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¿Se puede enseñar la participación? ¿Se puede enseñar la democracia?

Magisterio
29/05/2018 - 12:00
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Foto de Arnaud Jaegers on Unsplash

Un niño de cinco años dice que si los adultos no escuchan a los niños se van a encontrar con serios problemas. Las causas de esos posibles problemas hay que buscarlas en la historia de las ciudades, que en los últimos decenios han traicionado su vocación de lugares de encuentro e intercambio. El proyecto “La ciudad de los niños” propone, desde hace casi veinte años, una participación real de los niños en el gobierno de la ciudad. La escuela podría asumir tal filosofía desarrollando experiencias reales de participación. En esa línea, se proponen dos experiencias: el “Consejo de Alumnos” y el proyecto “A la escuela vamos solos”. 

Palabras clave: Participación de los niños, Derechos de los niños, Gobierno de las ciudades, Ciudad de los niños, Consejo de alumnos. 

Si los adultos no escuchamos a los niños 

Un niño de cinco años de la escuela infantil de Correggio, una ciudad italiana próxima a Reggio Emilia, en un debate sobre los derechos de los niños, dice: “Es necesario escuchar a los niños porque los niños son mucho más inteligentes que los adultos... si los adultos no escuchan a los niños se van a encontrar con serios problemas”. En esta frase están presentes muchas de las motivaciones del proyecto “La ciudad de los niños”; sobre todo todo en la última frase.

Lo hemos hecho todo “razonablemente”, según las indicaciones de la ciencia, la tecnología, la economía; tratando de estar cada vez mejor, de tener cada vez más dinero y bienes y de sufrir cada vez menos. El error ha sido que lo hemos hecho todo para nosotros solos, sin pensar en los demás, en quienes tenían pensamientos, deseos y necesidades diferentes de los nuestros. Y lo hemos hecho para hoy, sin pensar en el mañana, que es precisamente el tiempo de nuestros hijos y de nuestros nietos. 

El pensamiento de un jefe indio iroqués es contrastante respecto a esta manera de actuar y de pensar: “Nosotros miramos hacia adelante porque uno de los primeros mandamientos que nos han sido encomendados, de los que somos responsables, es garantizar que todas las decisiones que tomemos tengan en cuenta la prosperidad y el bienestar de la séptima generación venidera; y este es el fundamento de nuestras decisiones en la asamblea. Nos preguntamos: “¿nuestra decisión irá en beneficio de la séptima generación?”. Así mismo, nuestros abuelos miraban a lo lejos y programaban la vida de varias generaciones. Eran capaces de invertir en un futuro que ellos no habrían de disfrutar, pero del que se beneficiarían sus hijos y sus nietos. 

El niño de Correggio hablaba de serias dificultades. Efectivamente, hoy está sucediendo algo que no tiene precedentes en la historia del hombre. Las generaciones siempre se han sucedido mejorando sus condiciones de vida. Según estudios recientes, por primera vez las generaciones que vendrán después de nosotros tendrán una esperanza de vida inferior a la nuestra. La frase de ese niño no es absurda ni exagerada, sino que refleja fielmente una realidad preocupante que, según nuestro análisis, tiene sus raíces y sus causas en la historia reciente de nuestras ciudades. 

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Una ciudad de los adultos y para los adultos 

La ciudad moderna nace rompiendo el esquema medieval, que separaba el castillo del burgo y creaba entre uno y otro una relación jerárquica. En las últimas décadas, después de la segunda guerra mundial, casi pareciera que la ciudad haya retornado al modelo medieval: el centro histórico rico se vacía, se convierte en sede de actividades comerciales y terciarias, y es rodeado por un nuevo burgo, más sórdido y duro que el antiguo, la periferia que depende de la ciudad rica para su supervivencia. El centro rico está defendido por la policía, por telecámaras fijas y por numerosas empresas de vigilancia privada. 

