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Un profe con discapacidad. Venturas de una persona con oportunidades

Magisterio
06/04/2020 - 11:45
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Foto de Adobe Stock

Mi madre tenía 17 años cuando se le adelantó el parto. Yo nací de siete meses, venía sentado y con el cordón umbilical alrededor del cuello. Mi mamá me cuenta que el ginecólogo que la atendió estaba como borracho, por lo que mi salida fue demorada y compleja. Esta situación me generó una hipoxia que afectó una parte de mi cerebro y la corteza motora primaria por lo que, desde pequeño, tengo dificultades para controlar el movimiento y en la coordinación motora. Esto afecta no solo mi movilidad, sino mi capacidad para comunicarme dado que la expresión del lenguaje es la sumatoria de movimientos complejos y precisos necesarios para articular bien las palabras. Yo puedo hablar, pero tardo un tiempo en hacerlo correctamente pues debo respirar adecuadamente y controlar y acomodar la lengua antes de empezar. Mi dimensión cognitiva no se vio afectada, así que desde pequeño he podido aprender.

Soy Guillermo, una persona con discapacidad motora, psicólogo de formación y profesor universitario desde hace nueve años. Este artículo ofrece una perspectiva de mi vida académica, entrelazada con eventos familiares y personales de mi paso por la escuela, el colegio y la universidad tanto en mi papel de estudiante como en el de docente y brinda a padres, educadores y personas con discapacidad de todo el mundo una perspectiva de esta como forma de vida y como oportunidad de desarrollo humano.

que mi relato brinde a personas con discapacidad de todo el mundo, a sus familias y a sus educadores una perspectiva esperanzadora sobre la discapacidad como posibilidad y no como carencia. También, en que las instituciones educativas vean en la persona con discapacidad una persona que se configura de otra manera, pero que aprende y convive con las mismas dificultades que cualquier otro estudiante, que simplemente sigue procesos diferentes. 

El punto de quiebre

Mis padres sufrieron, por un tiempo, por causa del diagnóstico médico. Los doctores, algunas veces fatalistas, les dijeron que no iba poder caminar, que iba estar en estado vegetal, que no iba a servir de mucho algún tratamiento para mí. Era algo así como un ser sin esperanza. En ese caso, ¿qué puede pensar un padre de su hijo?

Soy el mayor de cinco y el único con esta condición. Para mis hermanos, siempre fui una persona normal, solo que me veía distinto.

En mi proceso de crecimiento, mi abuela jugó un papel importante; puedo decir que gracias a ella fui reconocido como ser con posibilidades.
Cuando tenía dos años, mi abuela se cansó de la quejadera de mis padres, porque ellos seguían llorando encima mío y les dijo: “¿Cuál es su lloradera encima de él? Con tanta lágrima no van sanarle la vida”. Y ellos respondían que el médico les había asegurado que yo iba a ser un bobo. Mi abuela me compró un cono y me dijo, “Tome, chino”. Yo intenté llevarlo a mi boca como cinco veces hasta que en la sexta atiné y pude comerlo. Y entonces, ella les aseguró: “Bobos ustedes, el chino solo tiene mala puntería”.

Esa anécdota configuró mi futuro. A partir de ese momento, mi papá y mi mamá dejaron de verme como una persona con discapacidad y me reconocieron como una persona que simplemente tiene procesos corporales diferentes. Y así se lo transmitieron a mis hermanos que siempre me trataron como un igual y me respetaron en los procesos diferenciales. Soy tan diferente que, en mi casa, soy el único que tiene ojos verdes y tipo de sangre A-.

+Lea: Inclusión de estudiantes en el aula regular para estudiantes con “Altas Capacidades” y “Discapacidad”

La escuela y el colegio

Cuando llegué a la escuela tuve los inconvenientes naturales de una persona con discapacidad. Pero, recuerdo especialmente los que tuve con la familia de mi mejor amigo de primaria. En ese entonces vivíamos en Barranquilla. Estaba en cuarto de primaria; mi amigo, que era mi parcero, de un momento para otro, sin más ni más, dejó saludarme. Extrañado, me preguntaba si le había hecho algo. Dejó de tener contacto conmigo y no me daba explicación alguna de su comportamiento. Un día, me escondí y lo tomé por sorpresa para preguntarle qué le pasaba. Me contestó: “Yo no quiero quedar como usted, mi mamá me dice que si paso mucho tiempo con usted, voy a terminar como usted”.

