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¿Para qué sirve la filosofía?

Por Juan Francisco Manrique
Magisterio
28/08/2018 - 15:00
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Foto de pict rider. Tomada de Adobe Stock
Una reflexión filosófica para futuros estudiantes de la disciplina
La mayor parte de los estudiantes de filosofía, e incluso, los filósofos profesionales, han sido puestos alguna vez contra la pared por sus amigos, padres, suegros, cónyuges, etc., con una pregunta en apariencia tan sencilla y común: ¿para qué sirve la filosofía? Preguntarse por la utilidad de la filosofía es algo que se hace, en la mayoría de los casos, no porque se quiera hacer una pregunta sincera sino porque se quiere demostrar a la persona que estudia esta materia que la filosofía no sirve para nada, y por tanto, que quien la estudia está perdiendo un valioso tiempo que podría invertir en tareas “más útiles”. El propósito de este escrito es hacer un análisis filosófico de las tres principales vías de respuesta a la pregunta por la utilidad de la filosofía y demostrar que ninguna de estas respuestas hace a la filosofía una disciplina deshonrosa.
1. La filosofía sirve para... 
La primera posibilidad de respuesta es la de esbozar la utilidad de la filosofía. Debo advertir que cualquier utilidad que queramos asignarle a la filosofía dependerá de la definición de filosofía que tengamos. Personalmente, me adhiero a la definición según la cual la filosofía es un saber que ayuda a sentar tesis sólidas sobre los fundamentos de todos los demás saberes. No estoy reduciendo la filosofía a la lógica, pero sí vinculándolas estrechamente. Al decir que la filosofía es un saber, quiero decir que es un conocimiento y no una mera forma de pensar o de especular. Al decir que la filosofía sirve para sentar tesis sólidas sobre los demás saberes, quiero decir que ella es necesaria para sentar las bases de todo saber, pues, a diferencia de cualquier saber particular, la filosofía resuelve preguntas tan generales que ningún saber puede abarcar, al menos no por sí solo, preguntas relacionadas directamente con dicho saber. 
Los ejemplos ilustran mejor: La pregunta sobre las personas de la Trinidad es una pregunta religiosa, pero la pregunta por el porqué debemos creer en Dios es una pregunta relacionada con la religión pero que la religión no puede responder desde ella misma; y no puede hacerlo porque la necesidad de creer en Dios es uno de sus postulados . Si un religioso responde a esta pregunta diciendo algo como “el hombre cree en Dios porque necesita de Él” o algo parecido, este hombre comienza a traspasar los límites de la religión y entrar en los feudos de la filosofía. De la misma forma, la pregunta por la ley de la gravitación es una pregunta científica, pero traspasamos el límite cuando queremos indagar por el fin último de la naturaleza, e incluso, por la posibilidad de que, efectivamente, la naturaleza tenga una finalidad. Es más, cuando sabemos que la aceleración de la gravedad es una cantidad matemática, comenzamos a filosofar cuando nos preguntamos por la validez de la matematización de la naturaleza, o por nuestra confianza en las matemáticas mismas. 
La política tampoco escapa de estas cuestiones. Cuando queremos resolver el conflicto armado en Colombia, el problema palestino-israelí en la franja de Gaza, o la guerra de Irak, estamos entrando en los dominios de la política, la economía, la geografía, la historia, –y la religión inclusive–; pero cuando queremos indagar por la necesidad del Estado, por el vivir en sociedad en lugar de aislado, o por la ideología política que está o estaría más en consonancia con la naturaleza humana, si es que existe algo como eso, entonces pasamos de la política a la filosofía política. En la historia, cuando narramos los hechos de un acontecimiento que cambió la vida de muchas personas estamos haciendo trabajo histórico, pero cuando indagamos por la trascendencia de esos hechos, por su significado, repercusiones, y aún más, si queremos demostrar que la historia tiene una cierta dirección, unas ciertas leyes y una regularidad, o también si queremos demostrar todo lo contrario, lo que estamos haciendo dejó de ser historia para convertirse en filosofía de la historia.
Cuando un psicólogo o un psiquiatra quieren curar a un paciente de una cierta fobia, o un trauma de niñez, sencillamente hacen la labor de su saber particular. Pero cuando quieren desentrañar las relaciones mente-cuerpo, y cosas parecidas, ya hacen filosofía, al igual que un médico hace su trabajo cuando extrae un tumor maligno de un paciente, pero cuando comienza a investigar por la vida y la muerte más allá de lo biológico, entonces dejó de practicar la medicina, pero no se desvinculó de ella. 
