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Neuroeducación adolescente

Magisterio
12/02/2020 - 11:30
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Foto de Adobe Stock

“Entender, en parte, el funcionamiento del cerebro hace que mejores inconscientemente tu labor docente. Es afortunadamente inevitable” 

La neurociencia avanza y arroja conocimientos sobre el funcionamiento del cerebro a los que no podemos ser ajenos como docentes pues es, en esencia, el foco de nuestra actividad como educadores. Y no estoy hablando del cerebro como contenedor de conocimientos sino del cerebro como órgano responsable del aprendizaje, de las emociones, de la conducta… como órgano en desarrollo en nuestro alumnado, en proceso de maduración e, incluso, atravesando importantes períodos críticos que, de tenerlos en cuenta y conocerlos, pueden jugar un papel muy importante a nuestro favor en el proceso educativo. Pero aún estamos ante el órgano más desconocido del cuerpo y quedan por descubrir muchísimas cosas que, seguro, en un futuro, perfilarán más nuestra actividad docente. 

En este artículo hablaré de un desequilibrio en el proceso madurativo del cerebro de los adolescentes que resulta vital para entender sus reacciones, su forma de afrontar la vida y, evidentemente, su forma de afrontar el aprendizaje. Empecemos por un concepto muy básico y simplificado: el cerebro madura de atrás a adelante, siendo la zona del córtex prefrontal la última en hacerlo y en estar “completamente conectada” con el resto. 

El ciclo de la ira tiene una duración máxima en nuestro cerebro de 90 segundos. Evidentemente, cada vez que se vuelva a pensar en el hecho que causa el enfado volveremos a empezar el ciclo de 90 segundos. Un adulto, apelando a su córtex prefontral, puede apartar el pensamiento y centrarse más o menos en una tarea importante pero un adolescente puede entrar en un bucle que le lleve a estar todo el día de mal humor. 

En este desequilibrio de maduración y de conexión del cerebro encontramos que tanto la amígdala como el núcleo accumbens está, durante la adolescencia, mucho más desarrollados que el córtex prefrontal. ¿Qué significa eso? Bueno, para entenderlo habrá que ver cuáles son las funciones principales de estas tres zonas. 

La amígdala

La amígdala es el principal punto de control y gestión de las emociones. ¿Recuerdas esos cambios de humor repentinos de los adolescentes, esas tragedias que objetivamente no son más que pequeños problemas o esos tsunamis de euforia que arrasan con todo? Pues se deben, en gran medida, a que la amígdala ha madurado. Hay varios estudios que van más allá y que determinan que los adolescentes sienten aproximadamente el doble a nivel emocional que los niños o los adultos. Eso implica que el cerebro reacciona el doble a los estímulos que generan emociones y sus circuitos emocionales generan y transportan una mayor cantidad de neurotransmisores “emocionales”. Y aquí surge ya un problema que, supongo, es fruto del ritmo de vida que llevamos. Como docente o padre, con mil y una cosas que hacer y con mil y un problemas que gestionar rondando por tu cabeza, te encuentras en un momento dado ante un/a alumno/a o tu hijo/a adolescente que exterioriza unas emociones desbocadas ante un problema menor. Tú, como adulto que tiene el cerebro plenamente maduro, analizas el problema y le intentas sacar hierro al asunto en el mejor de los casos o, en el peor, expones crudamente que objetivamente lo que le ha pasado no es importante. Ahí es donde una parte de tu conexión con esa persona adolescente se rompe porque estás obviando que él o ella siente ese problema con un nivel de gravedad importante. No es que no sea objetivo o que no esté pensando con claridad (que a veces puede ser también) sino que su cerebro reacciona a esa situación segregando los mismos neurotransmisores y en la misma cantidad que si a ti te hubieran dicho que te acabas de quedar sin trabajo o que la cuota de la hipoteca va a triplicarse el mes que viene. Imagina que alguien viene entonces y te dice: “tranquilízate que estás muy alterado. ¿No ves que es una tontería? No es un problema importante”. 

Entender que sus niveles emocionales están por encima de los tuyos es vital. Y si te paras a pensar en ello encontrarás multitud de situaciones en las que tener esto en cuenta puede arrojar luz a situaciones incomprensibles. Es más, podemos a todo ello sumarle un concepto increíble que es el efecto de la alopregnanolona. Esta hormona se segrega en situaciones de estrés y ayuda a volver a la calma y a soportar situaciones de carga emocional. Bien pues, durante la adolescencia esta hormona es segregada igualmente en situaciones de estrés pero, al contrario que en los adultos, favorece la excitabilidad haciendo a los adolescentes mucho más vulnerables al estrés y capaces de entrar en bucles emocionales en los que su nerviosismo se va retroalimentando. 

