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¿Quiénes somos y a quiénes educamos? Reflexiones bioéticas

Magisterio
11/07/2016 - 15:15
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Foto de : Daniel Rubio. Tomada de: Flickr

Zygmunt Bauman, sociólogo polaco, es un excelente observador de los fenómenos psicoculturales de las generaciones juveniles actuales y los contrasta con los comportamientos de sus padres y educadores. Califica de “Modernidad líquida” la tendencia contemporánea y a las personas mayores, nos ubica en la “Modernidad sólida”. Vale aclarar que lo sólido puede volverse líquido y gaseoso. ¿También lo contrario? Inspirándonos en las agudas publicaciones de Bauman, que anexamos como bibliografía, aportamos reflexiones bioéticas para que los lectores realicen sus propios análisis.

Palabras clave: Cambios, comportamientos, globalización, tecnociencias, bioética.

 

Lo único permanente es el cambio

Unas de las características del mundo contemporáneo es la velocidad con que se lleva la vida y los innumerables cambios de las personas, las costumbres y las cosas. La realidad se mueve. Todo cambia. Nada permanece igual, aunque nos llevemos la falsa ilusión de apariencias que se quedan fijadas en nuestra memoria, acotando recuerdos que no quisiéramos olvidar porque nos duele perderlos. Es muy doloroso perder a una madre, a un hijo, a una esposa, a una novia bella que dejamos ir torpemente y que aún la llevamos en el alma, perder la casa paterna, o un paisaje hogareño que arrulló con sus ternuras nuestra infancia. Nadie quiere desprenderse de lo que ama.

 

Todos estos recuerdos que marcan nuestra subjetividad positivamente permanecen congelados en lo más íntimo de nuestro ser, sin envejecer. Sin caducidades. Desafiando el tiempo y sus patrañas destructoras de nuestras querencias. Sólo anclándonos en el mundo del afecto nada cambia. Todo permanece igual de inspirador como en la edad primera, renaciendo siempre como la primavera. Porque el mágico poder del afecto hace milagros. Allí todo permanece jubilosamente vivo.

 

Sin embargo, cuando los recuerdos son negativos, cargados de rabias, odios y rencores es muy difícil erradicarlos de nuestra trastienda psicológica porque no paran de corroer y mohosear el alma. Son pésimos inquilinos que se nos enquistan sin pagar renta. Si no los echamos a tiempo de nuestra casa, ellos terminan reclamando derechos de posesión como cualquier invasor de terrenos baldíos. Y nos tocará vivir con ellos, muy a nuestro pesar. Solamente el perdón que Dios inspira en el corazón de los creyentes logra sanar las heridas de los infortunios existenciales que no se olvidan, pero ya no duelen después de perdonar.

 

Por otra parte, la realidad objetiva no es así. Sigue su camino azaroso sin detenerse en nada, cambiándolo todo. Lo que fue ya no es. El presente siempre es algo nuevo. Y el futuro sólo existe cuando se vuelve presente. Razón tenía Heráclito, el viejo filósofo griego presocrático, cuando dijo: “En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]”. “Todo fluye”, pensaba el filósofo. Así que nunca es posible bañarse varias veces en el mismo río porque este se mueve y cambia sin cesar, galopando cuesta abajo en su corriente tormentosa que le da continuidad. Tendríamos que agregar que también el bañista en algo cambia con cada zambullida, no es lo mismo de antes, aunque siga siendo él mismo, porque su esencia permanece. Parménides, otro presocrático, confirmó esto último: la permanencia del ser.

 

La filosofía heraclitiana del fluir permanente de la naturaleza, del continuo devenir, de dar de sí novedades que no existían antes, de la evolución, la corroboran actualmente las ciencias físicas y biológicas. En todas partes, los cambios modifican cuanto tocan. Es el tiempo lo que está tocando todo. El macro-tiempo medido por los relojes, los calendarios y la velocidad de la luz del universo en expansión. Pero también el micro-tiempo psicológico que va al ritmo de los afectos y desafectos, alegrando la vida individual o arruinándola con profundos pesares. Y con los dos anteriores, el meso-tiempo está gestionado por la cultura dominante que todo lo manipula y modifica creativamente con sus modos diversos de pensar y de vivir la vida, especialmente con el gigantesco poder de las tecnociencias. (Conozca la Revista Teconologías de la infomación y la comunicación en la educación).

