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¿Quién educa hoy?

Por Mari Carmen Díez Navarro
Magisterio
27/02/2019 - 10:30
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Foto de Pixabay

¿Todos? ¿Nadie? ¿Los padres? ¿Los abuelos? ¿Las pantallas? ¿La escuela? A lo largo del tiempo ha habido diversas maneras de educar; desde la crianza sin más pretensiones que hacerlo para el trabajo, hasta la educación desde el punto de vista moral o religioso. Desde las formas autoritarias —a base de miedo, disciplina y castigos—, hasta la permisión. Desde el aprendizaje por medio de la copia, hasta el aprender por medio de la experimentación y la investigación. Desde la transmisión oral y la repetición, hasta la inclusión del juego, la palabra compartida y el placer. Desde considerar la educación como algo individualista, hasta la valoración del grupo, el entorno y lo social. 

Ahora nos preguntamos: ¿quién educa hoy? Interrogante que señala una duda, un agujero, una falta. Provoca la rápida respuesta de que no educa «nadie»; sin embargo, lo que deberíamos decir es que educamos «todos». 

En las casas hay prisas, poco tiempo para dedicar a los hijos y charlar, problemas de trabajo, separaciones, niños con la llave de la casa en el bolsillo, soledad, televisión. Faltan presencias, tiempo, palabras, normas, un entorno que cobije, apoye y ofrezca experiencia. Sobran pantallas, afanes, narcisismo, exigencias y sobreprotección.

En la calle se considera a los niños como un vendaval arrollador; como seres capaces de molestar y robar la paz a los adultos. Incluso a veces se ignoran sus eventuales comportamientos incorrectos para evitar problemas con sus familias si se les llama la atención. O sea, acabamos mirando hacia otro lado mientras los niños quedan a merced de sus impulsos. 

En la sociedad hay una acomodación al consumo, una aceleración en la crianza, una cesión de la educación y la convivencia a favor de la tecnología; una permisividad que dice querer el autocontrol de los niños cuando, por definición, los niños son heterónomos en las primeras edades. 

En los medios se transmite, o bien un concepto de niño «bebé», reducido y simplón, o bien «adultizado», listillo y casi cínico. Cada vez se descuida más el control de las edades aconsejables para los programas infantiles, se ignora el lenguaje adecuado en el doblaje de películas y se les expone a anuncios con situaciones violentas, sexistas, superficiales, sin ley…

Ante tantas ausencias significativas llega a la escuela una delegación enfocada hacia la educación emocional y la «enseñanza de valores»: educación vial, medioambiental, emocional, educación para la paz, integración y coeducación. Y aunque la demanda es alta y la escuela no deniega, hay fallas subyacentes. Por una parte se desestiman los recursos habituales —que siguen siendo buenos—: los vínculos con el maestro y con los compañeros; el ambiente como eje vertebrador; el juego; la autonomía; la curiosidad; las normas estables; la escucha; y el valor del grupo. Por otra parte se escatiman los medios necesarios: medidas preventivas de dificultades; equipos de profesionales; diagnósticos tempranos; maestros y educadores de apoyo; servicios de logopedia; terapias, y refuerzos. Además, como el encargo resulta excesivo, pasamos de la omnipotencia de decir: «sí» a incluir estos temas en el día a día de la escuela, a la impotencia del: «no puedo».

Y es que, tanto en los discursos actuales sobre la infancia, como en las prácticas de crianza, se están colando elementos que valdría la pena considerar por las repercusiones que están teniendo en los comportamientos de nuestros niños. Hay un concienzudo empeño en que no sufran, que no les falte de nada, que no se frustren, que no se traumen. En cambio, no se les pide, o al menos no con la suficiente convicción, que traten bien a las personas, que no desperdicien la comida, que le den una mano a quienes lo necesitan, que saluden, que respeten la vida, que acaten las normas... 

El niño necesita ser y que se aliente su identidad por estrenar. Necesita aprender con placer, con ilusión, con apasionamiento. Debe tener a mano libros, amigos, juegos y adultos acompañantes en su aventura de descubrir.

Los razonamientos de los adultos se extreman entre este nirvana del «dejar hacer» —poca norma y mucho obsequio de juguetes y máquinas de juego— y, justamente lo contrario: exigencias que demandan a los niños saberes y excelencias varias. Es decir, o «haz lo que quieras» o «haz todo lo que te pido y que esté perfecto». O ambas opciones a la vez. Con la variante más reciente de la «autorregulación», que resucita un estilo conocido de hace décadas, que otorga a los niños la posibilidad de decidir sobre los pormenores y los «pormayores» de sus vidas con la excusa de que así se les respetan las libertades. Discursos contradictorios que conviven en estos momentos de incertidumbre, dejando entre paréntesis al descuidado sentido común.

