedo que produce la violencia, sino de los múltiples miedos del maestro(a), de los referentes al conocimiento, al saber,  a la tecnología, a la posmodernidad, a la diversidad, a la investigación… ¿Cuántos sentimos miedos y cuántos los comunicamos?  “Lo malo es que todos tenemos miedos y recelos, sentimos desánimo e impotencia” (Savater, 1997, p.10).
Y en el intento de ahuyentar el miedo  aparece “Clotilde” (Echeverri, 2010, p.158)  ese personaje creado, que obedece  a  la encarnación del ser de la maestra, a la visibilidad de las teorías en la vida misma, a lo que se es, se sabe, se piensa y todo en un cuerpo de maestra, es un poco lo que el maestro Alberto Echeverri nos ilustra en “Cartas a Clotilde”.
“las cartas que yo dirijo a Clotilde, en diferentes momentos de su accionar  formativo, en situaciones geográficas y políticas disímiles, en donde formar es enseñar  y enseñarse a preservar  en la vida de uno  y del otro, es grabar en el cuerpo de los alumnos - maestros disposiciones que resistan  las tentaciones que les ofrecen  las profesiones de la guerra y de la muerte”  (Echeverri, 2010, p.156)
Las cartas a Clotilde resignifican el saber del maestro, ese saber que se hace experiencia, que se transmite, se enseña, se aprende en el contacto, en el tacto…. “llegar a describir la acumulación de saber  que habita el cuerpo de los maestros no se justifica si otros maestros no lo graban en el cuerpo” (Echeverri, 2010, p.183).
De igual manera Savater como preámbulo del libro “El valor de educar”, escribe “Carta a la Maestra”, en la que nos deja claro que la calidez no va en contravía de la verdad, del pensar la educación con la seriedad y responsabilidad, que tratarnos entre amigos precisamente nos autoriza y obliga a un ejercicio de corresponsabilidad con lo que se digo, dicen y decimos, con lo que hago, haces y hacemos y, es este el lenguaje de las “cartas pedagógicas”, de las cartas que han acompañado el camino de la Red de Gestión y Calidad del Municipio de Medellín, en sus distintos Nodos, que  como nidos han permitido la fecundación de un lenguaje común, del lenguaje de la pedagogía, de la educación, del saber, del enseñar, del aprender…, de las maestras y los maestros de la Ciudad.
Pero en cuanto educadores no nos queda más remedio que ser optimistas, ¡ay! Y es que la enseñanza presupone el  optimismo tal como la natación exige un medio líquido para ejercitarse. Quien no quiera mojarse, debe abandonar la natación; quien sienta repugnancia ante el optimismo, que deje la enseñanza y que no pretenda pensar en qué consiste la educación. Porque educar es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que la anima, en que hay cosas (símbolos, técnicas, valores, memorias, hechos...) que pueden ser sabidos y que merecen serlo, en que los hombres podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento. De todas estas creencias optimistas puede uno muy bien descreer en privado, pero en cuanto intenta educar o entender en qué consiste la educación no queda más remedio que aceptarlas. Con verdadero pesimismo puede escribirse contra la educación, pero el optimismo es imprescindible para estudiarla... y para ejercerla. Los pesimistas pueden ser buenos domadores pero no buenos maestros. (Savater, 1997, p.10)
Y en ese lenguaje del optimismo del que claramente habla Savater, del amor hacia la educación y la pedagogía, en medio de la pasión de enseñar y aprender, sin desconocer que el camino a veces se torna tosco, que la desesperanza haces intentos de entrar y que el pesimismo en ocasiones roba sueños… ahí, en medio de estos sentimientos encontrados esta la Red de Gestión y Calidad que con el hacer desde los diferentes Nodos, aporta al tejido para construir una gran red que pesca sueños, ideas, investigaciones, reflexiones; que escribe, envía, y responde cartas con una sola y gran excusa pensar, perfeccionar, reinventar la obra de arte de la educación recordando las palabras de Freire
“La educación es una obra de arte… en el sentido que el educador es un artista: él rehace el mundo, él redibuja el mundo, repinta el mundo, recanta el mundo, redanza el mundo” (Freire, 1994)
En el día de hoy, le presentamos amigo lector, una serie de diez cartas escritas por maestros y maestras que, en un acto de corresponsabilidad con usted, asumieron el reto de dibujar en el papel ideas para que juntos pongamos color y tejamos sinergias para una Educación de Calidad.
Y es así, como después abrir la posibilidad de comunicarnos a través de las Cartas Pedagógicas, ejercicio que inicia el profesor Alfredo Manuel Ghíso en abril de 2009,  hemos contado con la participación, como interlocutores de este ir y venir de subjetividades que aportan a la construcción de una propuesta de Calidad en la Educación, a la vez que demandan de la participación de TODOS y TODAS en la trama educativa cotidiana, de personas como la psicóloga Gabriela Elena Restrepo Londoño, los profesionales Adrian Marín Echavarria, Ofelia Echeverri Tobón, los licenciados Víctor Hugo Delgado Z, Diego Alejandro Saldarriaga, Jhon Wilmar Morales G. y las licenciadas Claudia María Hincapié Rojas y Matilde Salazar; todos ellos y ellas, miembros de la RED de Gestión y Calidad de la Educación.
Demos vuelta entonces a esta hoja de papel e iniciemos la lectura.  ¡ADELANTE!
Referencias
BUENAVENTURA, Enrique, (1977). La maestra.
ECHEVERRI SANCHEZ, Alberto (2010). Clotilde: personaje que encarna la formación, Pedagogía, saber y ciencias. Colección CES, Bogotá.
FREIRE, Paulo (1994),  Cartas a quien pretende enseñar, Prólogo por Rosa María Torrez, Editorial Siglo veintiuno editores, Argentina.
SAVATER, Fernando (1997), El valor de educar, Editorial Ariel, segunda edición, Barcelona.
Foto de Pixabay
 

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