 

Que todo fluye y cambia se hace evidente tanto en el mundo contemporáneo urbano como en el rural. Hasta en los sectores campesinos y pequeñas poblaciones, otrora de paso lento, abundante tiempo para la serenidad, las comidas tranquilas en familia, largas siestas, compartires vecinales, fiestas parroquiales, votos matrimoniales hasta que la muerte los separe, labranzas manuales y, en fin, vida apacible al ritmo del aparente lento fluir de la naturaleza, el reloj hiperactivo de los celulares urbanos ha llegado para quedarse en todas partes. Ese reloj que, al engullir las recargas de minutos en un santiamén, infunde nerviosismo entre sus adictos que no paran de hablar, chatear y preguntarle al profesor Google cuantas necedades se les ocurre.

 

Nada es estático. Todo está en movimiento y evolución. No tanto como en los grandes centros urbanos contaminados de estrés, polución ambiental, atracos, desempleo, competitividad, anomía y todo costoso. En las ciudades, más que en el campo, se padece de soledad afectiva aunque caminemos inmersos en multitudes. Quizás conocemos mucha gente, pero de manera superficial y pasajera, con relaciones frágiles y epidérmicas como aquellas que establecemos platónicamente con los personajes de la tele que cuentan con nosotros como simples números en los sondeos estadísticos de audiencia.

 

Todavía a las casas campesinas y de algunas cabeceras municipales se les puede llamar “viviendas familiares”, con toda propiedad, porque la gente nace, vive, trabaja, se recrea y muere en ellas acompañados solidariamente de los suyos. Pero en las metrópolis, las casas están siendo suplantadas por condominios con edificios de minúsculos y costosos apartamentos hostiles para los niños, ancianos, mascotas y plantas. Ya no son viviendas, ni residencias, sino pequeños dormitorios, porque la vida larga del día se lleva en los sitios de trabajo, en los despedidores restaurantes de comida rápida (también llamada “comida chatarra”), en los planteles educativos y en los centros comerciales.

 

Puesto que hoy no hay tiempo para cocinar nada serio, no existen más las empleadas domésticas y los niños escasean. En un futuro próximo, posiblemente desaparecerán también las cocinas, pues el hambre se alivia con cualquier sánduche frio, comidas precocinadas que se calientan en dos minutos, o con alimentos ligeros que llevan a domicilio en motocicletas. Y en vez de cocina, los matrimonios jóvenes urbanos y sin hijos, quizás preferirán un microondas, internet inalámbrico y doble garaje. Esto ya comenzó con los apartaestudios.

 

En los apartamentos nadie nace ni muere, para eso son los hospitales con toda su parafernalia tecnológica y servicios burocráticos despersonalizados. Y qué decir de las funerarias… todo reglado estéticamente para que la velación y el duelo sean más un acto social que una condolencia afectivo-espiritual. Hoy se prefiere la cremación y los ritos fúnebres no con el cadáver que incomoda a propios y extraños, sino con las cenizas en una urna discreta. No lucen bien el llanto, las lamentaciones y los rostros tristes ante los invitados al funeral, como tampoco los trajes negros de luto riguroso. Es mejor aparentar fortaleza de ánimo y evitar largos abrazos y palabras conmovedoras de consolación, pues cada vez hay menos personas con tiempo y comprensión suficientes para repetidos acompañamientos de pesar a los dolientes. Las nuevas reglas sociales urbanas dejan la pesadumbre severa para la privacidad del duelo, pues es mejor en nuestros días proyectar siempre una buena autoimagen ante la gente. Esta es la tendencia en las grandes urbes aceleradas, donde la muerte estorba, interrumpe nuestras rutinas y múltiples compromisos diarios. La muerte no va con el modelo de felicidad que nos vende el sistema educativo, las piñatas de avisos comerciales en todos los medios, las compañías de viajes turísticos, las infinitas ofertas de planes recreativos y hasta el mismo imaginario colectivo publicitado por las agencias de salud prepagada.