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Algo molesto, le pedí que me esperara y, me fui para segundo de primaria a buscar a una niña y le pregunté, delante de mi amigo, “¿Quién es usted?”. Ella me contesta: “Ay, tan bobo, ¿para qué me saca de clase?”. Yo le pedí que respondiera y dijo: “Soy su hermana”. Volví a preguntar: “Y, ¿usted y yo qué hacemos juntos?”. “Mi mamá nos baña juntos —contó ella— cuando yo tengo miedo me paso a su cama y usted me cuida, todo lo hacemos juntos”. Y la increpé: “¿Usted se ha vuelto como yo?”. “No, tan bobo”. Entonces le aseguré a mi amigo: “O sea que esto que yo tengo no es contagioso”.

Mi mamá terminó por hablar con sus padres en el colegio y les dio a conocer mi situación. Les contó la historia de mi discapacidad para que se dieran cuenta de que lo mío no era contagioso. Son muchos los mitos que hay sobre la discapacidad, pero imagínese usted esto hace cuarenta años.
A mis 48 años, miro atrás y veo a mis profesores de diferentes formas, como son los profesores; algunos me dieron un trato diferencial y otros me trataron como a un igual. Tres anécdotas dan cuenta de esto.

La primera es con mi profesora de Español de cuarto grado.

La profesora dictaba su clase para todos por igual, pero calificaba al que leyera en voz alta en clase. En todo el año, yo nunca leí en ningún corte, pero pasaba con la nota más alta. En el último bimestre, para acabar el año, la profesora preguntó “¿Quién no ha leído?”. Lo preguntó una, dos y tres veces, en todas yo levanté la mano, pero la profesora me ignoraba. Así que le pedí a mi parcero, “Cójame y ayúdeme a alzar la mano”. Y entonces la profesora dijo, “Ay, Guillermito, venga para acá”. Y empecé a leer en voz alta. Ella se sorprendió y soltó: “¡Ay! Usted sí entiende”. Estuvo casi ocho meses sin darse cuenta de que “yo sí entendía y sí podía leer”. Nunca, antes de eso, se dio la oportunidad de reconocer mis capacidades. La cosa cambió de ahí en adelante.

La segunda anécdota tiene que ver con el rector de mi escuela en primaria.

Tuve la fortuna de que el colegio me apoyó. El dueño tenía cuatro colegios más y él, cuando terminé quinto de primaria, le dijo a mi mamá: “Déjelo que repita el grado”. Mi mamá se opuso señalando que había cumplido con todos los requisitos de graduación. Él le pidió llevarme al otro día para hacerme un examen, “para ver si pasa”. Él tenía la idea de que yo no podía. Al otro día, cuando terminé la prueba, y al ver que no pudo corcharme, aseguró: “el colegio lo va apoyar y, por orden mía, todos lo apoyan”. Así que me pasaron a grado sexto y el colegio cumplió.

La tercera tuvo lugar cuando estaba en séptimo grado.

El profesor de Biología repartió los temas de una exposición a todos en el salón y a mí no me asignó nada. Hice el reclamo. Él me respondió: “¿Para qué, si a usted nadie le entiende?”. Algo molesto, pregunté a mis compañeros: “Oigan, pelaos, ¿ustedes me entienden?”. A lo que asintieron diciendo, “Claro, nosotros estamos con usted desde cuarto grado, ¿cómo no le vamos a entender?”. Entonces, le pedí, “Profe, como la exposición es para ellos, y ellos me entienden, ¿me puede dar un tema?”. El profesor, asombrado, me asignó tema aunque de malas pulgas.

Recuerdo que cuando me gradué de once, solo podía pensar en que por fin se había acabado esa etapa de @#)$&”. En ese momento, mi papá estaba muy enfermo y por eso no tuve tiempo para celebrar; sin embargo, mi mamá hizo un almuerzo y cerrado el tema. Viajamos a Bogotá el 2 de diciembre, yo me gradué el 1º y el 3 es mi cumpleaños El bachillerato fue una etapa muy dura en términos emocionales porque los chinos eran muy crueles y me molestaban mucho. Pero eso forjó mi carácter y me permitió ser quien soy ahora.

