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Procesos de formación dentro del marco de la bioética

Por Alfonso Llano Escobar
Magisterio
06/07/2018 - 11:00
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Foto de Revista Internacional Magisterio No. 71
El autor parte del problema inherente a una formación científica y tecnológica, a saber, la falta de valores éticos y el poco cuidado por el trato humano del paciente. Ante todo, la solución debe partir de la calidad humana y ética de directivos y profesores y del ambiente humano de las facultades de medicina y de los hospitales universitarios.
La bioética no debe entenderse como algo paralelo a la formación académica y científica, sino como el espíritu y los valores que animen a la institución académica y a sus directivos y profesores.
La bioética es más un método que una ciencia. Hay que explicar a los alumnos la manera de participar creativamente en los diálogos bioéticos, guardando las normas que deben observarse durante las discusiones.
Palabras claves: Procesos, formación, futuros profesionales de la salud y bioética.
Introducción: el problema 
No se trata de enfocar con una percepción religiosa o moralizante la formación de los futuros profesionales de la salud, sino con un enfoque ético, concretamente, bioético, vale decir, a la luz del método y de los valores propios de la bioética.
El problema que queremos plantear, y, en la medida de lo posible, resolver, surge a partir del contexto en que se forman los profesionales de la salud, sin que queramos emitir con ello un juicio de valor sobre todos los ambientes donde se forman dichos profesionales: las facultades de medicina y los centros de salud, en especial, los hospitales universitarios, donde hacen sus prácticas de aprendizaje.
Tenemos a la vista un hecho, muy generalizado, sin que se pueda culpar de ello a dichas instituciones o centros de formación. Queremos llamar la atención de los formadores para que caigan en la cuenta de este problema y, por el bien de los futuros profesionales y de los pacientes que estarán bajo su cuidado, traten a tiempo, en la medida de lo posible, de remediar dicho problema 
Ante todo nos ocuparemos del contexto o causas que crean el problema. Luego pasaremos a indicar qué entendemos por bioética y en qué forma y medida entrarían los procesos de formación para contribuir a la solución del problema, mediante la formación integral de los futuros profesionales. 
De entrada, ya podemos dar un enfoque fundamental: los formadores, concretamente, los directivos y profesores, deben estar dotados del modelo que quieren y deben infundir en sus estudiantes: el hombre bien formado y bien estructurado, el hombre con criterios y valores morales. A través de los largos años de formación, deben inspirar e iluminar, con dicho modelo, la ciencia y la técnica propias de la profesión, y ponerlas al servicio de los pacientes y de la comunidad, en general. Ante todo, se requiere que los formadores conozcan de cerca, y en profundidad, el contexto en que se mueven los estudiantes, y que mediante los procesos de formación traten, no solo de superar el problema, sino de darles la mejor formación de que sean capaces. 
El contexto en que se mueven los estudiantes suele ser predominantemente científico, esto es comprensible, pero constituye un problema muy serio y generalizado. Las universidades escogen a los mejores profesores, los más sobresalientes por sus conocimientos y por el éxito en el ejercicio de su profesión. Dígase lo mismo de los centros hospitalarios que frecuentan: cada día, estos cuentan con aparatos más y más sofisticados, con fármacos muy eficientes y de alto costo, con tratamientos largos, exigentes y costosos; y con dotaciones de alta calidad.