Los ejemplos son innumerables, pero como se ve, ayudan a dar sustento a nuestra definición. No sólo mostraron que la filosofía ayuda a sentar tesis sólidas sobre los fundamentos de un cierto saber, sino que es ella misma un saber porque es un conocimiento acerca de los fundamentos últimos de todo saber distinto de ella. Si recordamos además que esta característica de ser un saber sobre los fundamentos de todos los demás saberes le es dada porque responde preguntas generales relacionadas con saberes particulares que no pueden ser respondidas desde ellos mismos, entenderemos por qué la filosofía no solo es un saber general o universal (contrapuesto a saber particular), sino que por ello mismo es un saber teórico y estrictamente racional (contrapuesto a saber práctico y empírico).
Ahora bien, si tenemos un saber de esta naturaleza, ¿qué utilidad podría tener? Yo diría que muchísima. Imaginemos un filósofo que estudia los fundamentos de las matemáticas. Puede asesorar a los ingenieros o científicos sobre el uso de las matemáticas, darles un conocimiento sobre las bases filosóficas en las que descansa no sólo la matemática sino, también, nuestra confianza en ella, y en especial, podría exponer los límites de la matematización y alertar acerca de los peligros de sobrepasar esos límites, por ejemplo, llegar a tratar a las personas como meros objetos de cálculo. 
Un filósofo de la religión podría asesorar a los religiosos con respecto a las relaciones entre ciencia y fe, a las bases filosóficas de la religión, y asuntos semejantes. Incluso un filósofo de la política ayudaría a los políticos a dilucidar en sus respectivas tendencias o ideologías la naturaleza humana supuesta en ellas, la cual puede no ser conforme con lo que los políticos buscan, y en dicho caso, el filósofo podría sugerir reformas. También sería de utilidad para sugerir críticas que podrían recaer sobre una cierta tendencia política, y valorarlas teniendo en la mira lo que los políticos buscan con ella. En el caso del psicólogo, el historiador, y el médico, la utilidad del filósofo es similar a la que hemos expuesto en los casos anteriores. 
Con esto, creo que he hecho un panorama breve de las posibles utilidades de la filosofía, que podemos resumir así: dado que la filosofía es un saber sobre los fundamentos de todo conocimiento, el filósofo no solo es un maestro de la fundamentación, sino también de la interdisciplinariedad. Pero pasemos ahora a otro tipo de respuesta distinta a “la filosofía sirve para...”
2. La pregunta por la utilidad de la filosofía es una pregunta absurda
Otro tipo de respuesta que ya se ha vuelto famoso en la filosofía analítica es el de responder a una pregunta (filosófica) argumentando en favor del absurdo de la pregunta misma, argumentación que descansa sobre un análisis de los elementos que conforman la pregunta, en especial, por lo que se entiende por cada uno de ellos. La finalidad de esta argumentación no es responder a la pregunta sino sustentar los errores de su enunciación. Creo que una pregunta como ¿para qué sirve la filosofía? es susceptible de un análisis de esta naturaleza, y es lo que probaré en este aparte. 
La pregunta ¿para qué sirve la filosofía? trae consigo dos conceptos importantes: el de “servir” o “servicio”, y el de “filosofía”. Creo que en principio, la persona que pregunta no hace una diferencia tajante entre servicio y utilidad, de modo que una pregunta como “¿para qué sirve la filosofía?” resulta equivalente a la pregunta “¿cuál es la utilidad de la filosofía?”. Si no hace una diferencia tajante entre servicio y utilidad, es bastante probable que la persona que pregunta tenga una noción más o menos vaga de ambos conceptos, pero no obstante, creo que todo el que pregunta por la utilidad de la filosofía lo hace con base en la utilidad de otras materias. Por ejemplo: si a alguien le preguntan ¿para qué sirve la medicina?, dirá, seguramente, que para curar enfermos o lesionados, o al menos para intentar hacerlo. Lo mismo responderá un psicólogo respecto a la salud mental. Es decir, preguntar por la utilidad de un cierto saber es preguntar por la finalidad que busca, es preguntar por su propósito último, un propósito para el cual “sirve”. 