 

De todas maneras, se vive mejor en los pueblos y fincas, donde los vínculos interpersonales tienen la fuerza duradera del hogar y las amistades sinceras, se respira aire puro, se cosechan frutos de pancoger, ya se cocina con gas, es común el teléfono celular, con la electricidad llegan los electrodomésticos y se mantiene interconectado con el mundo. Hasta la pobreza es más llevadera en el campo. Claro está que el campo colombiano sería un paraíso sin la violencia asesina y expulsora. Y si la educación, la salud y el empleo hiciesen allí presencia con cobertura y calidad.

 

En fin, ¡que vivan los cambios! Porque si la naturaleza cambia permanentemente para dar de sí biodiversidad por autopoiesis2, los seres humanos somos también naturaleza con un plus de emotividad, volición, inteligencia y creatividad, con lo cual hacemos cultura y somos cultura. Con la cultura devenimos en ser una fábrica incesante de deseos que nunca paramos de satisfacer. Especialmente los jóvenes que se quieren beber la vida de un solo trago. ¡Lástima que los adultos no les sigamos el ritmo! No importa si en todo cambio algo valioso se pierde. Lo importante es que en las restas y sumas no quedemos en rojo, obtengamos ganancias.

 

A las personas mayores nos aterra caminar entre luces y sombras. Nos llenamos de inseguridades. Detestamos las incertidumbres. Queremos ir a la fija en todo. Percibimos apesadumbrados las crisis culturales y somos lerdos para buscar soluciones. Nos falta capacidad de riesgo para cambiar lo que debemos abandonar a tiempo por obsoleto. Porque somos de corta creatividad, innovación, lucidez y audacia. Y con estos lastres que hacen la vida lenta, ¿con qué autoridad moral presumimos de ser educadores para cambiar la sociedad hacia una vida mejor? ¿Seremos un palo en la rueda de la carreta estudiantil, briosa y veloz?

 

La crisis de por sí es positiva y nos purifica de seguridades fútiles. Nos lleva a asirnos de lo esencial, a esperar una nueva creación, a re-crearnos, cuando parece que reina el caos predicado como desgracias por ruinosos profetas apocalípticos.

 

La crisis es global, porque vivimos en un mundo globalizado que ha convertido el cambio acelerado en el nuevo paradigma cultural. Ya no podemos volver atrás, a las viejas costumbres; la naturaleza tampoco lo hace porque el tiempo es irreversible y no pasa en vano. El mundo moderno echó por tierra las ideologías, los fundamentalismos y las falsas seguridades. Estamos en una era de cambios, pero también en cambio de era que nos exige vivir en el espacio de la diversidad y la alteridad, de la tolerancia y la inclusión, de la fidelidad creativa, de fortalecer la espiritualidad para trascender exitosamente el secularismo y el materialismo consumista. En fin, la cultura del cambio nos está pidiendo pasar de los signos de los tiempos al tiempo de los signos. En esto está la bioética. (Lea Bioética para nacer y ética para vivir).

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Pensar globalmente y obrar localmente 

El mundo globalizado ha llegado a convertirse en una “Aldea global”, como lo pronosticase Marshall McLuhan, en 1970, gracias al gigantesco poder de los medios masivos de comunicación social que acortan el tiempo y el espacio con un torbellino noticioso de aconteceres planetarios en lo local, a la vez que universalizan las pequeñas culturas, los escándalos y trivialidades regionales. Esto nos convoca a pensar globalmente y a obrar localmente. A sentirnos ciudadanos del mundo. Responsables con su suerte. A romper fronteras que solamente existen en los mapas y en los nacionalismos de cuño trasnochado. (Lea Educación y globalización).

 

Si bien los mass media todo lo socializan al instante y forman opinión, también ellos están a merced de las fuerzas económicas del mercado para publicitar, crear necesidades y vender todo tipo de mercancías que ayudan, unas, a facilitar las onerosas tareas diarias, mientras otras se encargan de llenarnos de utensilios inútiles e innecesarios para satisfacer la demanda de felicidad, a cuenta gotas, que devoramos ávidamente en la Sociedad de producción y consumo.