Las unidades de cuidado intensivo (UCI), fruto de la segunda Guerra Mundial, constituyen una metáfora del contexto científico y técnico que queremos poner a la consideración de los formadores. Allí prevalece la ciencia y la técnica. El paciente, obviamente que en búsqueda de su mayor bien, se ve aislado del mundo familiar y social, se ve rodeado de atención médica de suma calidad, se ve privado de independencia, de autonomía, de luz natural y de reposo anímico. Allí, las horas se vuelven días y los días se convierten en semanas y en meses. El trato, por parte de médicos y enfermeras, es predominante, y exclusivamente, científico. Su nombre y su persona pasan a un segundo plano. Lo que cuenta es su enfermedad, los síntomas, y el propósito de superarlos para llevar al paciente a feliz término y que pueda dejar la UCI, en buen estado de salud. Durante su permanencia en la UCI, el enfoque de todo el tratamiento es médico, científico y técnico. Los familiares permanecen alejados del lecho de dolor del paciente: se les permite su acceso en horas limitadas y en momentos escasos, medidos por el inmisericorde reloj. El paciente se encuentra veinticuatro horas al día y siete días a la semana a disposición de los profesionales de la salud. Tanto el rico como el pobre reciben el mismo trato. Allí se iguala el obispo con el cura párroco y con los fieles. Lo que cuenta es la enfermedad. Todos son manejados por enfermeras y manipulados por camilleros, ante las curiosas miradas de los visitantes que los ven pasar, casi cubiertos del todo.
La pieza de hospital y el cuidado ambulatorio son proyecciones de la UCI: todo medido cuidadosamente por la ciencia y la tecnología, que tienen la primera y la última palabra. Y, ¿el trato? En gran parte, depende de la personalidad del profesional de la salud, de su iniciativa, no de la formación que recibió, ya que esta se centra en la ciencia y la tecnología. A pesar de la posible cercanía a la muerte, poco o nada se habla de ella. Es tema tabú. Que, como tal, se encuentra alejado del paciente. 
Tal contexto no es solo de los centros hospitalarios sino de las facultades, de los salones de clase, de las relaciones de los estudiantes con los directivos y profesores, de los libros y textos que deben devorar y aprenderse casi de memoria. Ciencia y tecnología ocupan todo su tiempo, todos sus sentidos, toda su atención.
Podríamos ampliar el contexto, pero las indicaciones que acabamos de dar, creo que son suficientes para presentarlo como problema y tratar de darle una adecuada solución, que aquí, en teoría, es relativamente fácil, pero en la práctica lleva mucho tiempo, maña y, en ocasiones, encuentra resistencia. 
El problema se presenta en encontrar la manera de llegar a ver al paciente como persona; la forma de llamar la atención del profesional para que repare en la dignidad, situación interna, los estados de ánimo del paciente, con frecuencia tan adversos y desatendidos por parte de los profesionales de la salud. Cómo hacer una medicina más humana, más integral, más personal, sin que queramos decir que toda formación sea deficiente, solo científica e inhumana. Pero se requiere una formación bien pensada y estructurada, bien diseñada y conformada con procesos de formación que ayuden a superar el problema aquí enunciado. 
Desarrollo 
El asunto es complejo y la visión de la formación debe ser holística. No bastan unas clases de ética o bioética. Con ellas no se resolvería un problema de tan bastas proporciones. Toda la formación y el ambiente de la facultad y de los centros hospitalarios deben ser humanos, deben ir inspirados en el modelo de hombre que queremos infundirles. El trato que reciban los estudiantes debe ser humano y ético, no solo científico y tecnológico.
Con frecuencia, lo más lamentable es la ausencia de valores humanos y éticos, siempre tan necesarios, y más en ese trance de la vida. Los costos cuentan. No toda la medicina es prepagada. Las EPS y las IPS juegan aquí un papel preponderante. A veces, estas entidades se encargan de limitar los tratamientos y los medicamentos. Todo esto es doloroso, con frecuencia humillante, falto de ética y de humanismo.
La causa de estos hechos viene de más arriba. La medicina y la ética crecieron divorciadas: la medicina se preocupó cada día más y más de hacer prevalecer la ciencia y la tecnología. Y la ética se quedó durmiendo en los libros y textos. 
Van Renselaer Potter, padre de la bioética, observó atinadamente: “Los valores éticos no pueden separarse de los hechos biológicos. Tenemos necesidad de una ética de la Tierra, de una ética de la vida salvaje, de una ética de la Población, de una ética del consumo”.
Es cierto. Se impone una ética de la salud, una ética del trato de los pacientes, una ética de las unidades de cuidado intensivo. La ética debe integrar toda la carrera, toda la formación, toda la vida del futuro profesional, entendiendo por ética, como dijimos en la introducción, no la religión, ni la moral teológica, sino la bioética: valores y principios al servicio del paciente.
