Moneda

Síganos

Tu carrito

Tienes (0) productos $0
ANUNCIO
web_banner_1115x116_1_1.png

Mejorar la cultura escolar: una aproximación antropológica

Por Javier Bermúdez Aponte , Por Laura Cubillos González
Magisterio
29/10/2018 - 11:45
0
Foto de Pixabay

El concepto de cultura escolar, ha sido abordado por diferentes autores, aunque no parece existir, por el momento, una definición compartida sobre este. De hecho, el término es usado como sinónimo de cultura organizacional, pero dando cuenta de la especificidad de lo educativo. Martínez-Otelo (s.f.) refiere que “en lo esencial el concepto de cultura organizativa es aplicable al contexto escolar, si bien es preciso hacer un esfuerzo de ajuste que capte la sensibilidad de los centros educativos, sustancialmente distinta a la de otras entidades”. Por tal razón, el objetivo del presente texto es, no solo exponer algunas aproximaciones teóricas, sino proponer una mirada desde el enfoque antropológico que caracterice el concepto de cultura de acuerdo con la naturaleza de la institución educativa.

Fue Stolp (1994), quien planteó una de las primeras definiciones de cultura escolar, entendiéndola como los patrones de significados que son transmitidos históricamente y que incluyen normas, creencias, valores, mitos, ceremonias y rituales, compartidos por los miembros de la comunidad escolar. La perspectiva de Stolp, va a centrar la mirada en las posibilidades que tienen los líderes de las instituciones para efectuar cambios en las escuelas, al entender que los directivos tienen un rol desde el cual, pueden orientar acciones y prácticas cotidianas que influyen en la cultura institucional.
Por su parte, Marcone (2001), la define como el

“sistema de creencias y valores, que dan sentido y coherencia a los esfuerzos colectivos, los cuales se consolidan a través del tiempo, mediante lenguas, rituales e historias de la organización escuela” (p. 73).

La cultura, desde esta definición, centra la atención en lo comunitario, dimensión que debe ser gestionada por los directivos.
Otro autor que realiza una propuesta frente a la cultura, es Martínez-Otero Pérez (s. f.), quien la define como el conjunto de conocimientos, estados de ánimo, acciones y nivel de desarrollo alcanzado por una comunidad educativa. La cultura, entonces, se visualiza y proyecta en las rutinas, los símbolos y las relaciones que se dan dentro de la escuela; de hecho, los directivos y los docentes, tienen gran impacto en la forma como orientan su quehacer.
Como se evidencia, diversos autores han abordado perspectivas que buscan explicar y conceptualizar la cultura escolar, identificando cómo esta sirve de elemento integrador, cómo debe gestionarse, qué debería reflejarse en este contexto, pero no abordan la singularidad de esta en el ámbito escolar.

Una aproximación antropológica de la cultura escolar
Por enfoque antropológico, se entiende en este texto, y siguiendo a Pérez (1991), aquel que concibe la organización como una institución que lleva a cabo “la coordinación de acciones de personas para la satisfacción de necesidades reales de los miembros de la organización” (p. 28). En otras palabras, si la organización es de personas, entonces, este es el cauce a través del cual, las personas logran su perfeccionamiento, su propio fin, de ahí que resalte la dimensión subjetiva del trabajo (sin olvidar la objetiva). Altarejos, Rodríguez y Fontrodona (2007), destacan que en el enfoque antropológico, los objetivos de la organización son iluminados por los principios que sustentan la organización, estableciéndose una conexión entre el fin propio de la organización y de la persona, en el que ambos se armonizan, de donde se sigue que la característica que se reconoce en este enfoque, es la integración.
Las instituciones educativas dependen de la sociedad, pero, a su vez, están formadas por personas concretas que desarrollan unas acciones y tienen unos valores determinados, generando relaciones intersubjetivas e influencia en la sociedad. En este sentido, las relaciones de la organización “ad extra —respecto al conjunto de la sociedad— y ad intra —respecto de los sujetos que la constituyen—, tiene un papel primordial, tanto para la propia sociedad en general, como para sus propios miembros” (Bañares, 1994). De esta manera, la ética es un pilar integrante de la actuación educativa, en cuanto permite el desarrollo y la potenciación de hábitos y virtudes; por esta razón, Eliot (1984) advierte que “no podemos sin más ponernos a crear y mejorar la cultura, sólo es posible desear que se produzcan los medios que favorecen la cultura, y para ello tenemos que estar convencidos de que esos medios son socialmente deseables” (p. 165).
En cuanto a “modo de vida”, se pretende mostrar que, en la cultura, se puede conciliar el perfeccionamiento o crecimiento humano en actividades compartidas; como señala Llano (1985), a cada

“cultura corresponde un modo de vida, que desempeña una función selectiva en el mundo real. En cada ámbito cultural sólo se vivencia y se valora lo que tiene significación para el correspondiente temple espiritual” (p. 28).