La ciudad ha renunciado a ser lugar de encuentro y de intercambio y ha elegido como nuevos criterios de desarrollo la separación y la especialización. El centro histórico para los bancos, las tiendas de lujo, las diversiones; la periferia para dormir. Y luego están los lugares de los niños: la guardería, el parque de juegos, la ludoteca; los lugares de los ancianos: la residencia de ancianos, los centros de la tercera edad; los lugares del conocimiento: desde la escuela infantil hasta la universidad; los lugares especializados para las compras: el supermercado, el centro comercial; y luego el hospital, el lugar de la enfermedad. 

Antiguamente estábamos deseando salir de casa, porque todo lo que nos interesaba más estaba fuera. Hoy día estamos deseando volver a casa, porque la casa es el lugar del descanso, de la cultura, de los afectos, de la comunicación. En casa tenemos comida congelada, que dura meses, tenemos la biblioteca, una serie de CDs de música, las películas preferidas, la posibilidad de hablar por teléfono o de intercambiar mensajes y fotos por internet o por el móvil. La casa tiende a la autosuficiencia, significa que cuando estás dentro de ella no tienes necesidad de salir, ya no tienes necesidad de la ciudad. 

Probablemente todo esto ha ocurrido porque la ciudad y su administración han elegido como ciudadano prototipo a un ciudadano varón, adulto y trabajador; traicionando las exigencias de otros. En esta ciudad el niño no puede vivir algunas experiencias fundamentales para su desarrollo, como son la aventura, la indagación, el descubrimiento, el riesgo, la superación de obstáculos y, por tanto, la satisfacción, la emoción; no puede jugar. Experiencias que requieren dos condiciones fundamentales desaparecidas: el tiempo libre y un espacio público compartido. 

+Lea: La formación de una ciudadanía social

¿Es verdad que los niños son más inteligentes que los adultos, como decía el niño de Correggio? Nunca he pensado que los niños sepan más que nosotros los adultos ni que sean más capaces; los niños, sin duda, piensan cosas distintas y de maneras distintas que nosotros, y esto los hace valiosos. El proyecto “La ciudad de los niños” propone a los alcaldes que pidan a los niños que los ayuden con sus consejos, con su punto de vista. En esta interesante colaboración con el alcalde y con la administración los niños no representan simplemente una categoría social o una generación, sino que representan de forma paradigmática “al otro”, a todos los demás. El niño tiene, por tanto, un punto de vista, deseos, necesidades y sueños.

El Consejo de los niños como participación democrática en el gobierno de la ciudad 

El proyecto “La ciudad de los niños” se mueve sobre dos ejes: dar la palabra a los niños, pidiéndoles su participación en el gobierno de la ciudad, y devolver a los niños la autonomía de movimiento. Respecto al primer eje la propuesta es formar un “Consejo de los niños”. En nuestras experiencias el Consejo de los niños nace en las escuelas primarias de la ciudad con alumnos de los cursos cuarto y quinto (8-10 años), elegidos por sorteo, con un número igual de varones y mujeres. Se reúne periódicamente en locales de fuera de la escuela y los consejeros permanecen en el cargo durante dos cursos escolares. El alcalde pide personal y públicamente al Consejo de los niños que le ayuden en el gobierno de la ciudad y, al menos una vez al año, se reúne con ellos para conocer sus propuestas. Naturalmente, se compromete a tenerlas en cuenta y a dar responder las peticiones que le sean presentadas. 

Este diálogo entre el alcalde y los niños no implica directamente a la escuela, a la que en principio solo se le pide que permita la formación del Consejo. Pero, si la escuela quiere, esta experiencia puede adquirir también un fuerte significado educativo. Se trata de organizar una adecuada comunicación entre los pocos niños que son consejeros y sus compañeros de escuela. 