 

Los dos tipos de mercancías, las útiles y las innecesarias, se hacen rápidamente obsoletas. Fabricar todo de manera obsolescente es hoy el mejor negocio. Así las industrias no paran de producir nuevos y supuestamente mejores productos, pero de poca durabilidad para que se mueva sin parar la economía y la gente no deje de consumir. No importa si la productividad agota los recursos naturales, destruye la atmósfera con el uso de combustibles fósiles y convierte nuestra casa terrenal en infinito basurero de desperdicios tóxicos, radioactivos y no biodegradables. Los seres humanos somos los únicos bichos que hacemos basura4 y destruimos la naturaleza. Somos ecocidas y suicidas. ¡Qué vergüenza! Nos falla la ética que cuide la vida.

La ética que necesitamos hoy, ante la enorme crisis ecológica, es aquella que ofrezca un cambio del paradigma antropocéntrico a biocéntrico: la bioética. El viejo paradigma an

tropocéntrico ha dado lugar al modelo de hombre “prometéico”, es decir, autosuficiente, arrogante, todopoderoso, endiosado, manipulador de la naturaleza y de sí mismo con la ciencia y la tecnología. Indudablemente, la bioética en alianza con la sabiduría5, seguirá teniendo al ser humano como sujeto agente de moralidad, en virtud de sus condiciones volitivas y racionales que le abren espacios de libertad, a diferencia de los otros seres naturales. (Conozca la Revista Globalización, cultura y educación).

 

Educar sabiamente para la Sociedad del conocimiento 

Nuestra “Aldea global” también recibe hoy en día los nombres de Sociedad del conocimiento y Sociedad del riesgo, en el caldo de cultivo económico de la ya mencionada Sociedad de producción y consumo. Para esta sociedad tecnocientífica, pragmática, acelerada, materialista y con poca sabiduría se creó la bioética, como bien lo anota Potter.

 

En la medida en que la distancia entre ciencia y tecnología fue desapareciendo para convertirse en tecnociencia, también las certezas de su bondad se vieron confrontadas por el aumento de los riesgos y la no vuelta atrás de los enormes perjuicios causados al hombre y al medio ambiente, unas veces de manera accidental, como en los casos de Chernobyl (26 de abril 1986) y Fukushima (11 de marzo 2011); otras por la perversa destrucción masiva con armas biológicas, químicas, nucleares y…, en la mayoría de los casos, por la industrialización globalizada y altamente contaminante que no para en su carrera loca por satisfacer la demanda consumista de bienes y servicios. Las acciones tecnocientíficas contemporáneas, por el inmenso poder que ellas comportan y por sus impactos masivos en la biosfera, tienden a magnificar tanto las oportunidades como los riesgos, a la vez que los miedos y las incertidumbres, en la conciencia colectiva de la sociedad globalizada, con déficit de sabiduría.

 

Esta dinámica de globalización de la cultura tecnocientífica, que involucra también a los países del Tercer Mundo en condiciones neocolonialistas, cobra el nombre de “Sociedad del conocimiento”, también llamada “Sociedad del Riesgo”, y sugiere la necesidad de una urgente toma de conciencia bioética, puesto que está afectando el mundo de la vida biológica y cultural, lo que recae fundamentalmente sobre el sistema de valores morales que da consistencia al individuo y al grupo social, donde la sociedad compromete su vida presente y futura. La dinámica de dicho compromiso consiste en producir y modificar permanentemente conocimientos, ideas, estructuras y valoraciones, sin miramientos éticos pertinentes.

 

Unos de los riesgos de esta sociedad es que programa su propia obsolescencia moral porque crea vacíos de valores por su afán de anticipar futuros mejores, establece dudas entre el bien y el mal en pos de una vida hedonista, aboga por el libre examen criticándolo todo, genera incertidumbre y relativismo, propende por actitudes de tolerancia y sincretismo, a la vez que enrarece la cultura haciendo creer que en ella todo vale, como en la lucha libre.

 

Nuestra pertenencia a estos fenómenos macrosociales conlleva un complejo sistema educativo formal e informal, que tiene como vicio y virtud romper modelos históricos de identidad para que cada educando cree el suyo propio en el libre desarrollo de la personalidad.