A tan grande problema, presentamos como vía de solución la disposición de procesos de formación a lo largo de la carrera de los futuros profesionales, a partir de la bioética.
Veamos qué entendemos por bioética.
Tuve la suerte, antes de entregarme a la enseñanza de esta nueva ciencia y método, de visitar los cuatro centros donde nació la bioética.
Ante todo, visité personalmente al profesor Van Rensselaer Potter, en su centro de cancerología de Madison, Wisconsin, USA, considerado como el padre de la bioética; fui en compañía de cinco profesionales de la salud, del Instituto de Bioética de la Universidad Javeriana. Leímos sus obras, en especial, su obra clave para entender la bioética, Bioethics, Bridge to the Future.  
Hice luego una pasantía de un semestre en el Kennedy Institute of Ethics, de la Universidad Georgetown, en Washington. 
Varias veces, visitamos, en las afueras de Nueva York, el Bioethics Center, at New York on Hudson, fundado y dirigido por el sabio Daniel Callahan.
Finalmente, establecimos una buena amistad con el Profesor Francesc Abel, jesuita médico, fundador del Centro Borja de Bioética, en el pueblito Sant Cugat del Vallés, cercano a Barcelona. 
Del contacto con estos cuatro centros de bioética y con los profesionales allí presentes y activos, pudimos sacar en limpio que la bioética, en sus mismos orígenes, fue concebida como “el diálogo creativo, inter y transdisciplinario entre las ciencias de la vida y los valores éticos con miras a la solución de los principales problemas creados al hombre contemporáneo por la ciencia y la tecnología”. Veo claramente: que la bioética propicia un diálogo, a corto y largo plazo, entre dos saberes: los científicos y los éticos, entre hombres de ciencia y hombres estudiosos de la ética, con el fin de plantear y de tratar de resolver algunos de los problemas planteados al hombre contemporáneo por las ciencias y la tecnología carentes de valores éticos. 
Pero la bioética es algo más, mucho más que un diálogo. Este diálogo debe estar inspirado en un gran amor a la vida, a la Tierra, a la biología, al hombre.
El bioeticista debe ser un hombre integral, un hombre bien estructurado, un hombre abierto al presente y al futuro, respetuoso de la dignidad de toda persona humana, promotor de la vida, abierto al diálogo con personas de otras formaciones, credos religiosos, política, cultura y raza. De ese diálogo inter y transdisciplinar deben partir las soluciones a los problemas de la falta de humanidad y de ética, de la ciencia y la tecnología. No se trata de suplir ni de corregir estos saberes. Su significado es más hondo y de más amplias proporciones. La bioética debe inspirar el diálogo, debe conducir a soluciones humanas, debe crear ambientes sanos y agradables: debe facilitar acercamientos, debe acortar distancias, debe mirar al futuro, con mirada holística y humana.
La bioética, como espíritu, como diálogo, como saber, debe estar presente en la vida y obra de directivos y profesores de las facultades de la salud y centros hospitalarios. Solo así podemos pensar en resolver y superar el problema que planteamos al principio, en orden a establecer procesos de formación.
El profesor Lobkowicz, médico polaco, siendo presidente de la Asociación de Rectores de Universidades de Europa, en una sesión solemne les dijo esta frase lapidaria: 
“Si la Universidad renuncia a su deber de formar éticamente a los futuros profesionales, corre el riesgo de lanzar a la sociedad bárbaros, científicamente competentes, pero sin conciencia, que es el tipo de personas más peligrosas, que hoy existen en la sociedad”. Citado de memoria
Se requiere la habilidad de combinar valores con ciencia, labor compleja, pero necesaria. Recomiendo el libro “Valores, Responsabilidades y Compromisos en la Enseñanza de la Ciencia” del profesor Charles Birch. Dice en el comienzo de la obra: 
Hay dos grandes deficiencias en la enseñanza de la ciencia hoy día. La primera tiene que ver con la imposibilidad de encontrar un modelo filosófico adecuado del mundo alrededor de nosotros y dentro de nosotros. La otra es la limitación de la ciencia para considerar sus hechos junto con valores, con la consecuencia de que ésta, la ciencia, aparece como si fuera moral y éticamente separada. Estas dos deficiencias en la enseñanza de la ciencia están relacionadas y están dentro en el centro del problema al relacionar la ciencia y la fe (Birch, C. 1985).