Un asunto delicado es que no debemos pensar en modificar o imponer ideas a los niños del Consejo, sino ampliar sus puntos de vista mediante una relación de igualdad con sus compañeros, sin intromisiones adultas. Resulta difícil, además, encontrar formas sencillas y eficaces de relación entre muchos niños, ya que son poco útiles las grandes asambleas o las visitas reiteradas de los niños consejeros a las clases de sus compañeros. Por este motivo cada vez más escuelas se están adhiriendo a nuestra propuesta, dotando una estructura democrática como escuela, asumiendo las obligaciones del artículo 12 de la Convención y creando una estructura natural de participación y de intercambio entre todos los alumnos. 

La escuela como experiencia de democracia y de ciudadanía 

La escuela vive por partida doble los problemas y las dificultades de la ciudad. Los vive una primera vez porque los comparte. La escuela vive los problemas una segunda vez porque en cada situación de malestar o de peligro, especialmente si tiene que ver con los adolescentes o con los jóvenes, la sociedad le pide a la escuela que eduque para que prevenga las patologías sociales y garantice comportamientos correctos y virtuosos. Esto ha pasado con el consumo de drogas y de alcohol, con la destrucción del medio ambiente, con el peligro del SIDA, con los embarazos precoces, con los accidentes de moto y de carro, con los excesos de violencia, con los episodios de racismo, con la obesidad infantil. Se han propuesto, pedido y a veces impuesto a la escuela las llamadas “educaciones para”, como la educación para la paz, para el respeto y la defensa del medio ambiente, para la multiculturalidad, para la sexualidad, para la cooperación, para la salud, para la buena alimentación. 

El hecho real es que estas “educaciones” no se pueden enseñar, es necesario vivirlas. Solamente se pueden aprender, asimilar e incorporar a través de la práctica cotidiana y real de la experiencia. Una de las pocas propuestas válidas para la participación de los alumnos. Aceptar su contribución, hacerlos partícipes de la responsabilidad de su gestión, darles la palabra y comprometerse a escucharla. La escuela ya no tiene el privilegio de proponer conocimientos nuevos, desconocidos, debido a la gran tarea (aunque no siempre de buena calidad) de la televisión, del ordenador y de internet. 

La Convención de los Derechos del Niño, en su artículo 12, declara que “los niños tienen derecho a expresar su parecer cada vez que se toman decisiones que tienen que ver con ellos” y que “hay que tener en cuenta las opiniones de los niños”. Esto significa que, cuando se decide sobre los niños, los niños deben ser escuchados. Debemos saber qué piensan y debemos tener en cuenta su opinión. Eso dice esa ley internacional de 1989 que se ha convertido en ley nacional italiana en 1991 y española en 1990. Es, por tanto, una ley obligatoria y vinculante en nuestro país. Esto significa que deberían tenerla en cuenta los padres en las relaciones con sus hijos, deberían tenerla en cuenta los alcaldes en el gobierno de la ciudad y, naturalmente, debería tenerla en cuenta la escuela. 

+Lea: Formando ciudadanos democráticos: una reflexión desde la pedagogía crítica

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El Consejo de alumnos para una gestión democrática de la escuela 

La escuela está obligada a pedir a los alumnos sus opiniones acerca de diversos aspectos del funcionamiento y de la organización escolar, significa que no se puede gestionar la escuela sin dar la palabra a los alumnos, escuchar sus opiniones y tenerlas en cuenta. Esto dice la ley. Si no se la respeta, la escuela es ilegal. Para hacerlo se propone que la escuela cree en su interior un Consejo de alumnos que se reúna periódicamente con el director escolar para valorar los diversos aspectos de la escuela y para presentar propuestas. El Consejo de alumnos puede constituirse utilizando la larga y positiva experiencia de los Consejos de niños de nuestro proyecto. Cada clase y cada nivel escolar están representados por dos alumnos, un varón y una mujer, elegidos por sorteo. 