En términos generales, parece que esta es la noción de utilidad que usa quien pregunta ¿para qué sirve la filosofía? No obstante, las cosas son más oscuras cuando tratamos la noción de “filosofía”. En el numeral (1) de este artículo, hemos dado una cierta definición de la filosofía y hemos visto cómo esta definición estaba ligada a la utilidad de la filosofía que allí exponíamos, de modo que quien pregunta ¿para qué sirve la filosofía?, o no ha hecho el análisis de la noción de filosofía para deducir su utilidad (en caso de que conozca dicha noción), o tiene otra definición de la filosofía, o sencillamente no sabe qué es la filosofía. 
De ese modo, el filósofo o aspirante a filósofo puede responder a dicha pregunta de la siguiente manera: debe preguntar ¿qué es la filosofía? o ¿qué entiende usted por “filosofía”? La pregunta está justificada porque el interlocutor introduce el término en su pregunta ¿para qué sirve la filosofía?, de modo que en, principio, podemos suponer que tiene una noción de lo que la filosofía es. Ahora, el interlocutor puede hacer tres cosas; puede dar una definición igual o parecida a la que esbozamos en (1), puede dar una definición diferente y quizá personal respecto de la filosofía, e incluso, puede decir que no sabe qué es la filosofía. En el primer caso, podemos recriminarle que la utilidad de la filosofía está implícita en dicha definición, de modo que sólo faltaría mostrarle cómo se liga esa definición con la utilidad de la filosofía. El segundo caso es diferente; si la persona trata de dar una definición de la filosofía diferente a la de (1), e incluso una definición personal, podemos recriminarle que no tiene una definición correcta; esto podemos hacerlo dado que, en la mayoría de los casos, quien pregunta es alguien que no conoce la filosofía, o al menos no la conoce a fondo, razón por la cual es bastante probable que su definición (sobre todo si es personal) no sea una definición correcta o al menos compatible con lo que la filosofía es. 
El tercer caso presenta dos subcasos: el primero consiste en que el interlocutor no sepa qué es la filosofía, pero tema que al decirlo se muestre ignorante, razón por la cual inventará, aprisa, una definición a partir de sus cursos de filosofía del bachillerato o lo que escasamente haya escuchado. En este subcaso procedemos igual que en el segundo caso; sencillamente le mostramos (o demostramos) a la persona que su definición es errónea. El segundo subcaso consiste en que el interlocutor admita que ignora lo que es la filosofía, en cuyo caso, debemos mostrarle que la pregunta por la utilidad de la filosofía supone el concepto de filosofía, de modo que la pregunta se hace absurda cuando notamos que el propio interlocutor no sabía ni siquiera qué era aquella cosa o aquel saber por cuya utilidad preguntaba.
De ese modo, vemos cómo la pregunta por la utilidad de la filosofía se vuelve absurda: quien pregunta ¿para qué sirve la filosofía? supone una noción de filosofía. Si la tiene, y ésta es válida, podemos recriminarle que la pregunta no tiene sentido al tener la definición en la mano y no deducir de ella la utilidad de la filosofía. Si la tiene, pero ésta es incorrecta, podemos tratar de deducir de ella la utilidad de la filosofía. Si se deduce la utilidad, la pregunta es absurda porque la persona tenía también a la mano la respuesta, y si no se deduce la utilidad, llegando a la conclusión de que la filosofía no sirve para nada, también la pregunta es absurda, pues si no sirve para nada, ¿para qué preguntamos por su utilidad? 
Sin embargo, qué sucedería si la pregunta no fuera realmente absurda, sino que el anterior no fue más que un ejercicio sofistico para ocultar la respuesta que ningún filósofo quiere admitir: que la filosofía no sirve para nada. Analizaremos esta respuesta a continuación.
3. La filosofía no sirve para nada
¿Y si la filosofía no sirve para nada? En la actualidad utilizamos expresiones como “bueno para nada” o “tal o cual objeto sirve para tres cosas: para nada, para nada y para nada”. Lo peyorativo de estas expresiones hace que el filósofo sienta escozor cuando contempla que la respuesta a la pregunta ¿para qué sirve la filosofía? podría ser sencillamente: para nada. Lo que voy a argumentar en este aparte es que incluso si la filosofía no sirviera para nada, no por ello es una profesión despreciable. 
