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Una chica sin-patica

Por Angie Caroline Ávila Mahecha
Magisterio
30/03/2020 - 09:45
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Foto de Adobe Stock

La vida está llena de sorpresas; además está repleta de diferencias y yo soy una muestra de ello. Mi nombre es Angie Caroline Ávila, nací en el bello municipio de Útica, Cundinamarca, y, durante una fumigación contra los insectos para evitar la expansión del dengue, mi madre, embarazada, inhaló la sustancia. Esto prejudicó el feto y, por este motivo, nací sin el miembro inferior derecho. Soy una persona con una discapacidad física; es decir, según el Observatorio de la Discapacidad Física (2016), “una persona que tiene un estado físico que le impide, de forma permanente e irreversible, moverse con la plena funcionalidad de su sistema motriz”. Según esto, se habla de discapacidad cuando hay afectación del aparato locomotor que incide especialmente en las extremidades, aunque también puede aparecer como una deficiencia en la movilidad de la musculatura esquelética.

Iniciaré mi relato contando los recuerdos que llegan a mi mente, uno de ellos de cuando, a los tres años, empecé a dar mis primeros pasos con la ayuda de unas muletas diminutas que no pasaban de los 70 cm de altura. Este proceso no fue fácil, pero gracias a la ayuda de mi familia y de una psicóloga —que me repetía una frase que quedó guardada en mi mente para siempre: “tú eres una persona normal y puedes hacer todo lo que quieras”—, lo superé. Pasados dos años de andar con las dos muletas decidí intentarlo con una sola, pues esto me permitiría jugar con más facilidad y tener una de mis manos disponibles.

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Es ese momento inicié una de las etapas más difíciles según la psicóloga, pues el momento de ingresar al jardín había llegado. Los miedos siempre estuvieron presentes en mi mamá dado que no sabía si mis compañeros iban a reaccionar mal y temía que me cayera por andar intentando jugar como todos. Nada de esto sucedió; esta etapa solo fue difícil porque quería que mi mamá estuviera todo el tiempo conmigo, lo que indicaba que ella me había consentido mucho y que siempre estuvo a mi lado. Por el contrario, mis compañeros fueron muy amables, desde el primer momento me integraron a sus grupos y ni qué decir de la docente que, con su infinita vocación y su gran amor, día a día me alentaba a aprender muchas cosas, a compartir y a participar de todas las actividades como los otros estudiantes.

Este proceso no fue fácil, pero gracias a la ayuda de mi familia y de una psicóloga —que me repetía una frase que quedó guardada en mi mente para siempre: “tú eres una persona normal y puedes hacer todo lo que quieras”

Dos años más tarde la escuela me recibió con los brazos abiertos, pero la exigencia aumentó: tomaba más asignaturas, la más relevante para esta historia fue Educación Física. Los profes decidieron que yo no debía participar de las actividades porque de pronto era perjudicial para mi salud, o porque no podía desarrollarlas a cabalidad. Por esto puedo decir que, desde hace mucho tiempo, en la escuela hay una falencia en cómo incluir a las personas que se encuentran en una condición de discapacidad. Si los docentes hubieran estado preparados, seguro habrían propuesto actividades donde pudiera participar o simplemente tendrían conocimiento sobre cuáles de esos juegos o deportes yo podía realizar sin que ocurriera alguna afectación de salud.

Siempre fui una chica aplicada, responsable, feliz y con muchos amigos; mi madre siempre estuvo orgullosa de mí por ocupar el primer puesto en el cuadro de honor del colegio. Un día recibió la noticia de que me iban a promover al grado siguiente, así que dejé sexto grado durante el segundo periodo del año escolar e ingresé a séptimo. Hice nuevos amigos y viví bastantes momentos de esos que se quedan en el corazón para siempre. Sin embargo, en cuanto a lo académico, me tenía que esforzar el doble si quería conservar el primer o segundo puesto en el salón debido a que el docente de Educación Física me daba una nota más baja porque no podía realizar los ejercicios como mis demás compañeros que, con su nota en 100 puntos, lograban pasarme aun cuando en todas las otras asignaturas yo obtenía puntajes mayores. Pese a todas estas cosas, el 3 de diciembre de 2010 obtuve el premio a mejor bachiller y demostré que, a pesar de algunas injusticias, con esfuerzo y disciplina todo se puede alcanzar.

Estoy segura de que no es justo. Nuestro país, cada uno de sus rincones, debe actuar frente a las necesidades de las personas que poseen alguna discapacidad para que, de esta manera, estas se sientan en un verdadero entorno de inclusión y para que la diferencia no sea un punto negativo sino que haga parte de la gran diversidad de los seres humanos.