Procesos de formación. ¿Qué se entiende por procesos de formación?
Primero, se entiende por proceso el conjunto de fases sucesivas de desarrollo de un plan o proyecto, en nuestro caso, de la formación de los futuros profesionales.
La formación del futuro profesional es larga y en ella, hoy día, predomina lo científico y lo tecnológico. Tiene que cambiar, debe contar, por parte de los formadores, con un modelo de Hombre.
Se trata de todo un plan. No es cuestión de aplicar ‘curitas’ al problema que planteamos al inicio. Como su nombre lo indica, el proceso se extiende a través de la formación del futuro profesional. Debe ofrecer un espíritu, un modelo de formación del futuro profesional, no solo normas concretas ni detalles de acción. Tal modelo debe ir fundamentado sobre la dignidad de toda persona humana.
La fundamentación debe ser antropológica. Así lo afirma la filósofa portuguesa María do Ceu Patron Neves en su artículo “Fundamentación de la bioética”, publicado en el primer número de la revista Selecciones de Bioética. Dice allí la filósofa: 
Atendiendo a la exigencia de fundamentación de la bioética en los modelos ya ensayados, sostenemos que solo un profundo sentido de lo humano, solo la comunión de un proyecto de personalización dirigido a la efectiva dignificación del hombre, solo una fundamentación antropológica de la bioética, le permitirá desarrollarse armoniosamente en cuanto a reflexión y práctica, cumpliendo también amplia y genuinamente con su original y radical sello humanista (p. 120).
Algunos pasos o componentes del Proceso de Formación 
A continuación, sugeriré algunos elementos que no pueden faltar en este proceso de formación humanístico y ético de los futuros profesionales.
  • Un primer semestre debe ir dedicado a dar las bases filosóficas de la dignidad de la persona humana. Aquí, el autor obligado, a nuestro juicio, es Kant, en su obra Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres. No es posible dar una fundamentación más universal y segura. Debe darla un profesor que domine la materia. 
  • Luego, un bioeticista, no un filósofo ni un eticista cualquiera, deberá ofrecer una visión original y bien fundada de la bioética, entendida como método, como diálogo creativo, inter y transdisciplinario entre saberes biológicos y valores éticos.
  • Sugiero tener en cuenta el libro del teólogo alemán Jürgen Moltmann Dignidad de la Persona humana. Este es breve y sólido. Vale la pena que todos lo lean y que el profesor lo comente en clase. 
  • Para no quedarse en mera teoría, tal profesor deberá hacer ejercicios con problemas concretos, como el aborto y la regulación de la natalidad, y otros varios, a pesar de la dificultad de no contar con un auditorio interdisciplinario. Cada alumno debería participar, desde su propio punto de vista, con libertad de opinión. 
  • La discusión o diálogo deberá tener en cuenta los cuatro célebres principios de la bioética, del Kennedy Institute of Ethics, a saber: el principio de Autonomía, el de Justicia, el de Beneficencia y el de no Maleficencia. Estos cuatro principios fueron presentados en el libro Principles of Biomedical Ethics, por los bioeticistas T L Beauchamp y J F Childress, investigadores del Kennedy Institute of Ethics. De dicho libro salieron al público por lo menos cuatro ediciones. Igualmente, el diálogo debe ajustarse a normas muy precisas para que dé buenos resultados. Sugerimos las siguientes.
Para entrar en el debate 
1. De entrada, saber que, al dar mi parecer, no puedo aducir argumentos de autoridad para justificarlo o fundamentarlo, sino de razón. 