Todo el problema se halla en la noción de “utilidad”. Sostuvimos que cuando alguien preguntaba por la utilidad de la filosofía, lo hacía basado en la utilidad que se entrevé en otras materias, como la medicina, la psicología, la ingeniería, etc. Pero si hemos definido a la filosofía según (1), es decir, como un saber respecto a los fundamentos de todo conocimiento, no podemos comparar la utilidad de la filosofía con la utilidad de cualquier otro saber particular. En principio, todo saber particular parece tener un propósito específico, o por lo menos eso parece atestiguarlo el que en casi toda definición de un cierto saber aparezca no solo el objeto que estudia sino su utilidad; la medicina busca la cura de los enfermos, la política busca el orden de la sociedad, la psicología busca la salud mental, la ingeniería en sus diversas ramas busca solucionar problemas de construcción, problemas de producción, problemas de programación informática, problemas mecánicos y electrónicos, la economía busca la distribución equitativa de los bienes, la física y la química buscan las leyes de la naturaleza y sus elementos para su posterior control y aprovechamiento, las matemáticas nos ayudan a simplificar cálculos útiles a todas las demás ramas del saber, y así podríamos seguir con todas las ramas del conocimiento.
Con la filosofía sucede algo distinto. Es verdad que, de la definición que dimos en (1), podríamos deducir la utilidad de la filosofía como un saber acerca de los principios de todo conocimiento, saber que nos ayudaría a fundar saberes, a rechazar críticamente otros, o a abrir una puerta de diálogo entre saberes distintos, como lo sostuvimos en aquel aparte. Sin embargo, el hecho de que la filosofía sea un saber acerca de los fundamentos de todo saber distinto de ella, la deja en un puesto bastante curioso frente a la utilidad. Por ejemplo: decimos que la utilidad de la medicina es curar a los enfermos, pero el médico no admite una pregunta del siguiente calibre ¿porqué hay que curar a los enfermos?, esta es una pregunta filosófica que, ciertamente, no parece que se pueda responder desde la medicina, lo que quiere decir que el fin o propósito de la medicina se lo puso la filosofía, cuando algún filósofo o conjunto de ellos justificó que los enfermos debían ser curados. Nótese, entonces, que la filosofía queda como la que impone la utilidad o propósito a otras ramas debido, precisamente, a que dichos fines o propósitos necesitan, para mantenerse, de una justificación que resista el escrutinio filosófico, por lo cual, la utilidad debe ser filosófica. 
De ese modo, si la filosofía es la que impone el propósito a los demás saberes, no solo se refuerza lo absurdo de preguntar por la utilidad de la filosofía, sino que podemos llegar a pensar que, efectivamente, la filosofía no sirve para nada. Alguien podría creer posible que la filosofía se da a sí misma su utilidad, en cuyo caso podríamos responder diciendo que esta utilidad es la que esbozamos en (1). Sin embargo, contemplar la posibilidad de un saber “inútil” tampoco debe ser algo peyorativo o denigrante para la filosofía. Durante mucho tiempo se ha insistido en la filosofía en el tema de la teleología, es decir, el tema de la finalidad o el propósito último de todas las cosas. El mundo se divide, entonces, en medios y fines, donde los fines son aquello a lo que se aspira, y los medios son las herramientas para conseguir los fines. Se ha discutido el estatus de los fines frente a los medios usados para alcanzarlos, e incluso, sobre la ontología de unos ciertos fines en ciertas cosas. No es mi misión discutir esto aquí, lo que quiero es vincular la disertación que he llevado a cabo con la mecánica medios-fines.
Cuando hablamos de que la medicina busca la salud del cuerpo humano, estamos diciendo que la medicina es un medio o herramienta para alcanzar el fin de la salud del cuerpo. Lo mismo pasa con los otros saberes. Ahora, si decimos que la filosofía, o al menos, una cierta filosofía, es la que pone los fines a los demás saberes, o al menos a algunos, no sólo notamos que el estatus de la filosofía frente a los demás saberes es distinto, sino que preguntar por la utilidad de la filosofía parece, al menos a primera vista, un error categorial. 