Parece que estamos haciendo durar en exceso aquellas reacciones contra la educación autoritaria que vivimos en un momento histórico determinado y que, revestidas de un falso «democratismo», borran los lugares y los papeles diferenciados de padres e hijos; adultos y niños; maestros y alumnos. Parece que hemos perdido el norte y pretendemos que nuestros niños se críen solos —o con la televisión—, como si se nos olvidara que un menor no se hace en un día. Parece que nos cuesta sostener nuestro lugar de educadores y todo este desconcierto está provocando en los infantes descolocación, confusiones, «adultización» y conductas desajustadas. 

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Si pensamos en los niños de ahora veremos que muchos de ellos tienen una serie de características que les conforman un estilo de vida muy diferente al de generaciones anteriores. Son niños que gozan de muchos privilegios; tienen diversas maneras de venir al mundo, de alimentarse; poseen indistintos lugares para estar; se trasladan de múltiples maneras; implementan diferentes prácticas de cuidado de su salud; poseen otro tipo de entornos, casa, ropa, juguetes, horarios, costumbres. Son niños conocen muy pronto un teléfono, una lavadora, una aspiradora, Internet. Están rodeados, desde que nacen, por estímulos visuales y auditivos, representados en músicas, sonidos, palabras, colores. O sea, tienen bastante de lo que necesitan. 

Sin embargo, tienen unas cuantas carencias. Les falta tiempo para jugar, para relacionarse, para aprehender la realidad a su ritmo y manera. Les falta calma para ir creciendo sin apremios, competiciones o acaloramientos. Les falta una suficiente contención de los adultos para vivir su infancia sin tener que ir averiguando por sí mismos hasta dónde pueden llegar. Les falta el regalo de un «no» claro y afectuoso cada vez que lo necesitan. Les falta el privilegio de un «sí» que les ayude estimarse y a tener autoconfianza. Les falta nuestra invitación contundente y esperanzada a vivir en un mundo que no percibimos suficientemente apacible. 

Educar es conducir, enseñar, guiar, acompañar…, pero también es corregir, reprender, frenar, contener. Así que posiblemente tendríamos que volver a tomar las riendas de la educación.

Y es que, a pesar de tantas abundancias, hay que elegir lo más afinadamente posible, porque, como sabemos, no da igual hacer una cosa que otra en cuestiones de educación y de crianza. No es lo mismo dar de mamar a los niños, que no darles; leerles cuentos, que no leérselos. No da igual frenarlos, que no frenarlos; dejarlos con unas personas o con otras, en unos lugares o en otros; darles un tipo de alimentación u otro; vacunarlos o no vacunarlos. No da igual engañarlos, que decirles la verdad; responder a sus preguntas, que contestarles con evasivas —o no contestarles—. Ni plantear la escuela como un lugar de repetición o de búsqueda. No da lo mismo nada, porque las experiencias son como los ladrillos y se van apilando unas encima de otras para construir el edificio que será cada cual. 

En los primeros tiempos el niño necesita ser cuidado y atendido; escuchado y «coreado»; mecido y cantado. Requiere que jueguen con él, que le inviten a la risa, al movimiento, a la autonomía; que no se le exponga a tensiones que no podría elaborar y quedarían prendidas en su frágil psiquismo. El niño necesita disfrutar primero de la seguridad del núcleo familiar y después aprender a separarse de él. El niño necesita que se confíe en sus capacidades y que se le contenga en sus excesos. 

El niño necesita ser y que se aliente su identidad por estrenar. Necesita aprender con placer, con ilusión, con apasionamiento. Debe tener a mano libros, amigos, juegos y adultos acompañantes en su aventura de descubrir. Tener una libertad de acción que le permita equivocarse y crear. Convivir con unas normas que le permitan no desbordarse y respetar a los demás. Tener una escuela que espere y acoja, que de cabida a sus individualidades, que permanezca abierta a los mundos que lo envuelven y lo conforman. Mundos de adentro y de afuera. Mundos de hoy y de mañana. Mundos de uno y de muchos.

Educar es conducir, enseñar, guiar, acompañar…, pero también es corregir, reprender, frenar, contener. Así que posiblemente tendríamos que volver a tomar las riendas de la educación. Es importante que acompañemos a los niños en la construcción de su andamiaje emocional, que les expliquemos con claridad; que les escuchemos, estemos cerca y les paremos los pies cuando les haga falta. Ofrezcámosles cariño y ley, ese binomio de salud válido para cualquier situación por muy difícil que sea. ¡Y que sea pronto!

Mari Carmen Díez Navarro. Maestra y psicopedagoga, especialista en Educación Infantil. Coordinadora pedagógica, durante veinte años, de la Escuela Infantil Aire Libre de Alicante. Participa habitualmente en actividades de formación del profesorado y colabora en publicaciones pedagógicas. En sus trabajos aparecen, como hilos conductores: la escucha a los niños, el vínculo maestro-alumno, la inclusión del mundo emocional en la escuela, la valoración del grupo, las relaciones, la expresión y la creatividad. carmendiez.com

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