 

Con gran facilidad y poder de fascinación, especialmente el sistema educativo informal, destruye íconos valiosos de personajes que con sus vidas meritorias iluminaban el deseo de los jóvenes de ser grandes como ellos, y en su lugar oferta una variopinta pinacoteca de íconos para imitar, según gustos e intereses exigentes o light. Íconos que son ídolos traídos del cine, del deporte, de la música, de los negocios prósperos y rápidos, de las ciencias, de las modas, de la fama, de la sexualidad sin pudores, de los nuevos ideales de belleza corporal y de aquellas actividades riesgosas que llevan la adrenalina a su máxima expresión. Estamos en el “imperio de lo efímero” (Gilles, L. 1990, pp. 225-231).

 

Como estos íconos contemporáneos llegan y pasan con gran rapidez, porque su combustible es el cambio permanente, generan en sus “fanes” personas con identidades migratorias, relaciones humanas inestables, vínculos con cáscara de huevo que se rompen fácilmente, costumbres pasajeras, voluntades frágiles sin resistencia para sostener esfuerzos de largo aliento, e incoherentes en sus principios y valores morales. En esta sintomatología caen los matrimonios que se divorcian pronto, los votos sacerdotales fallidos, la honradez que sucumbe ante la oportunidad del enriquecimiento ilícito, los noviazgos pasajeros, la inestabilidad laboral, las infidelidades afectivas, las amistades por conveniencias, la deserción escolar, las mentiritas piadosas y las de grueso calibre, y un sinnúmero de conductas de doble moral.

 

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman describió estos comportamientos y acuñó el apelativo de “Modernidad líquida” para caracterizar las tendencias sociales contemporáneas que parten del primer mundo y rápidamente se riegan por el resto, destruyendo los valores sólidos de la estructura humana. Tendencias que no son exclusivas de los jóvenes. Muchos adultos que deberían pertenecer a la “Sociedad sólida”, de la gente mayor, son los gestores ocultos del relativismo moral que van haciendo líquidas y gaseosas las costumbres. En esto consiste su estrategia económica para llenar sus bolsillos.

 

El proceso de globalización tiende a producir costumbres planas, similares, estandarizadas, modas uniformizantes que rápidamente entran en desuso porque el negocio consiste en aceitar el aparato productivo industrial con novedades que reten a los consumidores a pasarse a lo nuevo con la ilusión de estar al día y de ser competitivos imitando a los famosos. Es decir, a los íconos.

 

La novedosa estética del consumo voraz tiene a su servicio los medios masivos de comunicación, con el pragmatismo ilusionante de hacer todo fácil, al alcance de todos, sin esfuerzo alguno, de manera complaciente, agradable y rápido. Vale decir: todo líquido, flexible y móvil, dispuesto siempre al cambio que merece toda apuesta sin mucha reflexión y cálculo de riesgos. La opción por el pragmatismo gana terreno. Nadie se resiste ante las promesas de una vida fácil, mediada por electrodomésticos, transportes cómodos, seguros y veloces, educación del más alto nivel, medicinas y cirugías que curan enfermedades y alargan la vida, máquinas para todos los oficios pesados y tediosos, alimentos de todas partes del mundo abarrotando los supermercados y mercancías al gusto de todos. Vale aclarar, de todos los que puedan comprarlas, porque nada es gratis. Las fuerzas ciegas del mercado discriminan a quiénes entregarles sus encantos y a quiénes despedirlos con las manos vacías y el corazón lleno de amargas frustraciones.

 

La lógica de la estética del consumo corre sin piedad las fronteras de lo deseable y convierte lo feo en bello, lo incómodo en placentero y lo ridículo en atractivo. No de otra manera se explica la afición por la ropa estrambótica de marca, los tatuajes hasta en las zonas íntimas, los piercing atrevidos, las cabezas rapadas, o el pelo teñido de colores saltones, la adicción a las drogas psicoactivas, la obsesión por los vínculos virtuales de las redes sociales, los deportes extremos, la pasión por las bandas musicales que experimentan nuevos instrumentos y sonidos extraños, el apego a Internet, la “parcería” que conlleva secretismos y aventuras cómplices, la pertenencia a barras bravas, las prácticas sexuales irresponsables, y un larguísimo etcétera que no conocieron los padres actuales y menos los abuelos. Vale recordar que tanto ellos, como las viejas generaciones de todos los tiempos, también tuvieron sus momentos de excentricidades y descontroles que simplemente llamaron “pilatunas”. No olvidemos que todos los seres humanos somos hechos del mismo barro, pero con moldes diferentes.