Los Consejeros pueden permanecer en el cargo durante un curso escolar. El Consejo de alumnos se reúne periódicamente para discutir todos los aspectos de la escuela que afecten a los estudiantes. Según la edad de los alumnos las reuniones del Consejo pueden tener lugar con o sin la presencia de un adulto coordinador. Cuando es necesario, y en todo caso algunas veces al año, el Consejo de alumnos se reúne con el director de la escuela para expresar valoraciones y peticiones. Los Consejeros deberán poder reunirse con sus compañeros en una reunión asamblearia de clase de carácter semanal, para discutir los distintos problemas, dar cuenta de los trabajos del Consejo y preparar lo siguiente. Evidentemente, esta iniciativa ocupa tiempo, que bien empleado redunda en hacer sentir a los alumnos protagonistas y responsables para con su escuela. 

Para que esta experiencia sea útil y fructífera, la escuela debería permitir a los estudiantes expresarse acerca de todos los aspectos de la vida escolar y tomando en serio sus opiniones y propuestas. El Consejo se podría ocupar, por consiguiente, de los horarios y de la disciplina, de las normas de comportamiento y de la calidad del comedor escolar. Pero también podría expresar opiniones sobre la didáctica, sobre las tareas para casa, sobre las necesidades de los niños y los muchachos que puede que la escuela no respete. Por ejemplo, hace dos años en la experiencia del Consejo de los niños de Roma los pequeños consejeros mandaron una carta a todos los docentes de la escuela primaria pidiendo que respetasen más el derecho de los niños al juego, reconocido en el artículo 31 de la Convención. Para ello pedían no tener deberes para casa los fines de semana ni en las vacaciones. La escuela no respondió. Creo que fue un error. Los niños estaban expresando una opinión sobre una decisión que les afectaba y la escuela debió tomar esta petición en su justa importancia. 

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La autonomía de los niños: “A la escuela vamos solos” 

El problema grave es que ya hoy nuestros niños no tienen la posibilidad de vivir experiencias personales, privadas y, por lo tanto, emocionantes. Todo lo que sucede en la jornada de un niño es, de algún modo, visto y conocido por los adultos y por consiguiente no vale la pena contarlo. Esta nueva condición infantil es grave porque impide a los niños vivir la experiencia fundamental del juego. Resulta desconcertante la contradicción que vive la infancia de hoy entre una total autonomía de información y de comunicación gracias a la televisión, a internet, a los teléfonos móviles y la falta total de autonomía de movimiento que, sin embargo, era ejercida de manera natural hasta hace pocas décadas. En el fondo, incluso la posibilidad de moverse libremente en la propia ciudad es una forma de participación y de ciudadanía. Cuando esta elemental experiencia es negada, se limita el ejercicio de los derechos civiles. 

Una propuesta útil para devolverles autonomía de movimiento a los niños es proponerles ir a la escuela y volver a casa con sus amigos y sin el acompañamiento de sus padres a partir de los seis años. A pesar del miedo de los padres por los peligros de la ciudad, hemos comprobado que con una buena preparación la experiencia es posible, y se está realizando en muchas ciudades de nuestra red. Es una propuesta posible si se cumplen algunas condiciones: que la escuela crea en ella y se implique en su realización, además que la Administración esté convencida de que es necesaria e invierta en su realización. 

Una oportunidad para la ciudad 

La ciudad moderna lucha contra dos enemigos: el tráfico y la inseguridad. Erróneamente se sigue creyendo que el tráfico se puede combatir ensanchando las calles, estrechando las aceras y aumentando los parqueaderos. La experiencia de los países más desarrollados en este aspecto demuestra que son precisamente las intervenciones contrarias las que pueden resolver este problema: privilegiar la movilidad a pie y en bicicleta y el uso de medios de transporte públicos, haciendo que resulte incómodo, costoso y lento el uso de los medios de transporte privado. Los niños que andan solos para ir a la escuela por la mañana y para jugar por la tarde contribuyen a esta importante transformación. 

