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Una educación coherente con el ambiente

Por Diego Mauricio Luján Villegas , Por Esther Lucía Duque Restrepo
Magisterio
20/12/2019 - 14:30
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Foto de Pixabay

Medellín, marzo de 2016Carta Pedagógica Nodo Investigación 002/2016 

Queridos amigos (compañeros de viaje): 

Regresamos al aula de clase después de unas cortas vacaciones y como tantos maestros con el afán de cambiar o renovar algunas de nuestras prácticas (es uno de esos compromisos que hacemos a veces después de un receso): motivar a los estudiantes por construir y comprender saberes que los lleven a mejorar su calidad de vida y disfrutar lo que aprenden. El escenario, en su mayoría, no es nada alentador… nos encontramos con un grupo de niños y adolescentes que están desmotivados y han vuelto a la institución buscando un poco de calor humano, pero no le encuentran sentido al aprendizaje. 

Nos encontrarnos con una nueva generación que realiza nuevas búsquedas y en la que nuestra labor es la de comprenderlos mejor para poder orientarlos; pues buena parte del descontento de la población infantil y juvenil del presente es que parecieran estar solos, que nadie los comprende y, más aún, que nadie se interesa por ellos.  

Recordamos nuestros años de infancia, cuando nuestros padres jugaban un papel muy importante en ese deseo de aprender y enseñar… cuando la vocación para la docencia, en algunos de nosotros, fue consecuencia de un padre o una madre maestros, los cuales fueron nuestros modelos a seguir,  podría decirse que lo inyectaron en las venas y lo hemos llegado a sentir como parte de nuestra vida. Decir papá o mamá debería ser sinónimo de maestro o maestra”. Pero hoy, en algunos contextos, nuestros estudiantes no sienten ese deseo de aprender, de conocer y compartir lo aprendido. 

 

Nuestros padres jugaron y juegan un papel importante en nuestra formación, en nuestro proceso de socialización y maduración académica. Según Guevara (1996: 7) la familia es la primera institución que ejerce influencia en el niño, ya que transmite valores, costumbres y creencias por medio de la convivencia diaria. Así mismo, es la primera institución educativa y socializadora del niño, “pues desde que nace comienza a vivir la influencia formativa del ambiente familiar”. 

Pensamos en nuestros estudiantes de hoy y nos llega a la mente otro de los motivos que nos impulsaban a estudiar: el gran deseo de ir a la universidad, tener una mejor calidad de vida a partir del conocimiento y la ciencia. No hay que dejar a un lado que fueron tiempos violentos entre los partidos políticos motivados por el deseo de poder. No obstante, el afán económico de los padres, los mismos niños y adolescentes, han llevado a que el estudio pase a segundo plano en algunas poblaciones por la ambición del control económico y el narcotráfico. 

En la mayoría de nuestras instituciones, hay estudiantes de diferentes procedencias, niños campesinos, desplazados, venidos de hogares de protección; provenientes de familias disfuncionales… en fin, todos ellos con un imaginario de calidad de vida bien diferente. Otros, propios de la región, pero con problemas de consumo de droga, indisciplina, extraedad, irrespeto, desadaptación social, violencia y muchas cosas más que podemos imaginar. Así planteadas las cosas, tendríamos en nuestras aulas unos estudiantes con capacidades, motivaciones e intereses muy variados, además de sus problemas socioeconómicos, emocionales y/o de aprendizaje. 

La mayoría de nuestros estudiantes provienen de familias ampliadas, reconstituidas, en proceso de desintegración y, en menor medida, de familias nucleares. El madresolterismo es notablemente alto, buena parte de nuestras jóvenes de los barrios son madres a los 15 años en promedio. Y no es que ser madre, sea una desgracia, pues todos provenimos de una que nos dio la vida y nos enseñó las mejores cosas, pero si deseamos que la maternidad llegue en el momento oportuno, cuando se tenga la madurez suficiente y sea una opción libre de la voluntad. Esto seguro evitará mucha de las dificultades que existen en nuestra sociedad como consecuencia de esta terrible desintegración familiar. 

