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¿Para qué enseñar?

Por Julián De Zubiría Samper
Magisterio
14/12/2017 - 14:00
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Foto de prostooleh. Tomada de Freepik

Si los seres humanos no hubiesen sido

capaces, entre otras cosas, de inventar el

lenguaje conceptual, de optar, de decidir, de

romper, de proyectar, de rehacerse al rehacer

el mundo, de soñar; si no se hubiesen vuelto

capaces de valorar, de dedicarse hasta el

sacrificio al sueño por el que luchan, de cantar

y ensalzar el mundo, de admirar la belleza, no

tendría por qué hablarse de la imposibilidad de

la neutralidad de la educación. Pero no habría

tampoco por qué hablar de educación.

Hablamos de educación porque al practicarla,

incluso podemos negarla.

El uso de la libertad nos lleva a la necesidad de

optar y ésta a la imposibilidad de ser neutros.

Paulo Freire

El problema más importante de la educación es resolver el interrogante en torno al tipo de hombre y de sociedad que se quiere contribuir a formar. Todas las teorías pedagógicas se han enfrentado y han tenido que dar una respuesta a la pregunta anterior. En este sentido, se puede afirmar –como destaca Freire– que no existen las pedagogías neutras, ya que el quehacer educativo necesariamente presupone una determinada concepción del hombre y de la sociedad. La neutralidad no existe en ninguna actividad intelectual o práctica de la vida humana. Pero, éticamente, en la enseñanza tenemos el deber de intentar ser lo más imparciales posibles. La neutralidad no es viable en educación, porque siempre nos orientamos hacia unas finalidades; y al hacerlo, dejamos de lado otras. Siempre privilegiamos algunos principios y, al elegirlos, no tenemos en cuenta otros. En este sentido, toda teoría pedagógica es una teoría política, y todo modelo pedagógico y curricular asume una posición filosófica, antropológica y política ante el ser humano, individual y social. La naturaleza política de la educación ha sido resaltada por diversos autores; entre ellos, Mariátegui, Althusser, Gramsci, Freire, Foucault, Gimeno Sacristán, Gadotti y Apple. De estos señalaremos algunos de sus principales conclusiones. Al respecto dice Gimeno Sacristán (Gimeno Sacristán et al, 2010: 15):

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El currículo es un texto que representa y presenta aspiraciones, ideales y formas de entender su misión en un contexto histórico muy concreto, desde donde se toman decisiones y se eligen caminos que están afectados por las políticas generales, las económicas, la pertenencia diferentes medios culturales, etc. Lo cual evidencia la no neutralidad del contexto para el texto y el origen de desigualdades entre individuos y grupos.

Una posición análoga es sustentada por Apple (citado por Marrero Acosta, en Gimeno Sacristán et al, 2010: 225):

Confirman mi tesis, dice Apple, de que la currícula depende de las desigualdades de poder y de un conjunto de relaciones sociales que en última instancia juegan un papel importante en determinar de quién es el capital cultural que se difunde y se relocaliza en nuestras escuelas.

+Lea: La importancia del diseño curricular en la institución educativa

Sin resolver la pregunta por los fines no es posible pensar un modelo pedagógico, un currículo, un área, una asignatura o siquiera una clase. Sin dar respuesta a esta pregunta, no es posible enseñar conscientemente. De lo contrario, actuamos simplemente como empleados, como operadores de un currículo diseñado por otros, con otros fines y otras pretensiones. ¿Qué busco con la enseñanza? ¿Cuáles son mis finalidades con la educación? ¿Qué pretensiones tengo frente a los estudiantes? ¿A dónde aspiro que lleguen? ¿Hacia dónde voy? ¿De qué manera pretendo incidir en cada una de sus dimensiones humanas? Sin resolver estas preguntas no es posible un proceso educativo reflexivo, creativo, constructivo y crítico.

Como puede pensarse, estas preguntas desbordan el marco estrictamente pedagógico y no pueden ser resueltas sin una postura previa ante el ideal de individuo y sociedad, en cuya formación estamos comprometidos como docentes, como pedagogos o como funcionarios del Estado. El quehacer educativo necesariamente tiene como trasfondo una determinada concepción del hombre y de la sociedad y sólo desde ella se podrá definir el papel que en dicho proceso debe cumplir la educación. La educación –como decía Kant y repensaba Freire– siempre es un acto esencialmente político. En términos de este último (Freire, 1994: 8):

No hay nada parecido a un proceso educativo neutral. La educación, o bien funciona como un instrumento utilizado para facilitar la integración de la generación más joven dentro de la lógica del sistema actual y obtener su conformidad al mismo, o bien se convierte en “la práctica de la libertad”, en virtud de la cual hombres y mujeres se enfrentan crítica y creadoramente con la realidad y descubren la forma de participar en la transformación de su propio mundo.

+Lea: ¿Cuál es la importancia del diseño curricular por competencias en relación al mejoramiento de la calidad institucional?

O como diría el educador y político mexicano José Vasconcelos (El Tiempo, enero 31 de 2013):

Educar es preparar al individuo para determinado propósito social. Los hombres han sido educados para ser buenos súbditos, buenos esclavos, buenos frailes, buenos artesanos, y últimamente para ser buenos ciudadanos: unas veces son las condiciones sociales; otras veces la escuela; pero siempre encontramos que el propósito de la educación es modelar a los hombres para el desempeño de una función social.

Referencias

GIMENO SACRISTÁN et al (2010). ¿Qué hay de nuevo en las competencias? Madrid: Ediciones Morata.

FREIRE, P. (1994). “Educación y participación comunitaria”. Ponencia para el Congreso Internacional de «Nuevas perspectivas críticas en educación», organizado por la División de Ciencias de la Educación, Universidad de Barcelona, publicada en Nuevas perspectivas críticas en educación, Paidós, Barcelona, 1994.

Título tomado del libro: Cómo diseñar un currículo por competencias. Autor: Julián de Zubiría Samper. pp. 47-50

Foto de prostooleh. Tomada de Freepik