Siempre quise ingresar a la universidad para seguir adquiriendo conocimientos porque me encanta aprender cosas que me permitan crecer tanto intelectual como personalmente. Mi madre, con mucho miedo, me pedía que hiciera algo ahí, en el pueblo, mientras era un poco mayor porque creía que Bogotá era una ciudad muy grande, que se me difultaría transportarme, que encontraría personas que agrederían mi autoestima, entre muchas otras cosas. Aun así, yo ya había decidido viajar a la capital y presentarme a una universidad pública. En un primer momento me presenté a la Universidad Nacional de Colombia para estudiar Trabajo Social, luego a la Universidad Pedagógica Nacional para estudiar Licenciatura en Español y Lenguas Extranjeras. Fui admitida en la segunda: mi sueño se hizo realidad y el traslado hacia esta ciudad, inevitable.

+Lea: ¿Qué es inclusión?

Claramente mi mamá tenía razón: Bogotá era un escenario diferente para mí. Los medios de transporte no incluían espacios para un acceso más fácil, teniendo en cuenta mi discapacidad; las miradas de un lado y otro iban y venían; y, encima de todo, la universidad no contaba con entradas especiales para personas con discapacidad. Es una universidad pública donde se hacen manifestaciones, o lo famosos “tropeles”. Entonces, cuando esto sucedía, muchas veces el desalojo se me hacía complejo y terminaba por exponerme a caídas al salir rápidamente.

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Es por esto que cito aquí lo que se considera inclusión, una palabra de moda, usada por muchos, pero aplicada por pocos. La inclusión es considerada por la Red Papaz (2008, citando a Unesco) “un enfoque que responde positivamente a la diversidad de las personas y a las diferencias individuales, entendiendo que la diversidad no es un problema, sino una oportunidad para el enriquecimiento de la sociedad, a través de la activa participación en la vida familiar, en la educación, en el trabajo y en general en todos los procesos sociales, culturales y en las comunidades” (Unesco, 2005). Así mismo, la inclusión debe proveer espacios que facilite a las personas con diversas discapacidades realizar sus actividades cotidianas con mayor comodidad, así como participar de todas las actividades que sean de su interés y relacionarse con todas las personas sin recibir algún tipo de discriminación.

Sin embargo, pese a todas estas cosas, la universidad fue un espacio de crecimiento integral. Ahí forje mi carácter, me fui enamorando día a día de mi profesión y empecé a ver el mundo de otro manera. Conocí personas que me enseñaban muchas cosas y otras con las que pasaba momentos inolvidables; cada materia que cursaba me hacía soñar, aprender diversas teorías y autores, además de pensar cómo las iba a poner en práctica con mis estudiantes. Pasaron seis años en los que me sentí una mujer feliz y realizada, anhelando alcanzar cada día más metas, queriendo aprender algo nuevo y con el pleno convencimiento de que en la educación estaba el verdadero cambio de la sociedad.

El día 19 de julio de 2017 recibí el título que me hace plenamente feliz: soy licenciada en Español y Lenguas Extranjeras de la educadora de educadores. Y es aquí donde inició otro camino en el que también surgieron algunos miedos, pues era hora de enfrentarme a las reacciones de los estudiantes y de apostarle a que ellos, que son los que piden inclusión, también se la dieran a su profesora.

+Conozca el libro Discapacidad, altas capacidades intelectuales y trastornos del espectro autista

Como era costumbre, mi personalidad, mi pasión por lo que hago y mi seguridad me hicieron salir triunfante y el proceso de enseñanza-aprendizaje en el aula con los estudiantes fue un éxito. Tal vez, al ver en mí un ejemplo de superación, los estudiantes se detienen a pensar en dónde está la discapacidad, si en la mente o en el cuerpo. Hoy en día soy muy feliz con todo lo que he logrado y por quién soy; sin embargo, pienso que hay otras personas que sufren algunas injusticias, discriminación o que se enfrentan al desconocimiento que anteriormente describí. Estoy segura de que no es justo. Nuestro país, cada uno de sus rincones, debe actuar frente a las necesidades de las personas que poseen alguna discapacidad para que, de esta manera, estas se sientan en un verdadero entorno de inclusión y para que la diferencia no sea un punto negativo sino que haga parte de la gran diversidad de los seres humanos.
Seguido a esto, y centrándome en el ámbito educativo, a manera de conclusión o de reflexión —cualquiera que sea la interpretación que se le quiera dar—, me surge la siguiente pregunta: ¿qué estrategias pueden desarrollar los colegios con el fin de proporcionar una educación efectiva para todos los niños que presentan algún tipo de discapacidad?

Este artículo pertenece a la  Revista Internacional Magisterio 101 Discapacidad en la escuela: Mitos, realidades  y oportunidades 
 
Referencias bibliográficas
Observatorio de Discapacidad Física. (2016). La discapacidad física: ¿qué es y qué tipos hay? https://www.observatoridiscapacitat.org/es/la-discapacidad-fisica-que-es...
Red Papaz. (2008). ¿Qué es inclusión? http://inclusion.redpapaz.org/que-es-inclusion/

 La autora

Tengo 25 años y soy orgullosamente licenciada en Educación Básica con énfasis en Lenguas Extranjeras de la Universidad Pedagógica Nacional. Soy una convencida de la transformación social y cultural a través de la educación, una amante de la naturaleza y una viajera incansable.

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