De este modo, la cultura en las instituciones educativas no hace referencia a normas y reglas sin más, sino que responde a un planteamiento teleológico de la actividad humana y de la persona. Entender la cultura como modo de vida, es apoyarse en la idea de que el proceso dinámico de perfectibilidad de la persona, necesita de los otros para su optimización y que, a su vez, el desarrollo de la dimensión social es necesario para que la persona alcance la perfección que le corresponde.
El ethos, por su parte, da cuenta de la manera como la persona aporta el resultado de su acción y a la vez, se hace a sí mismo en su propio actuar, al recibir las influencias de las acciones de los demás. Remite a una forma de vida, que, en este caso, tiene que ver con los educadores y los educandos fundamentalmente. De modo que la cultura sintetiza y conecta entre sí prâxis, poíēsis y theōría, relacionando, por una parte, las producciones u objetos que produce o muestra la cultura, y por otra, el desarrollo de los hábitos en las personas. El ethos exige vinculación con acciones virtuosas —desde la perspectiva clásica que se está estudiando— que explicarían la relación entre los valores personales y los sociales. El ethos se corresponde con lo que llamamos cultura, este expresa la síntesis entre lo objetivo y lo subjetivo.
Dado lo anterior, se puede afirmar que el docente es forjador de cultura interiorizada, de formación humana de los alumnos, es decir, la labor docente tiene un alto valor para la cultura. Melendo (2002), señala a este respecto que, “consiste formalmente en hacer crecer en los educandos su condición estricta de personas” (p. 41); tiene en cuenta que la persona se cultiva, es decir, desarrolla hábitos y virtudes y es la educación, la llamada a velar por ello. Esto exige de los profesores integralidad en su modo de vida. Martínez-Otero (s. f.) señala que la fusión entre educación y cultura, lleva a tomar conciencia de la proyección del binomio en toda la vida escolar, tanto en lo que se refiere a la vertiente técnica como a la dimensión moral. La cultura, intencionada o inintencionadamente, penetra en el educando a través del proceso de enseñanza-aprendizaje, pero también, por medio de las relaciones personales, por tanto, es esencial que en las instituciones educativas se busque una formación integral.
En síntesis, desde esta perspectiva, se cuenta con mayores posibilidades que permiten comprender lo que la persona es, lo que ha apropiado de la cultura, la manera como se comunica y se hace partícipe de las dinámicas culturales, indagar aquellos aspectos que le llevan a tener una identidad particular, los distintos motivos y motivaciones presentes que hacen que las personas actúen de cierta manera dentro de determinados contextos. Por tal razón, el enfoque antropológico proporciona una idea clara de persona que permite comprender de manera integral la naturaleza y el funcionamiento de las organizaciones. En educación, este aspecto cobra mayor realce, teniendo en cuenta su naturaleza y finalidad, los educadores son los transmisores por excelencia de la cultura, donde se hace evidente la necesidad de estudios que profundicen desde una perspectiva antropológica.

Cómo reafirmar la cultura escolar

  • En primer lugar, dado que la cultura de una institución educativa está permeada por las relaciones que se generan entre sus miembros, es de vital importancia, que sus directivos generen espacios, prácticas y dinámicas dentro de los cuales se dé especial atención al rol del profesor, en cuanto este es referente para sus estudiantes, en la medida en que no solo difunde conocimientos en determinadas ramas del saber, sino que, además, es transmisor de diferentes mensajes, valores y códigos sociales, que influyen en los procesos de aprendizaje y en los procesos de formación personal.
  • En segundo lugar, se puede afirmar que los directivos y los docentes son forjadores de cultura interiorizada, de formación humana de los alumnos, es decir, la labor docente tiene un alto valor para la cultura. Melendo (2002), señala a este respecto que, “consiste formalmente en hacer crecer en los educandos su condición estricta de personas” (p. 41).
  • En tercer lugar, considerar la importancia de las relaciones personales que se generan entre los miembros de la comunidad educativa, donde el enfoque antropológico consiste en centrar a la persona y, por ende, propiciar y fomentar las relaciones que permitan el crecimiento personal dentro y fuera del aula de clase, influenciando y determinando la forma en que los estudiantes, profesores y directivos interactúan, aprenden y se comunican en este entorno y fuera de la escuela.
  • En cuarto lugar, se debe lograr empoderar a los educandos, como actores fundamentales de la cimentación de la cultura escolar en sus formas de ser, sentir, pensar y actuar, ya que la cultura se ve reflejada en el perfil de formación que las instituciones educativas pretenden inculcar en sus estudiantes.

Finalmente, los directivos que quieren fortalecer la cultura escolar dentro de su institución, entienden que deben hacer énfasis en el horizonte institucional, ya que la cultura escolar es el medio para alcanzar los fines propuestos.

ANUNCIO
banner_formacion_web_336x280_1.png

Referencias

Altarejos, F., Rodríguez, A. y Fontrodona, J. (2007). Retos educativos de la globalización: hacia una sociedad solidaria. Pamplona: Eunsa.
Bañares, L. (1994). La cultura del trabajo en las organizaciones. Madrid: Rialp.
Eliot, T. S. (1984). Notas para la definición de la cultura. Barcelona: Bruguera.
Llano, A. (1985). El futuro de la libertad. Pamplona: Eunsa.
Martínez-Otero Pérez, V. (s. f.). Cultura escolar y mejora de la educación. Recuperado de https://bit.ly/2w9up8q.
Melendo, T. (2002). Cultura y contraculturas educativas. ESE: Estudios sobre Educación, 3, pp. 35-47.
Pérez López, J. A. (1991). Teoría de la acción humana en las organizaciones: la acción personal. Madrid: Rialp.
Schein, E. H. (1987). La cultura empresarial y el liderazgo: una visión dinámica. Barcelona: Plaza & Janés.
Stolp, S. W. (1994). Liderazgo para la cultura escolar. https://bit.ly/2wb7hqc.

Javier Bermúdez Aponte 
Doctor en Gobierno y Cultura de las Organizaciones
Universidad de Navarra

Laura Cubillos González 
Magíster en Dirección y Gestión de Instituciones Educativas
Universidad de La Sabana

Foto de Pixabay