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Saquen una hojita

Por Carlos Santos Henao
Magisterio
17/07/2017 - 15:45
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Foto de Prentsa Aldundia-Flickr

Quiz, parcial, control, evaluación…, de diferentes maneras hemos tratado de nombrar una experiencia que hace parte del diario vivir de las aulas, la evaluación; esta es asociada a resultados y no a procesos, genera emociones como el estrés, ansiedad y presión. Pero con esto no me refiero solamente al proceso evaluativo que llevamos a cabo con nuestros estudiantes, o acaso no sentimos nada cuando escuchamos las palabras evaluación del desempeño docente, siempre creemos que nuestro trabajo va a ser juzgado y que a los ojos de los demás poco o nada será reconocido.

 

¿Para qué evaluamos? ¿Cómo evaluamos? ¿Cuándo evaluamos?, estas deben ser las preguntas orientadoras de los procesos evaluativos que desarrollamos a diario, pero en síntesis la evaluación debe ser entendida como la posibilidad de recopilar información sobre el proceso de enseñanza-aprendizaje que llevamos a cabo en las aulas; si logramos generar un enfoque diagnóstico en la aplicación de instrumentos de evaluación, la carga punitiva de la misma se reducirá, y empezaremos a entender que evaluar no es simplemente asignar una calificación, un puntaje o una escala, evaluar es un proceso.

 

+Lea: Evaluación de calidad ¿Qué es, cómo, por qué y para qué?

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Si entendemos la evaluación como proceso diagnóstico, existen cuatro momentos en el diseño curricular que debemos tener en cuenta: la planeación, implementación, balance y mejoramiento. Como profesionales de la educación debemos interpretar la información que recolectamos a partir de las técnicas de evaluación, así mismo tomar decisiones sobre los pasos a seguir en relación a los procesos de formación que llevamos a cabo. Por eso, si existe un ejercicio que deba ser replanteado en la práctica pedagógica, son las evaluaciones que ocurren solamente al final de los periodos académicos ya que en este espacio no se pueden lograr mejoras significativas en el aprendizaje de los estudiantes.

 

Tal vez, pocas veces somos conscientes de que a través de las técnicas de evaluación, emitimos juicios de valor sobre nuestros estudiantes, pero con menos frecuencia nos detenemos a pensar en nuestra práctica pedagógica, la introspección en el ejercicio evaluativo es fundamental para desarrollar espacios dialógicos donde entendamos que evaluar tiene repercusiones que van más allá de aprobar o no. Plessi (2014) plantea en su reflexión acerca de una didáctica de la evaluación, que nuestros estudiantes aprenden a evaluar por imitación, captando los modelos, las jerarquías y los criterios usados por sus maestros y padres.

 

+Conozca el libro Evaluar es valorar

 

La escuela como primer espacio de socialización de los sujetos, también es reconocida como el espacio donde se produce y se da el contacto inicial con la evaluación, en las aulas se evalúa y en la vida cotidiana se replican estos ejercicios, es por esto que una de las ausencias más preocupantes al día de hoy en el sistema educativo es que la evaluación no ha sido asumida como un objeto de conocimiento en el cual los docentes evaluamos y los estudiantes aprenden a evaluar.

 

La evaluación domina la vida escolar y extraescolar, se puede afirmar sin lugar a dudas que evaluamos aún cuando no se evalúa.

 

Foto de Prentsa Aldundia-Flickr