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Mi primer día como profe: todos los estudiantes de grado noveno, eran más grandes que yo

Magisterio
04/10/2018 - 21:15
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Esta convocatoria me llena de mucha nostalgia, me trae gratos recuerdos. En el año 85 me contrataron como docente en un pequeño colegio, de un hermoso pueblo, donde las manos del alfarero le dan sentido a la arcilla. Un pueblo rodeado de montañas, donde el cielo siempre estaba azul y en las noches, las estrellas, parecían estar tan cerca, que se podrían tocar.

Ya era el día, me sentía radiante. Me puse mi mejor vestido, me miré al espejo y me dije: “Hoy empiezas a construir una mejor  sociedad”

La noche anterior a mi primer día de labor como profesora, preparé mis clases, hice carteleras, organicé juegos para cada asignatura, con el objetivo de mostrarles a mis estudiantes, que el conocimiento es divertido, y como toda enamorada, escribí tarjeticas, para cada uno, con una frase que los invitaba a reconocerse como seres maravillosos, con habilidades y fortalezas.

Estaba muy entusiasmada, al mismo tiempo que inquieta. Ya era el día, me sentía radiante. Me puse mi mejor vestido, me miré al espejo y me dije: “Hoy empiezas a construir una mejor  sociedad”. Anduve, desde mi vivienda hasta el colegio, cinco cuadras y a medida que iba llegando los nervios se apoderaban más y más de mí. En frente ya estaban los cinco salones, solo cinco. Saludé a los compañeros, mientras que los estudiantes llegaban y hacían la formación en el patio. Pasé al frente de todos, para que el rector me presentara. Luego,  nos dirigimos  a las aulas correspondientes. Me sentí en un país de gigantes, todos los estudiantes de grado noveno, eran más grandes que yo, a pesar de mis tacones de ocho y medio. Los saludé y les dije lo feliz que me sentía de estar allí. 

Escribí mi nombre en el tablero, pero tuve que hacerlo un poco más debajo de la mitad, porque no alcanzaba a más arriba. Al mirar las caras de los estudiantes, les veía la sonrisita burlona pero disimulada, por mi pequeñez. En mis adentros me decía “nada le queda grande a una chiquita” y continuaba con la actividad, transmitiéndoles mi seguridad y entusiasmo.  

Cada uno se presentó identificándose con un objeto o animal. Los empezaba a conocer, con ellos iba a compartir clases durante un año y quizás hasta más. Recuerdo que me identifiqué con una mariposa de colores,  porque como ellas, después de la metamorfosis, empezaba a vivir una nueva etapa, una etapa soñada desde niña, que me haría crecer como persona y profesionalmente, transformando mundos; enseñando a volar, a abrir las alas con libertad, a perseguir sueños. Les entregué su tarjeta, ellos la recibieron con asombro y al mismo tiempo contentos, no sin antes muy disimuladamente medir su estatura con la mía. Yo les leía la mente, y ella  decía: “qué profesora tan chiquita”. 

Recuerdo algunos que se identificaron como gatos, porque eran bonachones y les gustaba dormir mucho, otros con perros, con libros, pero hubo uno que se presentó como un lápiz, porque le “gustaba hacer rimar las palabras” dijo. Lo tengo más presente que a los demás, porque después, en clases  escribía y escribía poemas y me los regalaba. En la actualidad, hace parte de un grupo de música, escribe las canciones, han grabado discos y de eso vive. 

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Los vi contentos y yo también lo estaba. Eran muchachos respetuosos y con sueños. Se veían frescos y con ganas de tragarse el mundo a través del conocimiento. Al final de la clase ya estaban familiarizados con mi tamaño. Sonó la campana, cambié de salón y al final del día sentí que había conquistado el mundo. Los juegos de niña, se hacían realidad.

Me despido enviándoles un abrazo a todos los lectores y si esta carta llegase a uno de esos estudiantes, ellos saben que de ellos hablo y que los recuerdo con gratitud y cariño, porque fueron clases maravillosas que compartimos, donde aprendimos de todos, yo de ellos y ellos de mí.

Con todo mi amor,

Diana Yasmín Reyes Ríos

Colegio Técnico Jaime Pardo Leal

Photo by Cel Lisboa on Unsplash