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Nuestra responsabilidad como maestros

Por Julio César Arboleda Aparicio
Magisterio
23/11/2017 - 11:45
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Foto de Freepik. Tomada de Free Photo

Hay estudiantes insoportables en clase y fuera de clase, en casa y fuera de casa, unos más en determinados espacios. A algunos profesores no les interesa conocer las causas de los comportamientos de sus estudiantes, y cuando las conocen no replantean positivamente su relación frente a estos. No siempre escapo a esta categoría de docentes. Los niños y jóvenes son producto de las dinámicas de las relaciones políticas, económicas, educativas, comunicativas y sociales, entre otras que teje el mundo de la vida. Una analogía fallida es cuando se quiere comparar a los estudiantes o a los hijos consigo mismo, cuando éramos estudiantes, niños o jóvenes: uno no era así, a mí me tocó diferente, ellos tienen que vivir lo que uno vivió, creer lo que uno creía, hacer lo que uno hacía y ¡aprender como uno aprendía! Se trata de una percepción ahistórica. Análogas analogías constituyen la base de nuestras relaciones con los estudiantes. Algunos profesores justifican su drasticidad o débil autoridad en la amoralidad o ausencia de normas que caracteriza la vida de los estudiantes. Hay que tratarlos duro, con ellos no hay que ceder. Estos muchachos no van a cambiar, ¡para qué me mato!

Si bien es cierto nuestros estudiantes son producto de las dinámicas del mundo de hoy, el verlos como víctimas profundiza su situación (ello es válido para todo adulto). Puede degenerar en mayor permisividad frente a ellos, y en pasividad por parte de los adultos. En consecuencia ellos no entienden de responsabilidad, de normas, de hábitos, de automotivación, de proyecto de vida, y los adultos creemos imposible encontrar o usar pedagogía alguna que los lleve a practicar estos criterios. Entonces creemos que lo mejor es actuar como lo hacemos: siendo permisivos o represivos, amorosos o controladores. Imposibles las dos cosas. Las puertas se cierran o se abren para quienes miran sin ver o miran viendo. Cuando uno mira sin ver no encuentra alternativas de solución ni toma decisiones acertadas, no ve más allá de lo que quiere o puede ver.

+Lea: El pensamiento lateral en el aprendizaje de los estudiantes

Los profesores hemos perdido y ganado reivindicaciones. Cada vez hay más trabas para sostener algunos derechos adquiridos. Cada vez se nos ve como los seres sociales en quienes recae la responsabilidad de la formación de los estudiantes. Esa excusa les conviene a las otras instituciones a las que también la sociedad les ha otorgado esa función, para no cumplirla. El gobierno, la familia, los medios de comunicación, la iglesia hacen lo que pueden o creen acertado hacer, pero la responsabilidad última parece tenerla la escuela, particularmente el profesor. Este panorama nos desalienta a los docentes, quienes vemos de esta manera vulnerada nuestra dignidad. Sin embargo, comprender la situación de los profesores no justifica verlos como víctimas o mártires.

Muchos colegas se ven como víctimas o mártires, justificando con ello su inacción. Ello degenera muchas veces en actuaciones que riñen con la responsabilidad moral que tienen ante la sociedad. Una cosa es que la sociedad sobredimensione su función y otra es que aprovechen este desfase, esta creencia para eximirse de alguna responsabilidad frente a la formación de sus estudiantes y de sí mismos. La mayoría de docentes que le juega consciente o inconscientemente al ideal del martirio creen darlo todo por los chicos o no darlo todo porque no pueden dar más de lo que reciben, porque con estos muchachos no se puede, eso uno les dice una cosa y hacen otra, me esmero por enseñarles y no aprenden, cuando mucho repiten lo que uno les enseña, yo para qué voy a aplicar nuevas estrategias si eso no da resultado, para qué me voy a capacitar, a mí siempre me han dado resultado las estrategias que yo aplico, eso no se puede…

La mismidad nos hace ver a los docentes las cosas de la manera que estamos acostumbrados verlas, y obrar en correspondencia con esta mirada. Nos impide verlas de modo diferente, obrar de otro modo. Uno de nuestros grandes errores consiste en creer que los estudiantes deben poseer algunas de las características que tenemos o una vez tuvimos, que todos deben responder a nuestro modo de enseñar; así mismo el considerar que no es importante reconocer que estos pertenecen a otro mundo, que todos son diferentes y en consecuencia debemos aplicar estrategias de enseñanza diferenciadas en consonancia con sus estilos, modos y ritmos de aprendizaje, de pensamiento, de comprensión, sus contextos y sus conocimientos. Aún si reconocemos estas necesidades poco estamos dispuestos a actualizarnos para conocer y aplicar metodologías que nos permitan actuar con base en las diferencias de los estudiantes, intervenir en sus procesos de apropiación de conocimientos.

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+Conozca el libro La estrategia en el aprendizaje

Muchos docentes creen que tal como transmiten la información deben aprender los estudiantes, y están en lo cierto. Si uno enseña mal el estudiante aprende mal. Si uno enseña para que el estudiante repita información, éste repite. Si uno no sabe enseñar por comprensión, éste no comprende. No debiéramos olvidar que para que el estudiante comprenda debemos planificar de tal modo la enseñanza para que logre procesar mentalmente (organice, represente, explique) la información que le exponemos o que él lea, pueda usar, aplicar y vivenciar el conocimiento construido, y reflexionar sobre la utilidad de éste. El problema es que uno a veces enseña para unos pocos estudiantes, aquellos que pueden aprender por sí mismos. El buen profesor enseña para todos los estudiantes, su mayor éxito estriba en que gran parte de sus estudiantes entiendan y comprendan, y para ello debe rebobinar sus metodologías, actualizarse, darse la oportunidad de conocer y aplicar nuevas estrategias de enseñanza y aprendizaje.

Creo que no basta tampoco enseñar a comprender, es necesario que en ese proceso los profesores formemos en valores y actitudes. La mejor forma de hacerlo es el ejemplo. El profesor que grita en clase, que no sabe controlar dignamente a los estudiantes, que no planea integralmente las clases, que no les “pierde” o regala tiempo, que predica pero no aplica, no es un buen ejemplo de formación de valores; por el contrario, reproduce la formación de valores negativos en sus estudiantes. Para formar personas se requiere de disposición, motivación, comprensión, tolerancia, aprendizaje permanente, ver y hacer las cosas dando espacio a maneras diferentes a nuestros modos rutinarios de percibir y obrar.

Título tomado del libro: Pensamiento lateral y aprendizaje. Autor: Julio César Arboleda. pp. 84-86

Foto de Freepik. Tomada de Free Photo