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Universidad, mi rol de estudiante

La universidad fue muy bacana, fue un goce. Me gocé el estudio porque estudié lo que quería: psicología. Pensaba, así, cambiar la mentalidad de la gente. Pienso que hablar con las personas ayuda a cambiar su relación con el mundo, sobre todo porque conversar ofrece nuevas y diversas perspectivas de vida que muestran al otro caminos no pensados, lo cambian y mejoran su calidad de vida.

Estudiar en la universidad fue fácil para mí porque hay un ambiente competitivo, pero se compite desde lo académico —lo que te obliga a sacar lo mejor de ti—, pero la discapacidad nadie la tocó. Tal vez mis compañeros sí pensaron en ella, pero nadie dijo nada explícitamente, así que la relación con ellos no fue difícil. La competencia era académica y en ese plano quedó. Para las evaluaciones parciales y finales, conversaba con los profesores y pedía que me hicieran evaluaciones orales que me ayudaban a vencer los nervios. Era la única forma porque hacerlas escritas era excesivamente difícil para mí.
En el pregrado tuve que ganarme el espacio y demostrar que mi discapacidad no era impedimento para ser buen profesional; así me reconocieron mis profesores. Esto se repitió en la maestría. En el posgrado solo tuve un inconveniente y fue al presentar la prueba de admisión.

Me tocó en un salón grande y en un pupitre universitario del tamaño de la mitad de un teclado de computador de escritorio. Yo llevaba mis materiales además del formulario, que era del tamaño de un periódico. Para presentar la prueba, coloqué todo encima del pupitre y se cayó. Me levanté y grité: “Tacho, tacho —y me dirigí al jefe de salón—, ¿cómo hago para manejar este formulario en esas condiciones? —señalé el puesto—. Siento esto como una condición de exclusión”. Me parecía muy divertido porque al ser una maestría en Discapacidad e Inclusión, era gracioso que no hubieran pensado en que, quizás, alguna persona con discapacidad se iba a presentar. Todo se arregló y quedó como una jocosa anécdota.

Académicamente, tanto en el pregrado como en la maestría, fui un estudiante por encima del promedio y en ambos casos obtuve “tesis meritoria”. Eso es producto de mi esfuerzo personal y, sobre todo, académico, así como del apoyo de las personas y de los ambientes, básicamente amigables, que me ayudaron en los procesos de digitalización de los textos para el tema que trabajé: sexualidad y discapacidad. Esta especialización me ha permitido conocer el mundo; de diversos países me invitan para hablar pues este asunto sigue siendo un tabú para la sociedad.

La universidad como profesor

Llegué a la Universidad Pedagógica Nacional en el año 2008. Me vinculé como profesor a la Licenciatura de Educación Especial por invitación del profesor Eduardo Delgado. Inicié dando clases de temas de los que no tenía dominio, por ejemplo, Neurofisiología de la Audición, que tuve estudiar mucho. En algunos otros nadaba como experto, es el caso de Discapacidad, Pensamiento y Lenguaje.

Hice la entrevista de ingreso vía telefónica y la hoja de vida la envié por correo electrónico, así que nadie me conocía en persona en la licenciatura. Tampoco podía hacerme una imagen de cómo interpretaría mi papel frente personas sin discapacidad.

El primer día que llegué a la UPN, empezaban mis clases.

Mi primera clase era en el Centro de Lenguas, en la calle 78 con carrera 16. Me fui a pie desde la calle 72 con carrera 11. ¡Caminando! Eso es muy difícil por mi dificultad motora. Iba con un papelito donde me anotaron la dirección, porque no sabía dónde era. En el camino me encuentro con una chica y me pregunta: “¿Qué buscas?”. Yo le contesté y se ofreció a ayudarme porque iba para allá. Me tomó de la mano, me dijo: “yo te llevo; yo también tengo clase en ese salón…”. Me dejé llevar. Llegamos y ella me sentó en una silla y advirtió: “Ahora solo falta que lleguen las demás compañeras y el profe”. Yo: “Ok, ¿dónde queda el baño?”. Ella: “En el piso de abajo; si quieres, te llevo”. Yo: “No, tranquila, voy solo”. Cuando volví al salón me dirigí a la mesa del profesor, me puse en frente y me presenté diciendo: “Buenas tardes, soy Guillermo Rodríguez, psicólogo y vengo acompañar este espacio curricular”. La pobre niña pasó colores, se encogió en la silla y empezó a decirme “¡Qué pena, profe! ¡Qué pena!”.