Erróneamente se sigue creyendo que la seguridad se puede obtener aumentando la vigilancia, es decir, la presencia de la policía, de telecámaras, de sistemas de alarma. La experiencia y la ciencia nos dicen que el aumento de vigilancia produce aumento del miedo y, por tanto, se obtiene el resultado opuesto al previsto: la gente se queda en casa, y para los ciudadanos más débiles no existe la posibilidad de salir, de comunicarse, de socializarse. La presencia de los niños nos obliga, sin embargo, a buenos comportamientos: a ser prudentes y respetuosos en el tráfico, a vigilar discretamente nuestros comportamientos para su seguridad. 

La autonomía es competencia de la familia y la ciudad pero es de gran interés para la escuela. Porque es necesaria para los niños, les ayuda a defender sus derechos. Hace Alumnos mejores al convertirse en protagonistas de su proceso formativo y la escuela será más fácilmente reconocida como “su” escuela. Hace Educación ambiental al ayudar a los niños a sentirse “parte” de su medio. Esta es una base fundamental para una educación ambiental que esté dirigida a la elaboración de comportamientos de pertenencia y de responsabilidad. Forma en Educación Vial al ayudar a los más pequeños, a exigir a los mayores que respeten las normas y los derechos de los peatones. Es una Educación para la salud recorrer a pie todos los días la distancia entre la casa y la escuela, jugar por la calle con los compañeros, permite a los niños un movimiento físico espontáneo que, a juicio de los pediatras, les ayuda a combatir el peligro de la obesidad. 

Conclusiones 

Si la escuela tuviera el valor de replantearse como el lugar donde las propuestas culturales se viven y se practican, probablemente se podrían superar las contradicciones que limitan hoy día su tarea. Podría llegar a ser el lugar adecuado donde las personas puedan desarrollar sus posibilidades, llevar a cabo sus competencias, recuperar y compensar las lagunas debidas a las diferencias sociales, económicas y étnicas. Donde los niños se hagan mayores respetando sus características y sus derechos, en el intercambio continuo con sus iguales y en la experiencia de la solidaridad y la cooperación. Si la escuela supiera hacer esto, probablemente los alumnos la reconocerían, la respetarían y estarían dispuestos a afrontar los sacrificios de aprendizaje y de estudio que la formación exige. 

Bibliografía

Consiglio Nazionale delle Ricerche. Istituto di Scienze e Tecnologìa Della Cognizione. http://www.lacittadeibambini.org/ 

Tonucci, F. (2009). ¿Se puede enseñar la participación? ¿Se puede enseñar la democracia? Investigación en la escuela. 68, pp. 11-24.

Nota

Traducción del italiano: José Manuel Blanca. Síntesis de un artículo publicado en la revista Investigación en la escuela.

Francesco Tonucci . francesco.tonucci@istc.cnr.it  - Graduado en Pedagogía, en la Universidad Católica de Milán. A los 28 años recibió su primera distinción en ese campo y comenzó a satirizar la realidad de la escuela a través del seudónimo “Frato”. Trabajó como maestro de escuela primaria y, en 1966, se convirtió en investigador en el Instituto Psicológico del Consejo Nacional de Investigación, del que –en 1982– presidió el Departamento de Psicopedagogía, que lleva adelante el programa de educación ambiental, cuyo objetivo es crear una base de datos para y por los niños. En 1991 desarrolló en su pueblo natal el proyecto de “Ciudad de los Niños”, considerado una nueva forma de concebir la ciudad, con los niños como punto de referencia. El proyecto fue más que exitoso, extendiéndose a diversos puntos del mundo. Desde el 2001 es responsable científico del proyecto “Roma, la ciudad de los niños”. Entre sus obras, se destacan: Por una escuela alternativa, Con ojos de niño, Niño se nace, Cómo ser niño, La Ciudad de los Niños, ¿Enseñar o aprender? y Con ojos de maestro, entre otros. Actualmente trabaja en el Istituto di Scienze e Tecnologie della Cognizione. Consiglio Nazionale delle Ricerche (CNR).

Tomado de Revista Internacional Magisterio No. 54

Foto:  Arnaud Jaegers on Unsplash