2. Recordar el principio de Aristóteles: “El ser (el hecho o caso) no se da jamás completo a nadie”, en otras palabras, el ser es poliédrico, polifacético, complejo y cada persona, aun entre los que presenciaron el hecho, posee tan solo un punto de vista, una parte de la verdad del hecho.
3. Tener en cuenta que en el comité se va a hacer presente la cultura actual polimorfa: diversidad de religión, de ética, de filosofía, entre otras, pero con un predominio de la fraternidad humana. Dígase cada uno: “nadie puede ser extraño para mí”. Mirar con simpatía a todos.
A continuación, se presentan los valores que deben observar todos los participantes en un comité o diálogo de bioética:
1. Humildad: (según Potter) para asumir la función de participante:
Reconocer que no tengo toda la verdad, sólo parte: un punto de vista del caso o tema. Por lo demás, sentirme con el derecho y el deber de participar.
Por ser católico (sacerdote o monja), no soy ni inferior ni superior a nadie: soy uno del grupo, igual a todos los demás.
Reconocer el derecho de los demás a presentar su punto de vista.
2. Respeto: viene de “re-spicere” mirar de nuevo.
Prestarle atención al otro, reparar en la dignidad de mi interlocutor. Considerar al otro como persona, importante, reconociendo su dignidad de persona humana. Prestar atención a la persona y a su punto de vista. Falto al respeto debido al participante, cuando me distraigo y me ocupo de otro asunto, mientras él habla.
3. Tolerancia
No asustarme por nada. Estar dispuesto a convencerme por los argumentos de los demás, así sean de izquierda, o vengan de ateos.
4. Amor a la verdad
Todos y cada uno posee parte de la verdad. Mostrarme abierto a captar la parte de verdad del que habla.
5. Audacia para participar
No callarme por miedo o timidez. También los demás sienten algo igual. Sentirme persona con la oportunidad de actuar como tal.
6. Moderación al habla
Hablar de tal manera que todos me oigan cómodamente, ni muy bajo ni muy alto, y no permitir que la pasión me saque de casillas. Aplicar el dicho: “Bajar la voz y subir el argumento”.
El moderador, sin forzarse, debe procurar que el debate llegue a un consenso. Si no se logra, citar al grupo para una segunda reunión, procurando cambiar a algún participante, o invitar a alguno más.
De hecho, un comité, como tal, no debe tomar decisiones, sino llegar a consensos. Se debe levantar un acta de la reunión y presentársela al director de la Institución, a quien compete aceptar o no, el consenso, y decidir llevarlo a cabo.
Hasta aquí, se han mencionado las normas para los debates, discusiones y clases, según el método propio de la bioética.
Otro de los cursos de bioética debe ir dirigido a la discusión de temas importantes de la salud, con el método propio de la bioética.
Importante: no solo los cursos de bioética deben estar orientados a la formación de los futuros profesionales. Todo el ambiente de la carrera, y, en la medida de lo posible, los centros hospitalarios, donde hacen sus prácticas los estudiantes, deben estar imbuidos en el espíritu humanitario y ético. 
Referencias 
Potter, Van Rensselaer. (1971). “Bioethics, Bridge to the Future”. New Jersey. Prentice Hall. Oxford Univ. Press.
En la revista Selecciones de bioética. No. 1, p. 122.
“Values, Responsibilities and Commitments in the teaching of Science” de Charles Birch, publicado en el libro: “Science, Education and Ethical Values” Introducing Ethics and Religion into the Science classroom and Laboratory, pp 20-31. Edited by David Gosling and Bert Musschenga. Printed in Switzerland, 1985.
“Fundamentación Antropológica de la bioética” publicado en el primer número de la revista Selecciones de bioética, p. 120. 
(1984). La Dignidad de la Persona Humana. Ed. Sígueme, Salamanca. 
(1994). “Principles of Biomedical Ethics” por los bioeticistas T L Beauchamp y J F Childress, investigadores del Kennedy Institute of Ethics. Oxford, 4 ed. 
 
 
 
 
 

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