 

Vienen ahora ciertas preguntas incómodas. ¿Qué sucede en los hogares que permiten estas cosas? ¿En qué están los profesores de la educación formal? ¿Tenemos una sociedad y un Estado permisivos, laxos, tolerantes, indolentes, anestesiados para ignorar lo que acontece y ciegos para avizorar futuros? ¿Ya pasó de moda enseñar ética civil y moral religiosa? Las respuestas a las preguntas anteriores, y a otras muchas, suponen tener claridad sobre los conceptos bioéticos de bienes y valores. (Conozca la Revista Bioética y educación de futuro).

 

Acerca de bienes y valores 

Es importante establecer la diferencia entre “bien” y “valor” para salir al rescate de una sociedad sólida. Los bienes son realidades objetivas, materiales o simbólicas, es decir, naturales o culturales, que existen fuera del sujeto pensante, por consiguiente, son independientes de las acciones cognitivas y volitivas personales. Anteceden siempre el actuar del sujeto y, por esta precedencia, se les puede considerar como bienes premorales. Citemos algunos: la naturaleza y los recursos biofísicos que la constituyen, la vida, la salud, la sexualidad, la propiedad, el poder, el matrimonio, la familia y el Estado, en cuanto a instituciones simbólicas culturales. Los bienes premorales pueden convertirse en valores morales, una vez que formen parte sustantiva de la acción e intencionalidad, como en el caso de la vida humana. Los bienes son objeto de normatividad y de protección legal.

 

Los valores morales tienen siempre como referentes los bienes, no existen independientemente de la praxis humana y responden a intencionalidades de impronta cognitiva y volitiva que impulsan la acción simbólica humana y se encarnan en ella, manifestándose como un carácter o modo virtuoso de ser de la persona. Son valores, por ejemplo: la justicia, la solidaridad, la equidad, la veracidad, la fidelidad, la honradez, la amistad, la generosidad, la compasión… Todos los valores morales responden a preferencias y convicciones individuales, a virtudes personales, a hábitos, a cualidades espirituales que se viven libremente en la cotidianidad y establecen un etos vital. Por esta razón, los valores morales más que ser normas enseñables académicamente como una ciencia o asignatura escolar, son modelizados por las personas que los viven como opción libre y se convierten en ejemplos vivos para orientar la conducta deseable de las demás personas, especialmente en el proceso educativo de socialización.

 

Normatizar los valores morales es algo muy difícil, a la vez que jerarquizarlos, y peor aún, darles amparo legal por el derecho. La dignidad humana podría considerarse simultáneamente como el valor y bien moral supremo, que conforman una unidad. Pero la dignidad humana no es un solo valor, sino un conjunto de valores morales referenciados socialmente, todos ellos mediados por preferencias intencionales individuales y colectivas que, de manera sinérgica, dinamizan el proceso de humanización, sin que entre ellos haya conflicto ni contradicciones. Los Derechos humanos concretizan y defienden el conjunto de bienes y valores que hablan de la dignidad humana (C, Piguet. 2001, pp. 206-210).

 

Acerca de la moral y la sabiduría 

La moral es la manera simbólico-valorativa como los grupos humanos articulan históricamente sus esfuerzos colectivos para dotarse de condiciones de una vida buena, digna y feliz, con la cual se identifican culturalmente. La moral habla, con un lenguaje silencioso, de aquellos bienes, valores y reglas de conducta profundamente humanos requeridos para la convivencia justa y pacífica. Esos valores son de alto contenido simbólico por su origen psíquico-espiritual, estético y religioso, y en esto radica su fuerza convocatoria y modelizadora de la arquitectura social, pues los valores morales proponen a los individuos grandes metas y utopías de bienestar colectivo, que dotan de sentido existencial, es decir, “de significado último a los significados contingentes, paradójicos o contradictorios que se derivan de la experiencia del hombre en el mundo”. Estos significados introducen un orden moral y contrarrestan la entropía social que viene con los procesos caóticos normales de la dinámica humana.