Pero dejemos por ahora la amígdala y pasemos al siguiente punto, pues es al entender el desequilibrio de los tres que todo adquiere una dimensión aún mayor. 

Al igual que la amígdala, el núcleo accumbens se encuentra en un estadio de maduración avanzado durante la adolescencia en comparación con el resto del cerebro en general y, especialmente, con el córtex profrontal. ¿Y por qué eso es importante o relevante? Pues porque esta zona del cerebro está relacionada con la búsqueda de recompensas y acercamiento, con la necesidad de satisfacción inmediata, con la impulsividad y con la búsqueda de situaciones de riesgo y excitantes ya que todo ello produce dopamina. Y es que resulta que los circuitos de recompensa, en los que está directamente implicado el núcleo accumbens, están sobreactivados durante la adolescencia. Es una cuestión biológica. 

En realidad, varios estudios han determinado que el nivel base de dopamina es menor en los adolescentes pero (y este pero lo cambia todo) su liberación en respuesta a un estímulo o experiencia gratificante es mucho mayor. De ahí la dualidad común en los adolescentes que o están aburridos o se exaltan en exceso. 

+Video: Neurociencia y educación

Es por ello, entre otros muchos motivos, por los que las drogas son especialmente perjudiciales a esta edad. Al tener los circuitos de recompensa tan estimulados son muy susceptibles a los efectos gratificantes de las drogas y, por lo tanto, más fácil que creen adicción. Si además la droga en cuestión, como el alcohol, induce a la liberación de dopamina, pues ya tenemos el problema servido. Y quien dice alcohol dice también la adicción menos visualizada a la “comida basura” como la bollería industrial la cual produce un aumento rapidísimo de azúcar en sangre desencadenando, a su vez, una subida de los niveles de dopamina activando regiones del placer del cerebro. 

Pero los adolescentes que conocemos no se contentan con un poco de riesgo. Buscan cada vez más y parece que incluso nos reten con esta actitud que, en muchos casos, es desafiante. Pero lo cierto es que de nuevo tiene un desencadenante biológico que se ha llamado, en muchas ocasiones, los bucles de dopamina. Cuando el cerebro libera dopamina ante una acción placentera, la primera vez lo hará a niveles muy elevados mientras que a medida que se vaya acostumbrando a esa experiencia cada vez segregará menor cantidad. Aún y así, el adolescente sigue buscando y necesitando activar ese circuito del placer por lo que buscará experiencias que le resulten de nuevo placenteras y eso conlleva, habitualmente, asumir más riesgos. 

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Por si todo esto no fuera suficientemente… complicado, hemos de añadirle el tercer elemento de la terna planteada anteriormente: 

El córtex prefrontal

A diferencia de las dos zonas anteriormente comentadas, que estaban maduras y conectadas, el córtex prefrontal no acaba de madurar, según la mayoría de los estudios, hasta pasados los 24 años. Ahí reside el desequilibrio madurativo del cerebro adolescente. 

El córtex prefrontal es la región del cerebro relacionada con las funciones ejecutivas, la inhibición de conductas, el autocontrol, el buen juicio, la planificación y la gestión de situaciones que requieran integración de conocimientos, entre otros. 

La deducción es sencilla: con un córtex prefrontal inmaduro nos encontramos que la amígdala y el núcleo accumbens, entre otros, dominan sin un gestor, sin un controlador que valore los pros y los contras de una acción, que ponga en valor los beneficios futuros de una acción en el presente… 

Pero valga un ejemplo para entenderlo aún mejor. El ciclo de la ira tiene una duración máxima en nuestro cerebro de 90 segundos. Evidentemente, cada vez que se vuelva a pensar en el hecho que causa el enfado volveremos a empezar el ciclo de 90 segundos. Un adulto, apelando a su córtex prefontral, puede apartar el pensamiento y centrarse más o menos en una tarea importante pero un adolescente puede entrar en un bucle que le lleve a estar todo el día de mal humor. 

Entender estos conceptos básicos creo que puede ayudar muchísimo a comprender a los adolescentes que tenemos en nuestra vida. 

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El anterior  artículo es tomado de la web Experiencias de Aula – Profesor de pasión, profesor de profesión, para visitar el contenido original haga click en el siguiente enlace Neuroeducación adolescente

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