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Rechazo escolar y posibilidades educativas

Por Lydia Paredes Navarro , Por Miquel Castillo Carbonell , Por Mireia Bou Blanco
Magisterio
14/06/2017 - 10:45
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Foto de ANSES. Tomada de Flickr

«Cuando en Finlandia, la gran potencia educativa del mundo, le preguntan a un alumno suspendido quién es el responsable de su fracaso, no lo duda: yo. Aquí buscamos mil y una justificaciones para que el sistema se salve aunque haga aguas por todas partes. Y cuando ya no se encuentra una cabeza de turco presta para colgarle el sambenito inquisitorial, entonces se recurre al profesor. El mejor amigo del progre gobernante no es el perro, sino el chivo expiatorio […]. Desde el poder se hace todo lo posible para eliminar la cultura del esfuerzo, el resorte interior de la voluntad que nos eleva sobre la levedad del capricho, la disciplina que nos convierte en los mejores críticos de nosotros mismos. Desde el poder se quiere deformar a jóvenes que se sientan cómodos con la litrona y el buen rollo, con el descaro y las malas formas a la hora de criticar todo lo que no sea lo establecido por el Régimen. Desde el poder se ablandan las neuronas y se recorta el cerebro para que no quepa nada que sobrepase los límites de la pancarta o de la pegatina […]. Que los maestros tengan cuidado. Cuando suspendan a un alumno, es posible que tengan delante al sucesor»*.

 

Lea: Rechazo e indiferencia entre estudiantes ¿Qué hacer?

 

El rechazo a la escuela es un fenómeno emergente en los países desarrollados, y afecta a todas las clases y grupos sociales. Muchos alumnos, especialmente en las etapas superiores, sencillamente no quieren ir a clase, se declaran pragmáticamente absentistas. Se quedan en sus casas parapetados en sus habitaciones, o se pierden simplemente deambulando por la calle. Padres, profesores y educadores se desvelan por encontrar una solución que vaya más allá de apelar al deber y la responsabilidad de la escolarización obligatoria, o la conveniencia de seguir estudiando tras ella. Los motivos que justifican esta situación son muy variados pero se relacionan básicamente con dos aspectos: el deterioro de la convivencia escolar; y las actitudes de rechazo de la normativa y la disciplina impuestas por la escuela, y el desinterés por sus contenidos y aportaciones.

 

Los episodios que evidencian el deterioro de la convivencia se producen tanto en el aula como en los espacios de tránsito (pasillos, patios, entradas y salidas), y se concretan en la participación de algunos alumnos en actos de tipo antisocial y violento (Teixidó y Castillo, 2013). Casos como los de Tim Ribberink en Holanda, Amanda Todd en Canadá, o más recientes como el de Carla Díaz en Oviedo evidencian la dureza de estas situaciones. En todos ellos se produjo un desenlace trágico que conllevó el suicidio de los implicados.

 

+Conozca el libro Cómo implementar la ley de convivencia en los colegios

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Un ejemplo más concreto de todo ello lo tenemos en la población escolarizada que no responde a las expectativas de género. Dicho de otra manera, la homofobia y la transfobia, en todas sus variables, siguen siendo una cuenta pendiente en la mayoría de los centros escolares. A pesar de que la aceptación de la diversidad afectivo-sexual por parte de los jóvenes españoles ha aumentado considerablemente en los últimos años, esto no se ha traducido en un incremento paralelo de la atención a esta diversidad en los centros de enseñanza.

 

+Lea: Encuentros y desencuentros en la escuela La intimidación escolar en escena

 

El informe «Acoso escolar homofóbico y riesgo de suicidio en adolescentes y jóvenes lesbianas, gais y transexuales» (2012) resume la situación presentada por un número importante de estudios recientes realizados con muestras diversas (más de 12.000 jóvenes han sido encuestados y entrevistados en las diversas investigaciones), en diferentes ámbitos geográficos, con metodologías muy distintas, pero siempre con resultados similares (Generelo, 2012: 4-5), donde se constata claramente que la inseguridad escolar tiene consecuencias negativas en la oportunidad de aprender y obtener resultados y, por tanto, incide en una mayor tasa de fracaso escolar, y en algunos casos aboca con frecuencia a la desesperanza y al riesgo de suicidio. También denuncia que no se están tomando medidas decididas, y mucho menos sistemáticas, para combatir esta lacra. Un hecho que hace de los centros educativos un espacio poco seguro para los jóvenes que no respondan a las expectativas de género, e incluso esa exclusión y violencia son producidas o toleradas en no pocas ocasiones por profesionales de la educación.

 

Un tema, el de la violencia escolar, no exento de polémica, y donde los medios de comunicación han construido una imagen distorsionada de lo que realmente ocurre en los centros educativos.

 

Un alarmismo que acaba confundiéndolo todo: problemas de relación, de disciplina, con situaciones verdaderamente delicadas de acoso y violencia. Todo ello no solo no ayuda a resolver las verdaderas problemáticas, sino que, además, dificulta los procesos de reflexión de los centros educativos a la hora de encontrar alternativas y soluciones.

 

Lo cierto es que, ante la violencia que ocurre dentro del ámbito escolar, se cuestiona el papel de la escuela, al entender que, como institución social, tiene una importante influencia en el comportamiento, en las actitudes y en los resultados de los Alumnos

 

Referencias

*Extraído de: Francisco Robles: «El profesor incompetente». ABC Andalucía. Córdoba. 10 de septiembre de 2013.

Texeido & Castillo. 2013. Prácticas de mejora de la convivencia escolar. Malaga. Aljibe.

Generelo. 2012. Acoso escolar homofóbico y riesgo de suicidio en adolescentes y jóvenes LGB. Madrid. FELGTB

 

 

Título tomado del libro: La escuela y su comunidad. La contribución de la educación social.  Autores: Miquel Castillo Carbonell; Lydia Paredes Navarro; Mireia Bou Blanco. pp. 63-65

 

Foto de ANSES. Tomada de Flickr