 

De las raíces mismas de la sabiduría surgen las emociones morales que alertan la sensibilidad y predisponen para el autodominio con los juicios éticos, en los cuales concitan la voluntad y la razón práctica. La sabiduría, más que la ciencia y sus artefactos tecnológicos, es el tipo de conocimiento que aporta un saber adecuado para descubrir y apropiarse oportunamente de lo que es moralmente valioso, esencial, razonable, necesario, útil, pertinente, bello, placentero y digno.

 

El mundo contemporáneo requiere de la sabiduría para distinguir el bien del mal, lo justo de lo injusto, para decidir sus propias acciones y determinar los ideales que conduzcan a construir un futuro mejor. Este es un proyecto antropológico de tipo axiológico y, más precisamente, de tipo ético-moral, del cual surge la necesidad de establecer ciertas reglas o normas de conducta universalizables para que prevalezca el orden social, ya que el ser humano vive y ha vivido siempre en sociedad; es un animal político, según lo definió Aristóteles. La sabiduría es un conocimiento práctico y experiencial que debe acompañar al conocimiento científico-técnico. (Conozca el libro Ciudadanías en formación).

 

Sabemos que la ética, como reflexión racional que hacemos sobre las costumbres o moralidad, no tiene vocación de rumiante eterno de pesadumbres deprimentes, sino de motor de actitudes positivas que animen a la esperanza y refuercen el sentido de la vida, que es también estético, para dotarnos de mejores argumentos existenciales que podamos compartir los seres humanos en pos de una convivencia justa, armoniosa y feliz.

 

En su libro el Método VI, Ética, Edgar Morin pone de manifiesto la tríada de religaciones desde donde se construye una mirada ética. “Toda mirada sobre la ética debe percibir que el acto moral es un acto individual de religación: religación con un otro, religación con una comunidad, religación con una sociedad que, sin límite alguno, es religación con la especie humana”. Añadimos nosotros y religación también con el cosmos.

 

La especie humana está necesariamente re-ligada con todos los otros seres de la naturaleza, pues conforma con ellos una comunidad de múltiples interdependencias. En este orden de ideas, tendríamos que decir que el ser humano se construye moralmente en la medida en que el mundo humano y la naturaleza sean para él una instancia de moralidad. En consecuencia, lo ecológico revierte su presencia edificante en la interioridad humana y lo humano se expresa en la humanización del mundo. La fuerza presencial de lo ecológico en la subjetividad humana ilumina de sentido sapiencial al hombre, llevándolo desde lo estético a lo ético en los procesos constructivos de la autoconciencia.

 

Referencias 

Bauman, Z, (2006). Comunidad. En busca de seguridad en un mundo hostil. Madrid. Siglo XXI.

Bauman, Z. (2004). La sociedad sitiada. Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica de Argentina.

Bauman, Z. (2004). Ética posmoderna: Sociología y política. Madrid. Siglo XXI.

Bauman, Z. (2006). Confianza y temor en la ciudad. Barcelona. Arcadia.

Bauman, Z. (2006). Amor líquido: Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos.México. Fondo de Cultura Económica.

Bauman, Z. (2005). Identidad. Madrid. Losada.

Bauman, Z. (2006). Vida líquida. Barcelona. Paidós Ibérica.

Bauman, Z. (2006). Miedo líquido: La sociedad contemporánea y sus temores. Barcelona. Paidós Ibérica.

Bauman, Z. (2007). Vida de consumo. Fondo de Cultura Económica. Madrid.

Bauman, Z. (2007). Tiempos líquidos. Barcelona. Tusquets.

Bauman, Z. (2008). Los retos de la educación en la modernidad líquida. Barcelona. Gedisa.

Bauman, Z. (2013). La cultura en el mundo de la modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.

Gilles, L. (1990). El imperio de lo efímero, Barcelona: Anagrama.

Tomado de: Revista Internacional Magisterio No. 71. Bioética y la educación de futuro

 

Foto de : Daniel Rubio. Tomada de: Flickr