Además, si todo saber es útil en la medida en que “sirve para algo” o “es un medio para algo”, me pregunto si la diferencia de la filosofía radica en que no es una herramienta para conseguir nada sino un fin en sí misma. Cuando se sabe que la psicología busca la salud mental, hace que la persona se dirija a ese fin en su profesión, pero hay una separación entre el ejercicio del psicólogo y el fin, puesto que el fin no lo trata la psicología sino la filosofía, como lo habíamos dicho. Pero cuando alguien quiere resolver el sentido de la vida (si es se puede hacer algo como eso), o resolver el problema de porqué debemos buscar la salud mental, la pregunta y la respuesta son filosóficas, de modo que podemos decir que el fin de la filosofía está en ella misma, o que ella misma es su fin, lo cual nos lleva a que la filosofía no sirve para nada. 
Sé que a pesar de estas cuestiones, la carga peyorativa de la expresión “la filosofía no sirve para nada” aun se mantiene. Para solventar un poco dicha carga, pensemos en un paralelo entre la filosofía y la felicidad. Pensemos en un tipo de pregunta como ¿para qué sirve la felicidad? Hay respuestas posibles como “para estar bien”, pero si preguntamos ¿para qué sirve estar bien?, es posible que el interlocutor sienta que es un ignorante o que se le está tomando del pelo. Ello es así porque ese “sentirse bien” es algo que no sirve para nada, pero no sirve para nada porque es deseado por sí mismo, no por otra cosa. Con relación al sentimiento, la felicidad o el “sentirse bien” son deseados por sí mismos y no por otra cosa, mientras en el conocimiento, la filosofía no sirve para nada porque es fin de sí misma, o al menos, tiene dentro de ella a su propio fin. 
4. Conclusión
Hemos visto que cualquiera de las tres posibilidades da resultado para responder a la macabra pregunta. Podemos hablar de la utilidad de la filosofía a partir de su definición, podemos demostrar que la pregunta es absurda, e incluso, podemos responder que la filosofía no sirve para nada, sin que con esto digamos que dedicarse a ella es perder el tiempo. Si alguien va más allá y trata de preguntar por la utilidad laboral de la filosofía, diremos que los filósofos son los mejores docentes y maestros, pues conocen y manejan los fundamentos de todo conocimiento, cosa que los ayuda a relacionar saberes volviéndolos maestros de la interdisciplinariedad, como lo habíamos dicho. Pero si preguntan es por la utilidad económica de la filosofía, diremos que dedicarse a ella puede que no deje muchos dividendos, pero es bastante seguro que el filósofo irá más allá, pues tendrá la justificación filosófica de por qué es mejor vivir con pocos dividendos que con muchos, pregunta que es, en esencia, filosófica, pero con relación a la economía.
Bibliografía
Aristóteles. (1998). Ética Nicomáquea-Ética Eudemia. Traducción de Julio Pallí Bonet.. Madrid: Editorial Gredos.
Aristóteles. (1970). Metafísica. Edición Trilingüe. Traducción de Valentín García Yebra. Madrid: Editorial Gredos. 
Avempace. (1997). El Régimen del Solitario. Traducción de Joaquín Lomba. Madrid: Editorial Trotta.
Notas
friedrichvonhansenberg@gmail.com. Obtuvo el título de Filósofo de la Universidad Nacional de Colombia en 2005 con un trabajo titulado El problema de la Mathesis Universalis en Descartes y Pascal, y en 2009 se gradúa como Doctor en filosofía de la misma institución con una investigación titulada La lengua Universal de G. W. Leibniz. Historia e Interpretación. Su campo de trabajo principal es la filosofía moderna (desde Descartes hasta Nietzsche), y desde 2009 es docente del departamento de filosofía de la Corporación Universitaria Minuto de Dios. Paralelamente se ha interesado por áreas de la filosofía como la filosofía del lenguaje, la filosofía política y la epistemología, principalmente. En la actualidad es líder del semillero de investigación de filosofía moderna en la institución en la que labora. Es miembro de los grupos de investigación "Pensamiento, filosofía y sociedad" de la Corporación Universitaria Minuto de Dios, "Dialéctica y Mos Geometricus" y "Darsana; Grupo de Estudios en Pensamiento Oriental", estos últimos en la Universidad Nacional de Colombia.
2 Sé que estoy reduciendo el concepto de “religión” a las llamadas religiones monoteístas. No es mi intención discriminar otros credos, sino que uso este concepto de religión en pos del ejemplo.
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