Todo esto nos lleva a preguntarnos: 

¿Cuál sería la educación que requieren o se debe ofrecer a nuestros niños y jóvenes para que se motiven a aprender? ¿Cómo responder a las necesidades educativas de una comunidad tan diversa y compleja? ¿Nuestros adolescentes tienen claridad de lo que está bien y lo que está mal? ¿Cuáles son sus puntos de referencia? ¿Todo vale? ¿Cómo debe ser el acompañamiento y apoyo de los padres de familia para lograr, con su colaboración, resultados óptimos en la formación de los niños y jóvenes? ¿Es posible encontrar maestros y maestras líderes, con vocación, responsables, creativos, capaces de entregar todo y felices de realizar su trabajo incluso en condiciones adversas?... 

Es verdad que los niños y jóvenes de hoy no son los mismos de hace unas décadas; por ello la necesidad de reconocer la emergencia social que se vive desde los años ochenta, donde se empezó a comprometer a los jóvenes con expresiones como la “esperanza del mañana” o el “futuro del país” para que asumieran su compromiso con el presente. Hay que entender que existen diversas formas de “ser joven”, que no siempre están en consonancia con los valores defendidos por la sociedad tradicional, e inclusive, es posible afirmar que muchas de estas expresiones aparecen con la intencionalidad de poner en entre dicho las formas convencionales de asumir el papel de los jóvenes de hoy. Nos encontrarnos con una nueva generación que realiza nuevas búsquedas y en la que nuestra labor es la de comprenderlos mejor para poder orientarlos; pues buena parte del descontento de la población infantil y juvenil del presente es que parecieran estar solos, que nadie los comprende y, más aún, que nadie se interesa por ellos.  

Estamos en la obligación de identificar, con los estudiantes y padres,  las dinámicas del entorno y proponer respuestas de manera permanente, coordinada y efectiva a los problemas de violencia que se plantean allí, buscando generar  en la institución ambientes de sana convivencia que promuevan la sensibilización, la construcción y formación de valores como pilares de la democracia, entendiéndose ésta como vivir en compañía de otros, donde se tiene en cuenta los sentimientos, el respeto por las diferencias, por el derecho a la igualdad de condiciones y de oportunidades. Apostarle a la vida, al respeto, a la civilidad y a compartir en el mismo momento y lugar, sin necesidad de estar de acuerdo, teniendo una actitud positiva hacia los demás en la cotidianidad de nuestra Institución; construir convivencia siendo la pluralidad un símbolo de riqueza y no de conflicto. 

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De la misma manera, se hace importante la relación que comparten en su medio con la familia, vecinos y demás grupos sociales, en donde se respetan intereses, inquietudes, necesidades, conflictos y todo aquello que forma parte de la existencia en sociedad. Es importante que ellos, desde la institución, lleven las pautas para la resolución pacífica de conflictos, entender y aceptar la pluralidad y diversidad cultural en los distintos espacios. Convocar en este proceso de motivación también a los padres de familia e integrarnos todos los docentes motivados por una nueva escuela, implicados con la transformación y dispuestos a asumir nuevos roles como dinamizadores de la innovación, generadores del cambio, delegados del éxito…es algo que nos va permitir un cambio acertado en la formación de los niños y los adolescentes.  

Nosotros como maestros podemos cambiar la vida de los estudiantes, podemos orientar, reforzar y sacar lo mejor de cada uno de ellos, si es nuestro deseo. Es verdad que somos humanos y en algunos momentos cometemos errores, pero no dejar de crear en el aula de clase,  espacios de convivencia en los que se promueva la comprensión, el respeto, la confianza, la comunicación, el reconocimiento, la sinceridad y la cooperación, para que nuestros niños y adolescentes se sientan cómodos, puedan opinar, contar sus propias cosas y les de la tranquilidad y autenticidad para la formación de su carácter, la imagen de sí mismos y de los demás. 

Tanto los padres como los maestros, somos referentes en el momento de la formación de un estudiante, y por ello tenemos la responsabilidad de educar de forma conjunta, integrada. Ellos necesitan que nos adaptemos a sus necesidades, busquemos acercamientos, acuerdos y consensos; además, entre los tres podamos acordar maneras de ayudarlos a estudiar, comprender y motivar por el aprendizaje. Nos queda un compromiso con la educación: no es solo un proceso de aula, es buscar por todos los medios un acercamiento a los niños y jóvenes con sus intereses, su familia y su deseo de aprender… 

Esther Lucía Duque Restrepo 

IE Ángela Restrepo Moreno 

Diego Mauricio Luján Villegas 

Coordinador pedagógico de la Feria

Referencias  

GUEVARA NIEBLA, G. (1996): “La relación familia-escuela”, en Educación 2001, 9, pp. 6-13.  

Foto de Pixabay