Las primeras impresiones de los estudiantes siempre son así, se sorprenden; pero luego, con el tiempo, me reconocen como un hombre que les ha lavado el cerebro en relación con sus imaginarios y creencias sobre la discapacidad.

También, algunas veces, oriento clases en aula húmeda (piscina) y los padres y estudiantes me preguntan: “¿Y usted se va a meter al agua?”. Piensan que soy un estudiante más. Luego, la gente se divierte porque le tomo del pelo al entrar a la piscina y aun así, algunos siguen sin creer yo sea el profesor. La gente, al principio, me ve como un compañero más, no como profesor. Eso es bueno porque primero me reconocen como persona y luego como profesional.

En los espacios de clase, soy estricto; yo les digo:

Acá hacemos dos tareas: una es mía y una es suya. La suya es querer entenderme y la mía vocalizar y hablar lo más claro posible para que usted me entienda, por eso necesito dos favores: 1) esconder los celulares porque les quitan la atención hacia mí; y 2) preguntarme a mí si no entienden.
Los estudiantes se confían en la parte académica porque soy buena gente y piensan que pueden pasar con facilidad; pero soy estricto, muy estricto, en cuanto a la entrega de trabajos. Soy muy disciplinado y quiero que ellos lo aprendan.

No me gusta hacer parciales escritos. Dada mi experiencia, evalúo a partir de trabajos en grupo y con sustentación oral. Empleo algunas estrategias diferenciales, por ejemplo, a un grupo le asigno una representación teatral, a otro un mapa conceptual, a otro un resumen académico de un texto, entre otras.
Hay diferencia entre cómo me ven mis compañeros en la UPN y en la Universidad Distrital. En la UPN, mis colegas son del campo de la discapacidad y comprenden las dinámicas en que se desenvuelve una persona en mi condición; pero, en la Distrital, dicto clase en la Licenciatura en Educación Básica con enfasis en Educación Artistica, en la Licenciatura en Física y en la Licenciatura en Matemáticas, específicamente en la formación de maestros. Allí enseño a personas sin discapacidad sobre los procesos de enseñanza y aprendizaje en personas con discapacidad; el espacio se llama Formación de Maestros para Trabajar con Personas con Necesidades Educativas Especiales. Ese es otro cuento. Surge la tarea indirecta de transformar, también, los imaginarios de mis compañeros que, como a la mayoría, a veces lo que ven los hace dudar de que tengo las habilidades para ejercer la docencia y de la manera como enseño.

Eso ha cambiado su manera de ver la discapacidad y es un logro para esta población porque, seguramente, le abrirán las puertas.

Cierre

Cierro este artículo recordando que soy Guillermo Rodríguez Uribe una persona con discapacidad motora, psicólogo de formación y profesor universitario de estudiantes regulares desde hace nueve años. Confío en que mi relato brinde a personas con discapacidad de todo el mundo, a sus familias y a sus educadores una perspectiva esperanzadora sobre la discapacidad como posibilidad y no como carencia. También, en que las instituciones educativas vean en la persona con discapacidad una persona que se configura de otra manera, pero que aprende y convive con las mismas dificultades que cualquier otro estudiante, que simplemente sigue procesos diferentes. También quiero hacer énfasis en la idea de que ustedes son la clave para facilitar la implicación social de todos los estudiantes y de quienes tenemos una discapacidad pues la forma en que me ven se transmite en los diferentes espacios sociales en los que coincidimos y su mirada, su reacción ante mi presencia, se multiplica con una velocidad y una fuerza que pueden abrir o cerrar las puertas de mi futuro, afectando el papel que puedo jugar en la sociedad.

Este artículo pertenece a la  Revista Internacional Magisterio 101 Discapacidad en la escuela: Mitos, realidades  y oportunidades 
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